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alal era un joven iraquí que estudiaba económicas
en Málaga y su amiga Caroline era escocesa y estudiaba idiomas.
Con los dos coincidí en un curso acelerado de esperanto en
la Facultad de Filosofía y Letras de la ciudad de Cenachero,
a finales de la década de los setenta. Talal y Caroline eran
novios y estaban unidos por algo más que un sentimiento de
amor. Me daba la impresión de que eran la misma persona.
Después de cada sesión del curso salíamos de
la Facultad y nos dirigíamos a Chinitas para sentarnos en
alguna bodega o cafetería para disfrutar de un rato de charla
y convivencia que, muchas veces, se alargaba durante horas.
Algunas veces, Caroline se iba antes que nosotros para recibir las
llamadas telefónicas de sus padres, momentos que Talal y
yo aprovechábamos para hablar en árabe de temas más
cercanos a nosotros que Caroline no habría podido entender
y, menos aún, según la forma en la que los interpretábamos.
Talal, Caroline y yo acabamos creando un grupo muy peculiar. Cada
uno de nosotros dedicaba sus ratos libres a descubrir el pensamiento
de los otros dos compañeros y, curiosamente, entre los tres
lográbamos cada noche hallar soluciones para los problemas
que se vivían en el mundo en aquella época.
En aquel tiempo, Iraq disfrutaba de un auge cultural considerable
dentro del mundo árabe. Allí se hallaban las mejores
imprentas y las mejores publicaciones periódicas nos llegaban
también de allí tras la casi paralización de
las imprentas y editoriales libanesas. Para los intelectuales del
mundo árabe, Iraq era la principal fuente de libros y publicaciones,
tanto en cantidad como en calidad. Este predominio cultural venía
además avalado por los 5.000 años de historia del
país.
En una bodega de Chinitas trabajaba de camarero un joven "rosa
mariposa" muy gracioso que, cuando nos veía asomar por
su establecimiento, decía a uno de sus compañeros
con una gracia desmesurada: "Ya están aquí los
peques... un vasito de leche templá pa ca uno y argo de comé
que no tenga jalufo". Ni Talal ni yo bebíamos bebidas
alcohólicas y Caroline, comprensivamente con su novio, acabó
siguiendo su norma, lo que me hacía admirar cada vez más
a esa joven escocesa.
Talal tenía unas perspectivas de futuro muy esperanzadoras.
Una vez me dijo que el mundo les pertenecía a los jóvenes,
que eran quienes debían cuidarlo y dirigir sus destinos,
y que los viejos -como Tito, Burguiba o Castro- debían retirarse.
Mientras que el mundo evoluciona, señalaba Talal, ellos seguían
aferrados a sus "glorias" pasadas. Tenía mi amigo
Talal un amor incondicional al mundo árabe hasta el punto
de que en el piso donde vivía tenía colgadas varias
fotografías de algunos líderes árabes. También
tenía, junto con el Corán, un libro de poesía
iraquí publicado por el Instituto Hispanoárabe de
Cultura y otro sobre poetas iraquíes en árabe, editado
en Iraq. Talal recordaba como después de la guerra civil
los países árabes ayudaron a España a superar
su hundimiento económico y como Iraq envió gratuitamente
a España barcos enteros cargados de petróleo para
ayudar a este país a superar su crisis energética.
Ahora, unas décadas más tarde, este favor ha sido
pagado por el gobierno español (de Aznar) con el apoyo a
unos locos que están llevando a la deriva la dignidad humana.
No sé dónde estará ahora mi amigo Talal. Lo
último que supe de Talal y Caroline fue que tenían
dos niños y una niña y que eran profesores universitarios
en Iraq, pero eso fue antes de la Guerra de 1991. No sé si
vivirán ahora o no, pero me consta que su espíritu
combativo por la dignidad nunca desaparecerá de aquella sagrada
tierra que fue bendecida por la Divinidad.
*Ahmed Mohamed Mgara. Es director del suplemento semanal en
español La Región , redactor jefe de
otro suplemento quincenal (Tamuda) en español, y colaborador
en el periódico La Mañana. Vive en Tetuán.
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