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ace un año, el gobierno de EEUU lanzó la que ha sido
probablemente la guerra más sucia, injusta e ilegal desde
el fin de la Segunda Guerra Mundial. Dicha guerra estuvo basada
en una serie de mentiras escandalosas acerca de la supuesta posesión
de "armas de destrucción masiva" -de las que curiosamente
EEUU es el principal fabricante y poseedor- por parte de Iraq. Estas
alegaciones tenían como único fin el de camuflar los
verdaderos objetivos del conflicto: el establecimiento de una hegemonía
israelí en la zona de Oriente Medio, principal objetivo éste
de los neoconservadores pro Likud situados en el Pentágono
y la Oficina del vicepresidente Dick Cheney, y el control de los
recursos petrolíferos de Iraq.
Haciendo frente a la oposición de Francia y Alemania, y siendo
consciente de que no podría obtener en la ONU el apoyo que
buscaba para legitimar esta política de agresión,
el gobierno de Bush creó la ficción de que EEUU no
estaba actuando sólo, sino que estaba apoyado por una "coalición
de la voluntad". Otra ficción propagandística,
difundida por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, fue que
Europa se hallaba dividida con respecto a la política norteamericana.
Según Rumsfeld, existía una "Vieja Europa",
formada por los países que se oponían a la política
de EEUU en Iraq -es decir, Francia, Alemania, Bélgica y otros-,
y una "Nueva Europa", integrada por los países
que la apoyaban.
El entonces presidente del gobierno español, José
María Aznar, se prestó voluntario a este juego y,
con el fervor de los sirvientes que pretenden causar buena impresión
a su señor, promovió la elaboración de un manifiesto,
en el que -junto con Berlusconi, Blair y los primeros ministros
de algunos de los países del Este de Europa- mostraba su
apoyo a las tesis de Bush. Aznar envió posteriormente tropas
españolas a Iraq y formó un frente común con
Polonia para bloquear el proyecto de Constitución europea,
impulsado por Francia y Alemania. Mientras tanto, se producía
un deterioro de los vínculos de España con el mundo
árabe y América Latina. Las relaciones con Marruecos,
un país de especial importancia para España, estuvieron
caracterizadas por un alto grado de desconfianza y tensión.
Sin embargo, lo que no era más que una ficción se
vino pronto abajo. Aznar había construido una alianza personal
con Bush dando la espalda al pueblo español, que, en más
de un 90%, se mostraba contrario a la guerra de Iraq y a la política
pronorteamericana del gobierno español. El primer aviso vino
en forma de una masiva participación ciudadana en las manifestaciones
del 15 de febrero de 2003. Cuatro millones de españoles salieron
a la calle ese día para expresar su rotundo rechazo a la
guerra.
La derrota de Aznar en las elecciones del pasado 14 de marzo y el
consiguiente ascenso al poder del nuevo primer ministro socialista,
José Luis Rodríguez Zapatero, han supuesto en este
contexto un duro golpe para el esquema propagandístico que
la Administración Bush había elaborado tan trabajosamente.
Zapatero mostró su deseo de "sacar a España de
la foto de las Azores" (en referencia a la foto de la cumbre
de las Azores, celebrada por Bush, Blair y Aznar poco antes de la
invasión de Iraq) y de hacer volver a España al seno
de la Europa real, sacándola también de esa otra ficción
de la "Nueva Europa", que no ha llegado a existir más
que en la mente enferma de Rumsfeld. En la actualidad, a Bush ya
no le quedan más apoyos en Europa que un Berlusconi que hace
frente a innumerables juicios en su país y un gobierno polaco
que, tras la derrota electoral de Aznar, ha quedado aislado y se
ha visto obligado a replantearse algunas de sus anteriores decisiones
políticas, como el envío de tropas a Iraq o el bloqueo
de la Constitución europea.
La rápida decisión de Zapatero de traer de vuelta
las tropas españolas de Iraq ha sido, en este sentido, saludada
con alborozo por la gran mayoría de la opinión pública
española, que condenaba el hecho de que un país con
una tradición pacífica y de buena vecindad con los
países del Mediterráneo y Oriente Medio se hubiera
dejado arrastrar a una aventura inmoral, ilegal e ilegítima,
como ha sido la guerra de Iraq. El gesto de traer de vuelta las
tropas a casa es, ante todo, una reivindicación de la moralidad
en la esfera de la política internacional y del respeto a
las normas del Derecho Internacional y al papel fundamental de la
ONU en la resolución de los conflictos. También supone
una vuelta a una política de defensa de los intereses reales
de España, que pasan por la integración en Europa
y el acercamiento al mundo árabe y a América Latina.
Esta nueva política española constituye, por lo demás,
un ejemplo válido para otras naciones del mundo. Así
parecen haberlo entendido países como Honduras y la República
Dominicana, que han decidido secundar a España y traer de
vuelta a sus respectivos contingentes desde Iraq, hecho éste
que ha supuesto otro duro revés más para la política
de Bush. Esto demuestra también que son cada vez más
los gobiernos en el mundo que ven la ocupación de Iraq como
un fracaso y prefieren retirar sus tropas antes de verse salpicados
por él.
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