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ace cuarenta y siete años, más concretamente el 1
de marzo de 1957, Israel anunció su retirada de la Franja
de Gaza. Dicha retirada no venía enmarcada dentro de ningún
plan de paz, sino que era la respuesta de Israel a la posible aprobación
de sanciones en su contra. La Administración Eisenhower había
recibido mal la incursión del Reino Unido, Francia e Israel
en el Canal de Suez el año anterior y quería asegurarse
de que no se volviera a repetir. El propio presidente Eisenhower
declaró en la primavera de 1957: "¿Debe permitirse
a una nación que ataca y ocupa territorio extranjero en abierto
desafío a los principios de la ONU imponer condiciones para
su retirada? Si accediéramos a que un agresor lograra sus
propósitos mediante un ataque armado, entonces temo que el
reloj de la historia estaría retrocediendo en el tiempo".
Dos años más tarde y una vez que se convencieron de
que no había riesgo de que les fueran impuestas sanciones,
los israelíes volvieron a ocupar la Franja de Gaza. Dos décadas
después, una nueva generación de palestinos se convirtieron
en mayores de edad. Estos jóvenes, que fueron llamados entonces
"la generación de la ira", fueron los que promovieron
el estallido de la primera intifada en 1987. Armados sólo
con piedras y cóckteles molotov, convirtieron Gaza en un
infierno para los ocupantes israelíes. Esta situación
llevó al antiguo primer ministro israelí, Yizhak Rabin,
a declarar en 1992: "Me gustaría que Gaza se hundiera
en el mar, pero, dado que eso no ocurrirá, es necesario buscar
una solución".
Al año siguiente (mayo de 1993), Ariel Sharon propuso en
una conferencia del partido Likud que Israel adoptara el concepto
de las "fronteras bíblicas" como política
oficial. Lo que esto significaba para Gaza y los palestinos era
fácil de adivinar. El profesor israelí Israel Shahak
señala que era bastante común que a los soldados de
la reserva israelí que prestaban servicio en la Franja en
aquel entonces se les diera una "charla educativa", en
la que se les decía que los palestinos de Gaza eran como
los amalekitas. Esto implicaba que ellos caían dentro del
ámbito de la orden bíblica: "A ninguna persona
dejarás con vida" (Deuteronomio 20:16).
Cuando el Likud llegó al poder en febrero de 2001, el camino
quedó finalmente despejado para que Sharon intentara materializar
su sueño bíblico. Las cifras de la Sociedad de la
Media Luna Palestina reflejan la escala de la carnicería
llevada a cabo por los israelíes en Gaza. En el período
comprendido entre marzo de 2002 y febrero de 2004, 699 palestinos
fueron asesinados en Gaza, mientras que 2.694 resultaron heridos.
Sin embargo, no sólo son los palestinos los que han muerto
allí. Estudiantes, periodistas y activistas británicos
y norteamericanos han sido también asesinados a sangre fría.
Por otro lado, cabe señalar que en Gaza viven en la actualidad
entre 5.000 y 6.000 colonos israelíes, que representan menos
del 1% de la población de la Franja. Ellos consumen, sin
embargo, el 60% del agua disponible. Aunque sólo sea por
esta razón, no cabe duda de que su retirada será celebrada
por los palestinos.
Éste es el contexto en el que Sharon ha anunciado su plan
de retirada de Gaza. Este anuncio se produjo curiosamente sólo
un mes después de que el primer ministro israelí hubiera
revelado sus planes para ampliar los asentamientos judíos
de la Franja. Esto quiere decir que aunque Sharon continúa
personalmente comprometido con la ocupación y la defensa
de las "fronteras bíblicas", la realidad de la
resistencia, el aislamiento internacional y la desesperación
de la sociedad israelí han obligado al primer ministro a
efectuar una declaración de este tipo, ya tenga o no intención
real de cumplirla.
Sin embargo, existen buenas razones para el excepticismo, ya que
Israel nunca ha cumplido los compromisos que ha contraído
durante las sucesivas etapas del proceso de paz. Resulta claro que
Sharon pretende hacer pagar a los palestinos, y por ende a toda
la comunidad internacional, su retirada de Gaza con la anexión
de una parte de Cisjordania, donde se hallan instalados varios de
los grandes asentamientos judíos. En la actualidad, el Muro
del Apartheid ha supuesto ya la anexión de facto de un 10%
de Cisjordania a Israel. Los asentamientos y las carreteras que
los unen representan otro 12%. Esto significa que, según
el plan de Sharon, a los palestinos se les dejaría únicamente,
en el mejor de los casos, un 17,6% de la Palestina histórica,
donde podrían construir un estado sin soberanía, sin
control de sus fronteras, sin continuidad territorial y sin Jerusalén
como capital, por no mencionar el tema de los refugiados.
Naturalmente, estos objetivos de Sharon constituyen una abierta
violación del Plan de Hoja de Ruta, que EEUU impulsó
poco antes de la guerra de Iraq con el fin de engañar a los
gobiernos árabes para que atenuaran su oposición a
la invasión de dicho país. Este plan, sin embargo,
ha recibido ya la aprobación del Cuarteto -integrado por
la ONU, la Unión Europea y Rusia- y de gran número
de países. El hecho de que el primer ministro israelí
haya declarado abiertamente el pasado 28 de abril al Canal Dos de
la televisión israelí que el plan está "muerto"
es una clara muestra de que el propio Sharon mintió cuando
afirmó el pasado año que lo apoyaba. Esto no supone,
en realidad, ninguna novedad, porque la experiencia ha demostrado
que siempre hay una gran diferencia entre las declaraciones de Israel
y su conducta.
Los planes unilaterales de Sharon no son una receta para la solución
del conflicto palestino-israelí, sino para su perpetuación.
La comunidad internacional no puede permanecer impasible ante esta
nueva violación de Israel de sus compromisos, que vienen
establecidos en un plan de paz aprobado por la ONU y los demás
componentes del Cuarteto.
Cabe señalar, por último, que resulta patético
asistir al espectáculo de un gobierno, el norteamericano,
que acepta que otro país rechace, después de haberlo
suscrito, un plan elaborado por los propios EEUU y aprobado por
Naciones Unidas, y promueva, en su lugar, un plan unilateral que
no ha sido negociado con la otra parte ni sancionado por la comunidad
internacional. Todo ello es un reflejo del poder del lobby sionista
en EEUU, que tiene secuestrada en la actualidad la política
exterior de este país. Ningún político norteamericano
puede llegar a un cargo de representación importante sin
un previo acto de lealtad a Israel, tal y como acaba de hacer el
candidato John Kerry. En un reciente acto de recogida de fondos
para su campaña en Juno Beach, Florida, Kerry manifestó:
"Tengo un historial que demuestra que apoyo al 100%, no al
99% sino al 100%, la especial relación de amistad que tenemos
con Israel". Decenas de congresistas han recibido dinero de
las organizaciones que componen el lobby proisraelí y los
candidatos menos inclinados hacia Israel ven como dichas organizaciones
financian a sus competidores. En este contexto, resulta claro que
no puede pretenderse que EEUU juegue un papel equilibrado en el
conflicto palestino-israelí, ni siquiera al nivel elemental
de defender de forma coherente sus propias iniciativas cuando llega
el momento en que éstas son rechazadas con arrogancia por
Israel.
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