|
l asesinato del Sheij Ahmad Yassin, líder de Hamas, por order
del primer ministro de Israel, Ariel Sharon, constituye otro nuevo
y monstruoso crimen más a añadir al ya dilatado historial
del viejo criminal de guerra, que ha jalonado su carrera política
y militar con la sangre de miles de personas inocentes.
Aunque se han barajado diversas hipótesis para intentar explicar
por qué el gobierno israelí escogió precisamente
este momento para matar a Yassin, lo más acertado es situar
este asesinato dentro de la estrategia de provocaciones puesta en
marcha por Sharon en los pasados años. Hay que indicar aquí
que al día siguiente del asesinato, Hamas y Fatah, el principal
partido que apoya a la Autoridad Palestina, iban a suscribir un
acuerdo para tomar el control de la Franja de Gaza de forma conjunta,
una vez que los israelíes procedan a retirarse de allí.
Este acuerdo irritó a Sharon, que había confiado probablemente
en que la prometida retirada de colonos de Gaza -que todavía
no está clara- diera lugar a una situación caótica
que justificara sus posteriores negativas a retirarse de más
territorios. Por otro lado, al aceptar dicho acuerdo Hamas estaba
dando una imagen de moderación, que chocaba también
con el intento de Israel de presentar a esta organización
como un grupo extremista con el que no es posible dialogar.
El principal objetivo que buscaba Sharon con este atentado era,
pues, el de provocar a los palestinos para que llevaran a cabo una
respuesta violenta, que permitiera a Israel, a su vez, lanzar más
ataques militares y continuar postergando indefinidamente las negociaciones
de paz contempladas en el Plan de la Hoja de Ruta hasta que éste
quedara relegado al olvido. Este tiempo sería, entretanto,
aprovechado por Israel para continuar colonizando Cisjordania con
vistas a una futura anexión de, al menos, la mitad de este
territorio.
Sharon espera también que el asesinato de Yassin le ayude
a ganar apoyos dentro de su partido, el Likud, donde su plan para
realizar una retirada de Gaza ha sido ampliamente criticado por
los sectores más ultras. Otro objetivo para Sharon sería
el de distraer a la opinión pública israelí
en vísperas del anuncio de su posible procesamiento en un
caso de corrupción, en el que está también
implicado su hijo. Algunos medios políticos y mediáticos
han pedido ya la dimisión de Sharon si se confirma finalmente
que el Fiscal General del Estado va a presentar cargos contra él.
El asesinato de Yassin se produce, además, en un contexto
en el que está emergiendo un poderoso movimiento de resistencia
no violenta, en el que participan no sólo palestinos, sino
también activistas por la paz israelíes y voluntarios
llegados de numerosos países del mundo. Este movimiento ha
surgido de forma espontánea como medio de denuncia y oposición
a la construcción del Muro del Apartheid por parte de Israel.
Los manifestantes han comenzado así a colocarse delante de
los bulldozers israelíes cantando canciones y haciendo ondear
banderas. Aunque la policía y el ejército israelí
han recibido la orden de disolver a cualquier precio estas manifestaciones
-lo cual hace empleando porras, gases lacrimógenos, y, en
ocasiones, fuego real- son más cada día más
los palestinos, israelíes y personas de otras nacionalidades
que se unen a estas protestas.
No cabe duda, en este sentido, que el atentado tendría como
uno de sus objetivos el de intentar provocar una respuesta violenta
por parte de Hamas, que pudiera, a su vez, paralizar el amplio movimiento
ciudadano de resistencia no violenta al Muro y la ocupación.
Conscientes de la existencia de este riesgo, unas 60 personalidades
palestinas han publicado una declaración en el diario Al
Ayyam de Ramallah, en la que piden a Hamas que no responda a esta
grave provocación israelí, y abogan por una intifada
pacífica frente a la ocupación. Estos líderes
palestinos consideran que esta opción resultaría a
la postre mucho más dañina para Sharon que cualquier
operación armada, ya que serviría para poner de manifiesto
la quiebra política y moral del actual gobierno israelí
y de su política terrorista, que es hoy objeto de una condena
casi unánime dentro de la comunidad internacional.
Los crímenes del gobierno israelí deben servir también
para reiniciar un debate, planteado ya hace algunos años
en la ONU, sobre la definición del terrorismo y sus medios.
Es difícil, en este contexto, no estar de acuerdo con la
declaración del presidente egipcio, Hosni Mubarak, que ha
manifestado que Israel se comporta, en realidad, "como un grupo
terrorista". Esto resulta aún más claro si tenemos
en cuenta que Israel no sólo utiliza en sus agresiones medios
militares, como aviones o helicópteros, sino también
otros más "clásicos", como el coche bomba
o el disparo en la cabeza. Cuando Sharon habla de que el conflicto
palestino-israelí forma parte de la "guerra contra el
terrorismo" tiene probablemente toda la razón. Lo que
le falta decir es que el terrorista es él mismo y sus cómplices,
y la víctima es, en este caso, el pueblo palestino.
Las reacciones de condena de la comunidad internacional al asesinato
de Yassin han sido rápidas, pero tal condena no ha podido
quedar plasmada en una resolución del Consejo de Seguridad
de la ONU, debido a la oposición de EEUU, que vetó
un proyecto de resolución que había sido presentado
por varios países árabes en ese sentido. Este veto
debe ser visto como un nuevo gesto de hipocresía de EEUU,
que ignora los actos de terrorismo y las violaciones de los derechos
humanos, cuando su autor es Israel. No cabe duda de que este gesto
de Washington producirá un mayor deterioro de su imagen en
el mundo árabe y musulmán. Hay que señalar,
pues, que el apoyo a los crímenes y fechorías de Israel
está costando muy caro en términos de imagen, y también
económicos, a EEUU. Este hecho debería llevar al pueblo
norteamericano a plantearse cuál es la razón por la
que los intereses genuinos norteamericanos son siempre sacrificados
en beneficio de Israel, y a desenmascarar al lobby sionista, que
tiene secuestrada, en la actualidad, la política exterior
de EEUU.
|