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PEDRO MARTINEZ MONTAVEZ
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alestina. El hilo de la memoria, de Teresa Aranguren, cuenta la
historia de un descubrimiento: el itinerario, el proceso, las fases
y las formas de ese descubrimiento, su discurso, en todos los sentidos
de este término. Como todo descubrimiento, va siendo el resultado
de una ampliación, de una profundización, de una penetración,
de un intento de posesión, de un entrañamiento. Teresa
Aranguren ha contado su descubrimiento personal, progresivo y ascendente,
en integración, de un objeto entero y de sus múltiples
facetas entrelazadas: la llamada cuestión palestina, la tierra
de Palestina, las gentes de Palestina dentro y fuera de su tierra-,
las formas de vida de esas gentes, su razón de ser y de existir.
En resumen: Palestina, la palestinidad.
Esta experiencia constituye un tiempo de casi veinticinco años
en la vida de Teresa ¡Sí, las cosas tan duraderas y
profundas pasan tan rápidamente!.... Ese casi cuarto de siglo
lo engarza Teresa en dos situaciones, en dos subtiempos. Pero no
hay cortes ni cesuras entre ambos, no hay solución de continuidad.
Es más: el lector no lo advertiría seguramente si
la autora no hubiera dado las correspondientes indicaciones cronológicas.
El libro es tan coherente, trabado y continuo –porque lo son
también el sentimiento y la razón que lo originan
y sustentan- que ese largo paréntesis temporal entre las
dos circunstancias no merma en nada su unidad, su valor, su significado.
Son dos circunstancias diferentes en la vida de Teresa, sustancialmente
diferentes. Durante la primera el descubrimiento fue compartido:
lo hizo con Vicente, su marido, ese V. tantas veces citado y tan
presente; después, muerto Vicente, lo continuaría
ella, sola y con su recuerdo. El libro es también un homenaje
a él, el recuerdo de ese compañero incomparable. Me
voy a permitir yo hacer también aquí un breve homenaje
de recuerdo, emocionado y limpio, a Vicente Simón Merchán.
Fuimos compañeros de estudios universitarios, y en ese plural
está incluida Mercedes, mi mujer. Sólo quiero decir
que Vicente, estudiante de Historia entonces en la Universidad de
Madrid, era ya un ser humano esponjoso, abierto, limpio, bueno,
un pedazo de joven como sería después un pedazo de
hombre. Un individuo libre, enamorado de la libertad, y que también
la daba. Vicente tenía –lo recuerdo muy bien a pesar
del mucho tiempo transcurrido- una sonrisa y un gesto siempre de
mañana recién abierta y de ilusión firme. Esa
es la visión imborrable que tenemos de Vicente.
Este es un libro hermoso, entrañable y duro, durísimo.
A pesar de la enorme tragedia que lo origina y que lo empapa, es
un libro sereno, porque sólo desde la serenidad se puede
hablar precisamente de la tragedia y transmitirla a los demás.
Es un libro también equilibrado, porque Teresa sabe muy bien
que una de las claves fundamentales de la vida, de la contradictoria
existencia de la humanidad, es la interacción dialéctica
permanente que existe en los grandes dilemas universales: injusticia/justicia,
barbarie/cultura, dolor/gozo, pesadumbre/alegría, miseria/gloria,
desesperación/esperanza, muerte/vida. Y es también
un libro valiente y admirable porque Teresa no esconde nunca sus
sentimientos, sus valoraciones, sus opciones personales, sus preferencias
racionales y fundamentadas, resultado de la experiencia propia.
Por las páginas de este libro transmina permanente, silencioso
y hondísimo, como un venero inextinguible y creciente, el
verso de Abú-Salma: “Palestina, cada vez que luché
por ti, te amé más”.
He mencionado antes la palabra palestinidad. Ha sido una mención
totalmente intencionada. Creo que el libro de Teresa es también
una prueba de la realidad de la palestinidad, de lo irrebatible
de su existencia. Me parece que Teresa la ha descubierto también
a lo largo de su experiencia personal, como una especie de revelación
lenta y progresiva. Todo ello forma parte inseparable de su descubrimiento.
Porque, como yo mismo he escrito en otro lugar, ningún palestino
ni palestina puede vivir sin su palestinidad, al margen de ella,
tenerla olvidada o recluida. En algún caso o circunstancia,
sumamente raros o infrecuentes sin embargo, puede parecer así.
Se trata de una impresión falsa o engañosa, enmascarada,
de conveniencia, pasajera, en última instancia inútil
e insostenible, que se corregirá rápidamente. La palestinidad
es mucho más que una identidad. Es una ética sustancial
y permanente. Es una fe y una razón de vida, una fe y una
razón también de muerte; vida y muerte indestructiblemente
abrazadas, fundidas, copuladas. Les han obligado a ello. Han hecho
que la palestinidad sea la sublimación de la resistencia.
Los versos de Tawfiq Zayyad la han definido perfecta y luminosamente:
“Con los dientes.
Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.
Con los dientes.
Y no aceptaré otro en su lugar.
Aunque me dejen
Colgando de las venas de mis venas”.
Descubrir la palestinidad supone también descubrir el lugar
propio que las mujeres y los niños ocupan en ella, se han
ganado en ella. Lugar propio pero nunca aparte, lugar integrado
y en apretada unión con el lugar del varón, pero lugar
propio y preeminente, insisto en ello. La urdimbre natural, fecunda
y prodigiosa mujer-niño se recoge a la perfección
en el libro de teresa. En él encuentran sitio justo los versos
de Fadwa Tuqán:
“Me basta con morir encima de ella,
Con enterrarme en ella.
Bajo su tierra fértil disolverme, acabar,
Y brotar hecha yerba de su suelo.
Hecha flor, con la que acaso juegue
La mano de algún niño crecido en mi país.
Me basta con seguir en el regazo de mi tierra:
Polvo, azahar y yerba”.
Esa urdimbre fecunda y prodigiosa, y sobre todo natural, queda perfectamente
recogida y reflejada en teresa. El niño asegura lo que se
seguirá haciendo; la mujer, lo que se ha hecho y lo que se
hace. El hecho palestino es inexplicable sin ellos: sin lo que el
niño albricia y lo que la mujer ha contribuido a cambiar.
Lo ha expresado muy acertadamente la profra. Ruiz Bravo-Villasante:
“la propia mujer participa en el proceso cultural y literario
que está estrechamente imbricado en el colectivo, de una
manera propia y femenina, como demuestra la obra de la gran poetisa
Fadwa Tuqán”.
Es evidente que en esa experiencia de descubrimiento entra también
la política, pero Teresa ha tenido el buen gusto, la honestidad,
el acierto, de poner a la política y a los políticos
en su sitio, en donde les corresponde, y nada más. Esto puede
sorprender a muchos y parecerles tal vez equivocado o inexplicable.
Son ellos quienes se equivocan. Porque lo repito de nuevo: el libro
de teresa cuenta el proceso de descubrimiento de Palestina y su
recuperación al hilo de la memoria. Y la política
constituye sólo una parte de esa totalidad, aunque se trate
de una parte importantísima y en muchos aspectos determinante.
Son dimensiones estrechamente relacionadas, pero no iguales; horizontes
paralelos, pero de diferente extensión y perspectiva. Dicho
con mayor claridad: la palestinidad está por encima de la
política. La palestinidad es esencia, la política
palestina, o sobre Palestina, es con frecuencia, lamentablemente,
sólo avatar, accidente, circunstancia.
A mí, como arabista que soy, con asunción plena
por mi parte de esta dedicación y profesión, el libro
de teresa me plantea otras muchas preguntas, inquietudes y sugerencias.
Pero no es este el lugar ni la circunstancia para exponerlas y analizarlas.
Me limitaré, por consiguiente, simplemente a formular unos
cuantos interrogantes: ¿Cómo se relacionan lo palestino
y lo árabe?, ¿cómo ha ido evolucionando esa
relación?, ¿cómo se interaccionan e interfieren?,
¿en qué medida la experiencia y el conocimiento de
lo palestino puede ser una puerta, un camino, que lleven a la experiencia
y el conocimiento de lo árabe?. ¿Cómo se ha
producido en Teresa? Tendremos ocasión de hablar de ello,
y estoy seguro de que las observaciones de teresa serán valiosísimas
para mí.
Teresa y yo nos conocemos desde hace bastantes años, casi
como ese cuarto de siglo que es materia de su libro. Es una profesional
ejemplar. Es una mujer admirable. Es una amiga entrañable
y leal. Como su libro demuestra es también una excelente
escritora, dotada de una formidable capacidad narradora y de captación
y descripción indagatoria de situaciones, ambientes y personajes.
A mí no me ha sorprendido en absoluto, lo presentía.
En uno de sus últimos poemarios, titulado Mural –frente
al Muro de la ignominia que está alzando el gobierno sionista
de Israel- Mahmud Darwix dice los siguientes versos:
“Vi a un país abrazándome
Con manos matinales: Huele
el aroma del pan. ¡Mira
esa flor en las aceras;
la luz de tu madre
alumbra todavía,
y el saludo aún está caliente como el pan recién
hecho!”
(trad. de Rosa-Isabel Martínez Lillo)
Estoy seguro de que el hilo de la memoria habrá llevado
a Teresa a tener las mismas sensaciones y visiones. Porque eso es
también la palestinidad, y su descubrimiento.
La red de la memoria le ha permitido a Teresa Aranguren descubrir
Palestina, recrearla. Se comprende, es un hecho natural, perfectamente
explicable. Porque la realidad palestina, innegable, cada vez más
consolidada, a pesar de los enormes esfuerzos que se hacen para
que así no ocurra, es también memoria. Memoria sustancial
y enjundiosa. La memoria mantiene y nutre el mapa entero de Palestina.
Ese mapa físico, humano, histórico, material, espiritual,
se yergue en la memoria, en la mente y el corazón de la memoria.
Con todos y cada uno de sus detalles, todos y cada uno de sus elementos
componentes. Lo dice muy bien la p. 81 del libro de Teresa: “sobre
uno de sus cuadros, el pintor nos dijo que podía recitarnos
los nombres de cada una de las gentes y las familias que habían
vivido en la calle que aparecía minuciosamente dibujada casa
a casa, y que habían sido sus vecinos y sus compañeros
de juegos cuando él era un niño, y ésa era
su calle y Jaffa era aún su ciudad”. Palestina no puede
explicarse sin memoria. De la memoria ha nacido la palestinidad.
* Aranguren,Teresa, “Palestina el hilo de la memoria".
Editorial Caballo de Troya, Madrid 2004. pags 219
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