.REDACCIÓN
oco después de los ataques del 11-S, el dictador de Uzbekistán,
Islam Karimov, proporcionó a Washington bases estratégicas
que fueron utilizadas por EEUU para sus operaciones estratégicas
y de inteligencia en Afganistán. Cientos de militares y expertos
en inteligencia de EEUU están todavía operando en
la base aérea de Karshi-Janabab, que también actúa
como una base logística para las tropas estadounidenses que
se hallan en ese país.
A cambio de esta cooperación, el presidente de EEUU, George
W. Bush, denunció públicamente al Movimiento Islámico
de Uzbekistán (IMU) como un grupo afiliado a Al Qaida e incrementó
notablemente la ayuda militar, económica y de seguridad al
régimen uzbeko. Hace dos años, Bush dio la bienvenida
a Karimov en la Casa Blanca y el dictador uzbeko ha recibido también
en Tashkent, la capital de Uzbekistán, a altos responsables
de la Administración Bush, entre ellos al propio secretario
de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld.
En este contexto, los recientes atentados con bomba que tuvieron
lugar a finales de marzo en Tashkent resultaron incómodos
tanto para el régimen uzbeko, por cuanto pusieron en duda
la estabilidad política del país, como para Washington,
que había venido justificando su ayuda al gobierno de Karimov
precisamente en base a la defensa de esa "estabilidad".
Según el Fiscal General del Estado de Uzbekistán,
10 oficiales de policía murieron y 24 resultaron heridos
en tales ataques. También resultaron muertos otros 14 civiles.
El Fiscal señaló asimismo que, durante el curso de
las operaciones policiales subsiguientes, 33 "terroristas",
incluyendo 7 mujeres, habían fallecido a manos de las fuerzas
de seguridad uzbekas. Estos atentados dieron lugar además
a una ola de detenciones de disidentes en todo el país.
La organización pro derechos humanos Human Rights Watch denunció
el pasado 2 de abril que numerosos musulmanes no implicados en actividades
violentas han sido detenidos de forma arbitraria en Uzbekistán
en los últimos años. La organización señaló
que unas 30 personas habían sido arrestadas e incomunicadas,
y se encontraban en "inmediato peligro de ser torturadas".
Cabe señalar que la libertad religiosa es un concepto inexistente
en Uzbekistán, donde existen miles de presos, que han acabado
en la cárcel por el solo hecho de organizar o participar
en actividades de culto diferentes a las promovidas por el propio
Estado. Rachel Denber, directora de la sección de Europa
y Asia Central de Human Rights Watch, manifestó a este respecto
que "el gobierno uzbeko está llevando a cabo una campaña
inmisericorde contra los disidentes musulmanes pacíficos.
La escala y brutalidad de las actuaciones contra los musulmanes
independientes -que desean llevar a cabo sus actividades de culto
fuera de la tutela del Estado- deja claro que ellas forman parte
de una campaña concertada de persecución religiosa".
Miles de disidentes han sido ejecutados también después
de una farsa de juicios.
Por otro lado, las autoridades uzbekas han tomado medidas encaminadas
a limitar la difusión de información procedente del
exterior y la actividad de los corresponsales de los medios de comunicación
extranjeros. La censura informativa en el país es total.
Como muestra de ello baste decir que en el cuarto día de
atentados consecutivos ocurridos en el país, los medios uzbekos
no mencionaban ni una sola palabra de tales ataques. Pese a que
Uzbekistán ha adoptado un lenguaje oficial que habla de elecciones
multipartidistas, una prensa libre y un poder judicial independiente,
la verdad es que tales afirmaciones no son más que una quimera.
El régimen se niega a permitir la inscripción de otros
partidos políticos diferentes a los ya existentes y los miembros
de las organizaciones pro derechos humanos son objeto de un continuado
hostigamiento por parte de las fuerzas de seguridad uzbekas.
La represión del régimen uzbeko ha puesto a Washington
en una situación claramente incómoda. La negativa
de Karimov a llevar a cabo reformas políticas y económicas
y su pésimo historial en el terreno de los derechos humanos
han venido siendo denunciados con fuerza por diversas organizaciones
proderechos humanos de EEUU, como la ya mencionada Human Rights
Watch.
El propio informe anual del Departamento de Estado sitúa
a Uzbekistán entre los países con un peor rango de
violaciones de los derechos humanos. El Congreso norteamericano
pidió recientemente que determinados tipos de ayudas a Uzbekistán
fueran suspendidas si el Secretario de Estado no certificaba que
se estuviera produciendo una mejora en el terreno de los derechos
humanos en el país. Los informes de diversas organizaciones
y testimonios llegados al Congreso de EEUU señalan que la
tortura es practicada de forma rutinaria en las prisiones uzbekas
y que los derechos humanos y los civiles son violados de forma sistemática
en el país. Tales informes indican también que el
gobierno de Tashkent no ha tomado ninguna medida para impedir el
tráfico de personas, particularmente de mujeres, que son
objeto de explotación sexual. Lorne Craner, responsable de
Derechos Humanos del Departamento de Estado, ha visitado Uzbekistán
más veces que cualquier otro país en los pasados meses.
"Hemos estado intentando estimular los progresos en algunas
esferas (relacionadas con los derechos humanos), pero no hemos visto
avance en ninguna de ellas, reconoció Craner". Otro
oficial del Departamento de Estado fue aún más crítico:
"El gobierno uzbeko no ha hecho nada para intentar demostrar
que se está moviendo en la buena dirección".
El 5 de diciembre de 2003, por ejemplo, el régimen de Karimov
prohibió una conferencia organizada por un grupo denominado
Madres contra la Pena de Muerte y la Tortura. El día antes
de la conferencia las autoridades informaron a los organizadores
que el evento no podía tener lugar, porque el grupo no se
había registrado. Esta alegación fue rechazada por
un portavoz de la organización, que manifestó que
se había presentado una solicitud de legalización
el mes de enero anterior, pero ésta no había tenido
ninguna respuesta. Como dato de interés hay que decir que
entre los coorganizadores del acto se hallaban la Organización
para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) y la Freedom
House (Casa de la Libertad) de Nueva York, entidad ésta que
mantiene estrechos vínculos con la Administración
Bush y el Partido Republicano de EEUU.
El apoyo al régimen de Uzbekistán ha restado también
credibilidad al discurso de Bush en favor de la democracia en el
mundo musulmán. De hecho, en su discurso de noviembre de
2003, pronunciado en la sede de la National Endowment of Democracy
(NED) de Washington, en el que manifestó el deseo de su Administración
de promover la "democratización" de los países
de Oriente Medio, Bush omitió cualquier referencia a Uzbekistán,
hecho éste que sirvió para que numerosos observadores
de EEUU y el mundo musulmán coincidieran en afirmar que las
palabras de Bush no eran más que otro ejemplo de retórica
vacía.
Los países europeos, por su parte, parecen haberse sumado
también a esta postura de apoyo vergonzante al régimen
de Karimov. Recientemente, el Banco Europeo para la Reconstrucción
y el Desarrollo, que celebró su encuentro annual de 2003
en Tashkent, advirtió que cortaría sus préstamos
y ayudas a Uzbekistán a menos que Karimov tomara algunas
medidas para garantizar el respeto a los derechos humanos, entre
los que incluyó el fin de la tortura a los presos, la libertad
de inscripción de asociaciones civiles, la libertad de prensa
y la libertad de actuación para los partidos políticos.
Hasta ahora, sin embargo, el Banco no ha realizado ningún
gesto que permita suponer que cumplirá pronto su amenaza.
Numerosos expertos en Washington, están ya advirtiendo, sin
embargo, que la política de represión del gobierno
de Karimov está alimentando un crecimiento del radicalismo
dentro del país, en especial de organizaciones como el IMU
(Movimiento Islámico de Uzbekistán), que mantienen
una lucha armada contra el régimen. Algunos expertos norteamericanos
parecieron creer en un primer momento que la alianza entre Uzbekistán
y EEUU podría llevar a una cierta liberalización del
régimen o, al menos, a una fórmula según la
cual el Estado mantendría un cierto nivel de autoritarismo,
pero permitiría reformas económicas, siguiendo las
pautas expresadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el
Banco Mundial. Sin embargo, nada de eso se produjo. En contraste
con lo que ha sucedido en la mayoría de las repúblicas
ex soviéticas, Uzbekistán no ha querido emprender
reformas pro mercado. Karimov considera que las consecuencias sociales
de una privatización en gran escala, una desregulación
de precios y una desaparición o reducción del control
estatal sobre la economía podría alimentar el ya amplio
descontento social y generar una ola de descontento que podría
llegar a amenazar la supervivencia del régimen. A diferencia
de otros vecinos, como Kazajstán o Turkmenistán, Uzbekistán
no posee recursos energéticos y el país tiene además
que importar gran parte del grano y otros alimentos que precisa.
Su único recurso importante es el algodón, lo cual
hace que la economía uzbeka sea altamente dependiente de
los precios de este producto en el mercado internacional.
La política de "uzbekización" de la cultura
y el lenguaje ha llevado a numerosos expertos rusos a abandonar
el país. Esto ha hecho caer en gran medida el número
de cuadros técnicos que trabajaban en diferentes sectores,
lo cual ha tenido consecuencias nefastas para la ya maltrecha economía.
En el valle de Fergana, donde vive el 11% de la población
del país, la situación es tan crítica que el
paro llega al 80%. Estas condiciones han favorecido el desarrollo
y expansión de organizaciones como el IMU o el Hizbul Tahrir
(ésta última busca la creación de un estado
islámico en el país por medios pacíficos).
Algunos observadores en EEUU consideran también al régimen
de Karimov como un foco de inestabilidad por su ambición
de convertirse en líder regional. Uzbekistán ha protagonizado
diferentes escaladas de tensión con sus vecinos -como Kazajstán,
Turkmenistán y Kirguizistán- y las fronteras uzbekas
con estos países han permanecido cerradas durante diferentes
períodos de tiempo. Las autoridades de Tashkent gravan además
los productos de los países vecinos con enormes tasas aduaneras,
hecho éste que ha supuesto un duro golpe para el comercio
regional. Recientemente, una economista rusa, Galina Bujarbayeva,
manifestó a un diario de Moscú que "no existe
virtualmente en Uzbekistán una actividad de importación
o exportación de productos manufacturados". El gobierno
uzbeko ha promulgado incluso una norma que prohibe la formalización
de contratos comerciales con Kazajstán y Kirguizistán.
Pese a todo, la Administración Bush parece dispuesta a continuar
cooperando con las autoridades uzbekas, como demuestran unas recientes
declaraciones del secretario de Estado, Colin Powell, en las que
señaló que EEUU estaba preparado para ayudar a Tashkent
en la investigación de los ataques de finales de marzo. El
motivo de esta vista gorda hacia el carácter tiránico
del régimen de Karimov reside en la importancia estratégica
que tiene en la actualidad Uzbekistán para Washington y en
el interés del gobierno norteamericano de seguir conservando
el control de la base de Karshi-Janabab. Desde esta base, EEUU puede
no sólo apoyar las actividades de su ejército en Uzbekistán,
sino también contribuir a su estrategia de cerco a China
y Rusia y fortalecer su posición en una zona como Asia Central,
que cuenta con una gran riqueza en recursos de gas y petróleo.
Hay que tener en cuenta también que desde 1999 Uzbekistán
ha venido formando parte de la GUUAM, un bloque pro norteamericano
formado por algunas repúblicas ex soviéticas -como
el propio Uzbekistán, Ucrania, Moldavia, Georgia y Azerbaiyán-
y destinado a debilitar la influencia de Rusia en el antiguo espacio
soviético. Uzbekistán también apoyó
la guerra de agresión de EEUU contra Iraq y ha mantenido
fluidas relaciones con Israel. El propio Karimov visitó Israel
hace unos años y allí afirmó que tenía
"antepasados judíos". Esta actitud hacia Iraq e
Israel ha hecho que Karimov sea una figura muy impopular en el mundo
árabe y musulmán.
Los observadores políticos consideran que los ataques de
marzo garantizan virtualmente que el gobierno de EEUU ignorará
una vez más el mal historial de Uzbekistán en materia
de derechos humanos y dará luz verde a una ayuda de 50 millones
de dólares que estaba pendiente de entrega. Sin embargo,
aunque Richard Boucher, portavoz del Departamento de Estado de EEUU,
ha prometido ayudar al gobierno uzbeko "de todas las formas
posibles" frente a la amenaza del "terrorismo", ha
indicado también que EEUU continuará pidiendo a Karimov
que ponga en marcha reformas democratizadoras y liberalizadoras
en las esferas política y económica. "No puedes
solamente limitarte a luchar contra los terroristas. Tienes que
crear el tipo de sociedad estable que genere esperanza y oportunidades.
Ésta es la mejor garantía de éxito frente al
terrorismo". Por supuesto, estas demandas norteamericanas no
significan que Washington tenga un interés real en el destino
del pueblo uzbeko, sino que vienen a demostrar la preocupación
de la Administración Bush por la posibilidad de que la represión
política y el estancamiento económico debiliten al
gobierno de Karimov hasta el punto de que su derrocamiento, mediante
una revuelta popular, se convierta en un hecho factible.
Aunque Uzbekistán se muestra dispuesto a aceptar la ayuda
de EEUU, existen indicaciones de que Karimov se encuentra cada vez
más molesto, aunque no seriamente preocupado, por la retórica
democratizadora que procede de Washington. Karimov sabe que Washington
no va a tomar ninguna medida de castigo contra su régimen,
pero considera que el confiar únicamente en la baza norteamericana
para sostener su poder es algo que puede ser arriesgado, máxime
si se tiene en cuenta la suerte que han corrido otros dictadores
pro norteamericanos en la historia reciente.
Aproximación a Rusia
Estas consideraciones han llevado probablemente a Karimov a buscar
otras fuentes de apoyo. De hecho, las críticas contra Karimov
aparecidas en diversos medios norteamericanos y en el propio Congreso
de EEUU parecen haber reforzado una tendencia, aparecida en los
últimos meses, que busca la recomposición de los vínculos
políticos, estratégicos y económicos entre
Uzbekistán y Rusia.
A principios de marzo algunos comentarios aparecidos en los medios
oficiales uzbekos indicaron que la presencia rusa en Uzbekistán
"no alcanzaba un nivel adecuado". "Es ya tiempo de
trabajar en una línea estratégica que asegure la consolidación
y expansión de los intereses rusos en Uzbekistán",
señalaba el editorial de un periódico oficial.
Por su parte, un antiguo embajador uzbeko en Rusia, Shoqosim Shoislomov,
sugirió que las autoridades uzbekas se habían equivocado
en sus planteamientos de política exterior tras los ataques
del 11-S en EEUU. En aquel entonces, Tashkent apostó firmemente
por estrechar sus vínculos con Washington, pero, según
Shoislomov, en la actualidad algunos altos responsables del gobierno
de Uzbekistán están preguntándose qué
beneficios concretos le ha reportado Uzbekistán su alianza
estratégica con EEUU. "Pensábamos que (tras la
alianza con EEUU) los mercados occidentales nos recibirían
con los brazos abiertos, pero lo que ha sucedido es que dichos mercados
están interesados únicamente en vendernos productos,
pero no en adquirir los nuestros", manifestó Shoislomov.
"Tenemos que ser realistas y buscar socios comerciales en aquellos
países con los que hemos estado conviviendo durante las pasadas
décadas", indicó el ex embajador en una referencia
clara a Rusia. Estos puntos de vista parecen ser apoyados por el
propio presidente Karimov, quien en su visita a Moscú los
pasados 15 y 16 de abril manifestó que Uzbekistán
estaba dispuesto a emprender pasos "radicales y decisivos"
para robustecer sus lazos políticos y económicos con
Rusia. Esta nueva orientación supone un giro político
importante de la política exterior uzbeka, que en los pasados
años había dedicado todos sus esfuerzos a construir
una relación estratégica con EEUU. "Los tiempos
de confrontación (con Rusia) han pasado", manifestó
Karimov a la radio uzbeka el pasado 15 de abril. "Tenemos que
ayudarnos mutuamente y respaldarnos uno al otro en la esfera política".
Por su parte, según señala el periódico ruso
Rossiskaya Gazeta, el presidente ruso, Vladimir Putin, saludó
el llamamiento de Karimov en favor de lazos más estrechos
con Moscú y manifestó que Tashkent tenía en
Moscú "un sólido apoyo". El ministro de
Exteriores uzbeko, Sadiq Safayev, desveló además que
ambas partes estaban negociando un pacto de cooperación estratégica.
No cabe duda de que el gobierno ruso está interesado en respaldar
cualquier aproximación de la parte uzbeka, que le permita
restaurar la totalidad o parte su influencia en Uzbekistán,
el estado de Asia Central que hasta la fecha había mantenido
una postura más independiente frente a Moscú.
El pasado 30 de marzo, poco después de producirse los primeros
atentados con bomba en Tashkent, Putin telefoneó a Karimov.
Durante su conversación, los dos líderes discutieron
vías para impulsar la cooperación antiterrorista.
Por su parte, un portavoz del FSB (servicio de seguridad de Rusia)
manifestó ese mismo día que sus fuerzas estaban llevando
a cabo operaciones conjuntas con las fuerzas especiales uzbekas
con el fin de detener a "criminales internacionales".
Para Rusia, Uzbekistán es un país importante dentro
del contexto del Asia Central. Aunque carece de grandes recursos
energéticos -como es el caso de Kazajstán o Turkmenistán-
Uzbekistán es la nación más poblada de la región
y es también la principal potencia militar de la misma. La
empresa rusa Gazprom ha mostrado ya interés en adquirir el
44% de las acciones de la compañía Uzbektransgas,
que ostenta el monopolio del control de los oleoductos que discurren
por Uzbekistán. Este acuerdo tiene como fin explícito
el de facilitar el transporte de los suministros de gas turkmeno
a Rusia. Sin embargo, su firma llevaría asimismo a un importante
aumento de la presencia rusa en el país. Los actuales acuerdos
de seguridad entre Uzbekistán y Rusia, destinados a luchar
contra el terrorismo en la zona, podrían también favorecer
la firma de este acuerdo entre ambas compañías al
despejar las dudas y reticencias que a este respecto tenían
los responsables uzbekos.
Existen, sin embargo, algunos obstáculos que se interponen
en el camino de una aproximación entre Rusia y Uzbekistán.
El gobierno uzbeko se muestra receloso por la actitud crítica
de muchos medios de comunicación rusos hacia su gobierno
y teme la influencia que dichos medios puedan tener en su opinión
pública. Cabe recordar que la mayoría de la población
uzbeka habla ruso y prefiere obtener su información de los
medios de comunicación rusos en lugar de los de su propio
país, que están fuertemente controlados por el Estado.
Los nuevos vínculos con Rusia no suponen, sin embargo, que
Uzbekistán desee rebajar el nivel de su cooperación
con EEUU. Más bien, constituyen una advertencia a Washington
en el sentido de que Tashkent posee diferentes opciones además
de la propia alianza con EEUU. Uzbekistán continuará,
de esta forma, albergando la base militar de Karshi-Janabab y existen
algunos otros signos que sugieren que el régimen de Karimov
estaría interesado en una ulterior expansión de los
lazos estratégicos con EEUU. El 18 de abril, es decir, poco
después de que se produjera el viaje de Karimov a Rusia,
responsables del gobierno uzbeko recibieron en Tashkent al teniente
general David Barno, jefe de las fuerzas de EEUU estacionadas en
Afganistán. Barno declaró durante su visita que Uzbekistán
era "un gran aliado y amigo de EEUU". En términos
parecidos se expresó también la secretaria de Agricultura
de EEUU, Ann Veneman, en un reciente viaje a la capital uzbeka,
donde mostró la disposición estadounidense a continuar
enviando ayudas alimenticias a Uzbekistán y a prestar asistencia
para el desarrollo del sector agrícola uzbeko. Ni Barno ni
Veneman hablaron durante sus respectivas visitas de la situación
de los derechos humanos en Uzbekistán.
Algunos analistas creen que los ataques terroristas del pasado mes
de marzo pueden suponer un nuevo impulso a la cooperación
entre Washington y Tashkent. Sin embargo, todo sugiere que mientras
el régimen uzbeko no detenga sus actividades represivas y
Uzbekistán no emprenda reformas políticas democráticas,
será muy difícil detener la escalada de violencia
en el país.
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