.REDACCION
n las últimas semanas parecen haber comenzado a acumularse
los problemas para el Congreso Nacional Iraquí (CNI), una
organización de exiliados que fue, en su día, objeto
de grandes elogios por parte de la Casa Blanca, el Pentágono
y el Congreso de EEUU. Recientemente, un grupo de congresistas demócratas
ha pedido a la Agencia de Inteligencia para la Defensa (DIA) que
haga públicos los datos de inteligencia suministrados por
el CNI al gobierno de EEUU acerca de las armas de destrucción
masiva de Iraq, que fueron utilizados para justificar la invasión
de este país el pasado año. Dichos congresistas han
declarado que planean revisar dicha información para comprobar
su fiabilidad, según han indicado fuentes de la Administración
Bush y del Congreso de EEUU.
Esta decisión de los miembros del Partido Demócrata
se produce poco después de que el Comité de Inteligencia
del Senado decidiera ampliar el campo de su investigación
sobre las falsas informaciones de inteligencia relativas a Iraq
para incluir dentro de él al CNI y a otros grupos que jugaron
un papel importante a la hora de suministrar datos sobre las “armas
de destrucción masiva” de dicho país.
Los citados congresistas demócratas no ocultaron su irritación
tras conocer que la DIA había estado pagando al CNI de tres
a cuatro millones de dólares al año a cambio de información
sobre Iraq, pese a la existencia de informes que señalaban
que la gran mayoría de los datos relativos a las armas de
destrucción masiva iraquíes y a los vínculos
entre el régimen de Saddam y el terrorismo que la organización
había suministrado eran falsos. En la actualidad, todo indica,
según señala un reciente artículo del New York
Review of Books, que la fuente en la que se basaron Chalabi y su
CNI para proporcionar sus informaciones tanto a las agencias de
inteligencia estadounidenses como al New York Times y otros medios
de comunicación de EEUU fueron las declaraciones de desertores
iraquíes que habían entrado en contacto con el CNI.
Estos medios publicaron, sin embargo, tales informaciones de una
forma acrítica, lo cual sirvió para extender estas
noticias y darles visos de credibilidad.
Entre las alegaciones del CNI que han demostrado ser falsas podría
citarse la afirmación de que Iraq estaba reconstruyendo rápidamente
su programa de armas nucleares, y que había construido laboratorios
móviles para la fabricación de armas biológicas.
Esta alegación, de la que ahora se dice que fue una “fabricación”
del CNI, fue incluida en la declaración de Powell ante el
Consejo de Seguridad de la ONU de febrero de 2003, con la que trató
de crear un caso firme para el lanzamiento de la guerra.
La Casa Blanca incluyó también en un informe dado
a conocer el 12 de septiembre de 2002 la afirmación de que
militares iraquíes habían estando entrenando a en
Iraq a un grupo de árabes en técnicas tales como “el
secuestro de aviones y trenes, la colocación de explosivos,
sabotajes y asesinatos”. Esta afirmación, fruto de
los intentos del CNI de vincular al gobierno iraquí con grupos
terroristas, y en primer lugar Al Qaida, ha demostrado también
ser falsa.
Una figura polémica
Ahmed Chalabi nació en 1945 en Bagdad en el seno de una
familia rica. Su padre y abuelo desempeñaron cargos políticos
durante el período de la monarquía, que finalizó
en 1958. Chalabi había abandonado el país en 1956
y se fue a estudiar a Sussex (Inglaterra) y al Instituto Tecnológico
de Massachussets, en Boston (EEUU). Más tarde, obtuvo un
doctorado en matemáticas por la Universidad de Chicago.
Fue en Chicago donde Chalabi conoció a Albert Wohlstetter,
un matemático y experto analista en armas nucleares estratégicas.
Wohlstetter, considerado uno de los ideólogos del grupo de
los neoconservadores, presentó a Chalabi a Richard Perle,
que sería posteriormente uno de los miembros más destacados
de dicho grupo.
En 1977, Chalabi fue a Amman (Jordania), donde se convirtió
en íntimo amigo del príncipe heredero Hassan y fundó
el Petra Bank. El gobierno jordano intervino el banco en 1989 alegando
serias irregularidades, y el príncipe Hassan sacó
rápidamente a Chalabi de Jordania en su propio coche. Chalabi
fue condenado posteriormente en rebeldía por un tribunal
jordano a una pena de 22 años de cárcel por fraude
y apropiación indebida de fondos. Según señaló
la prensa de Jordania, Chalabi huyó del país con unos
70 millones de dólares. Por su parte, el gobierno jordano
tuvo que inyectar 300 millones de dólares de fondos públicos
para cubrir las pérdidas del banco y afirmó que este
escándalo había supuesto un duro golpe para la economía
del país. El antiguo embajador de EEUU en Arabia Saudí,
James Akin, describió a Chalabi como “un banquero criminal”
y “estafador”.
Tras pasar un período en Londres, Chalabi fue a Washington
donde comenzó a cortejar a miembros de las élites
políticas y mediáticas conservadoras de la capital
norteamericana. En aquel momento, Chalabi tenía ya puestos
sus ojos en Iraq y veía estas relaciones como un trampolín
que podría permitirle en el futuro llevarle al poder en ese
país.
En 1992, Chalabi fundó el CNI, del que pasó a ser
presidente de su Comité Ejecutivo. Desde entonces, comenzó
a trabajar estrechamente con el Pentágono y la CIA en contra
del régimen iraquí. En 1996, esta última le
respaldó en su invasión del Norte de Iraq con una
fuerza de 1.000 hombres de la llamada “Fuerza Libre Iraquí”.
Al parecer, Chalabi convenció a responsables de la entonces
Administración Clinton que, una vez que sus hombres hubieran
entrado en Iraq, los miembros del Ejército iraquí
desertarían en masa y el régimen de Saddam Hussein
se hundiría. La aventura, sin embargo, terminó en
un estrepitoso fracaso. Las tropas iraquíes atacaron las
zonas que los rebeldes habían ocupado y centenares de éstos
y varios agentes de la CIA perecieron en aquella aventura.
En junio de 1997, Chalabi manifestó a la junta directiva
del sionista JINSA (Instituto Judío para Asuntos de Seguridad
Nacional) de EEUU que con el respaldo norteamericano y de algunos
países de la región del Golfo a una política
de aislamiento gradual del régimen iraquí, Saddam
podría ser expulsado del poder”. Una declaración
de JINSA de aquel año señalaba que “nuestra
organización ha estado trabajando con el líder del
Congreso Nacional Iraquí, Ahmed Chalabi, con el fin de promover
el derrocamiento de Saddam Hussein”. El propio JINSA describe
sus objetivos de la siguiente manera: “Educar al pueblo norteamericano
acerca de la importancia de contar con una amplia capacidad defensiva
... e informar a los responsables defensa y de política exterior
de EEUU del importante papel que Israel juega en la promoción
de los “intereses democráticos” en el Mediterráneo
y Oriente Medio”. Chalabi trató de persuadir a estos
sectores de que sus intereses coincidían: Saddam, que era
el dirigente más independiente y díscolo de Oriente
Medio, y a la vez una “amenaza para Israel”, debía
irse, y ser reemplazado por un gobierno que firmara la paz con Israel
y se convirtiera en una marioneta de EEUU en la región.
Vínculos con los neoconservadores
Tras la llegada al poder de la Administración Bush, los
neoconservadores de la Oficina del presidente Cheney y el Pentágono
–entre ellos el propio vicepresidente, Dick Cheney; el secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld; el secretario de Defensa adjunto, Paul
Wolfowitz; el jefe de la Oficina de Personal del Vicepresidente,
Lewis Libby; el Subsecretario de Defensa, Douglas Feith; y el antiguo
presidente de la Junta de Política de Defensa (DPB), Richard
Perle– creyeron hallar en Chalabi a “un nuevo Karzai”,
al que instalar como nuevo líder de Iraq.
La Oficina de Feith en el Pentágono se convirtió en
la sede de la Oficina de Operaciones Especiales (OSP). Los dos miembros
de su personal y varias docenas de colaboradores recibieron el encargo
de recoger datos de inteligencia con el fin de elaborar un dossier
que afirmara, en los términos más duros, que el Iraq
de Saddam Hussein suponía una grave “amenaza”
para EEUU.
Algunos miembros de la DPB, en especial el propio Perle; el ex director
de la CIA, James Woolsey; y el antiguo portavoz de la Cámara
de Representantes, Newt Gringrich, jugaron un papel especialmente
importante al difundir a través de los medios de comunicación
las informaciones procedentes de los desertores iraquíes
del CNI y de la OSP. El propio Chalabi participó en una reunión
secreta del DPB, pocos días después de los atentados
del 11-S, en la, según señala el Wall Street Journal,
el principal tema discutido fue el de la utilización de los
ataques como pretexto para invadir Iraq.
Cabe decir, sin embargo, que muchos medios del Pentágono
y de la CIA no creyeron las informaciones procedentes del CNI y
llegaron a calificarlas de “pura desinformación”
en declaraciones a diversos medios de la prensa norteamericana.
Es también más que probable que los mentores neoconservadores
de Chalabi supieran perfectamente que la información proporcionada
por éste era falsa o incorrecta, pero esto no les importó
en absoluto, porque tales datos les servían para tratar de
justificar el lanzamiento de la guerra contra Iraq, la cual había
sido su principal objetivo durante muchos años. Chalabi estaba
dispuesto además, según señala Akin, a desnacionalizar
el petróleo iraquí con el fin de entregarlo a las
compañías estadounidenses. Un miembro del ultraconservador
Instituto Hudson, Max Singer, declaró a este respecto: “Nos
apoderaremos de Iraq, instalaremos un régimen nuestro allí,
produciremos la mayor cantidad de petróleo posible y mandaremos
al infierno a Arabia Saudí”.
Cabe señalar que todos los patrocinadores neoconservadores
de Chalabi en Washington poseen fuertes vínculos con el Likud
israelí. Por su parte, algunos líderes del CNI, incluyendo
al propio Chalabi y a uno de sus principales colaboradores, el cristiano
asirio Kenan Makiya (Samir al Jalil), han visitado Israel y se han
entrevistado con destacados dirigentes israelíes. Makiya,
por ejemplo, se reunió allí con el antiguo primer
ministro y actual ministro de Finanzas, Benyamin Netanyahu. El autor
israelí Sami Michael, nacido en Iraq, afirma ser también
miembro del CNI.
Al iniciarse la guerra de Iraq el pasado año, Chalabi fue
llevado, junto con otros 700 miembros y simpatizantes del CNI, por
los militares estadounidenses a Nassiriryah, en el sur del país.
Poco después, la administración civil norteamericana
presionó para introducir a Chalabi en el Consejo de Gobierno
Iraquí. Asimismo, los primeros borradores de la ley administrativa
transitoria de Iraq fueron escritos por un sobrino de aquél.
No obstante, los norteamericanos pronto descubrieron que no les
iba a ser posible imponer a Chalabi como un dirigente títere
en Iraq, porque carecía de apoyos en este país y porque,
sencillamente, los iraquíes no lo iban a admitir. Su nombre
pronto se convirtió en un sinónimo de “gobierno
marioneta” en las calles de Bagdad y otras ciudades del país.
Según una encuesta publicada por el semanario Newsweek, Chalabi
es el miembro peor valorado por la opinión pública
iraquí de los 25 que componen el Consejo. Un 60% de los encuestados
afirmó tener una valoración negativa o muy negativa
de él. A esto hay que añadir la notoria ineptitud
de Chalabi en el campo político, que se puso de manifiesto
en episodios anteriores como el ya mencionado fiasco de la operación
de la CIA en 1996. Por todo ello, la CIA y el Departamento de Estado
pronto presionaron a la Casa Blanca para que se olvidara definitivamente
del plan de instalar a Chalabi en el poder.
Acusaciones contra Chalabi
En la actualidad, tras empezar a conocerse las revelaciones que
apuntan a que las afirmaciones utilizadas por el gobierno de EEUU
para justificar la guerra eran falsas, muchos ojos en Washington
parecen haberse vuelto hacia Chalabi, que podría convertirse
ahora en un chivo expiatorio por los fracasos de la Administración
Bush en este campo. Chalabi ha perdido recientemente a un importante
aliado cuando Perle, a quien se culpa también de la difusión
de las falsas alegaciones sobre las armas de destrucción
masiva de Iraq, dimitió de su cargo de presidente de la DPB,
con el fin de que no perjudicar las posibilidades de reelección
de Bush. Algunos dirigentes del CNI cercanos a Chalabi se quejan
también de que sus viejos patrocinadores y amigos neoconservadores
en el Pentágono han comenzado a evitarlos.
Los responsables norteamericanos han descubierto asimismo que, además
de ser un mal planificador y una fuente de información poco
fiable, Chalabi no era muy hábil tampoco con las cuentas.
Poco antes de la invasión de Iraq, el Departamento de Estado
cortó su ayuda al CNI debido a unas irregularidades detectadas
en las cuentas referidas al dinero entregado a la organización.
Por su parte, la CIA había hecho lo propio ya a principios
de los años noventa, cuando gastó unos 100 millones
de dólares en ayudar al CNI y a algunas organizaciones kurdas
en sus actividades contra Saddam sin lograr resultado alguno.
La actitud de muchos congresistas hacia Chalabi se ha endurecido
aún más tras conocerse que algunos contratos para
la reconstrucción de Iraq habían recaído en
compañías que mantenían una relación
comercial con Chalabi o cuyos propietarios tenían lazos personales
con él. Así por ejemplo, un contrato por valor de
327 millones destinado a equipar a las nuevas fuerzas armadas iraquíes
quedó en suspenso cuando se supo que entre los miembros de
la junta directiva de la empresa Nour USA, con sede en Virginia,
a la que se había adjudicado, se encontraba A. Huda Faruqi,
un empresario que posee estrechos vínculos con Chalabi.
Por su parte, Chalabi parece haber comenzado a ponerse nervioso
por las últimas revelaciones que apuntan a la apertura de
una investigación sobre su grupo en el Congreso. Sin embargo,
no le ha importado admitir que las “pruebas” que presentó
al gobierno de EEUU y a la opinión pública en general
eran “incorrectas” y no ha mostrado tampoco ningún
arrepentimiento por ello. En una entrevista concedida al periódico
The Daily Telegraph de Londres, él manifestó que lo
importante no era que la información que fue utilizada para
justificar la guerra fuera verdadera o no, sino el hecho de que
Saddam Hussein hubiera sido derrocado. “En lo que a nosotros
respecta, consideramos que hemos tenido un gran éxito. Saddam
se ha ido y los norteamericanos están en Bagdad. Lo que se
hubiera dicho antes (para justificar la guerra) no tiene la menor
importancia”. No obstante, Chalabi negó posteriormente
que esta declaración hubiera sido una confesión implícita,
por su parte, de que había diseminado informaciones falsas
en el tema de las armas de destrucción masiva de Iraq. Algunos
responsables de la Administración Bush no ocultaron, sin
embargo, su irritación por estas declaraciones de Chalabi.
“Su momento se está acercando rápidamente”,
indicó uno de ellos de forma anónima a un medio de
comunicación norteamericano.
Chalabi ha tratado de culpar también a la CIA por el fiasco
en el caso de las armas de destrucción masiva de Iraq. Durante
una reciente entrevista con el programa “60 Minutos”
de la cadena CBS, él afirmó, en un alarde de cinismo,
que la CIA debería haber realizado un mejor trabajo al analizar
los datos, procedentes de desertores iraquíes, que su propia
organización, el CNI, le había entregado. Chalabi
señaló que la CIA tenía que haber sido consciente
de que la información de los desertores podía estar
basada no en datos reales, sino en prejuicios personales o en su
deseo de parecer útiles –con el fin de conseguir dinero
o asilo–. “¿Están diciéndome que,
pese a todas las evidencias públicas que existían,
el gobierno de EEUU tomó estas informaciones al pie de la
letra, sin comprobar antes lo auténtico que había
en las declaraciones de estas personas?”, indicó Chalabi.
“La comunidad de inteligencia (norteamericana), de la que
se puede esperar un alto nivel de competencia, destinado a satisfacer
las necesidades de su país y su gobierno, no hizo un buen
trabajo en este tema”.
Estas declaraciones significan que Chalabi es consciente de que
la Administración Bush podría convertirle ahora en
el chivo expiatorio, que cargue con toda la responsabilidad por
la falsedad de las alegaciones sobre las armas de destrucción
masiva de Iraq, con el fin de salvar a otros miembros de la misma
de su propia responsabilidad política, y quizá penal.
Chalabi, sin embargo, no parece dispuesto a prestarse a ese juego
y ha manifestado ya que desea testificar en una sesión pública
del Comité de Inteligencia del Senado de EEUU para dejar
claro quiénes fueron, a su juicio, los responsables de que
tales mentiras se difundieran y fueran utilizadas para justificar
la guerra.
Chalabi y su organización fueron, por su parte, acusados
por Ken Pollack, un antiguo analista de la CIA –que intervino
también en el programa “60 Minutos”– de
haber manipulado a los desertores con el fin de extraerles unos
datos falsos que sirvieran a sus propios propósitos políticos.
Según Pollack, que ahora trabaja para la CNN y el Centro
Saban de Estudios sobre Oriente Medio, estos datos fueron posteriormente
utilizados por la Administración Bush, porque “le sirvieron
para confirmar su idea preconcebida de que Iraq representaba una
seria amenaza para EEUU y estaba a punto, además, de adquirir
armas muy avanzadas y extremadamente peligrosas”. En este
sentido, Pollack culpa a la Administración Bush y no a Chalabi
por el fiasco de las armas de destrucción masiva en Iraq.
“Si me engañan una vez, la culpa es del otro... Si
lo hacen dos veces, la culpa es mía. Chalabi tenía
un abultado historial de engaños y mentiras. Sabíamos
(en la CIA) que no nos estaba diciendo la verdad”.
Pese a todo, sería un error creer que el gobierno estadounidense
ha retirado su apoyo a Chalabi. Dentro del Consejo de Gobierno Iraquí,
nombrado a dedo por EEUU, él continúa detentando la
Presidencia del Comité Económico y de Finanzas. Desde
ese cargo, Chalabi ha supervisado y aprobado el nombramiento de
los nuevos ministros de Finanzas, Comercio y Petróleo, del
gobernador del Banco Central y del director ejecutivo del mayor
banco comercial de Iraq. Chalabi preside también la Comisión
de Desbaasificación, dirigida a purgar a los antiguos miembros
del Partido Baaz y partidarios del antiguo régimen de las
instituciones y puestos de responsabilidad. Esta comisión
tiene tales poderes que, según Newsweek, uno de los propios
colaboradores de Chalabi la ha calificado de “gobierno dentro
del gobierno”. La Comisión mantiene en su poder gran
parte de la documentación incautada en los diferentes ministerios
y departamentos administrativos iraquíes tras la guerra.
Con el fin de proceder al análisis y estudio de tal documentación,
la Comisión cuenta con 50 escáners, en contraste con
los 20 que poseen el resto de las instituciones del nuevo gobierno
en su conjunto.
Sabedor de que los norteamericanos desean traspasar formalmente
la soberanía a los iraquíes el próximo 30 de
junio, aunque manteniendo sus tropas de ocupación en el país,
Chalabi ha comenzado a inclinarse en la dirección de los
vientos que soplan y ha iniciado una aproximación a los dirigentes
religiosos shiíes, en especial al líder de esta comunidad,
Ali al Sistani. De esta forma, él se unió a los clérigos
shiíes que abandonaron la reunión del 28 de febrero,
donde se trataba el tema de la nueva Constitución iraquí,
con el fin de presionar en favor de la introducción de diversas
enmiendas. Chalabi ha expresado ahora su apoyo también a
la aplicación de las leyes islámicas en Iraq, tras
haber votado en contra de ella uno de sus representantes la semana
anterior.
El papel que los norteamericanos han otorgado a un personaje como
Chalabi es muestra de cuál es la realidad que se esconde
detrás de la “liberación” de Iraq. La
Administración Bush nunca ha tenido la intención de
llevar la democracia o la libertad a Iraq, sino que intenta establecer
allí un gobierno títere que acepte poner el petróleo
iraquí en manos de las compañías norteamericanas
y la creación de bases norteamericanas en el país,
y mantenga una política exterior plegada a los deseos e intereses
de Washington.
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