n refrán iraquí dice: “siéntate como
quieras, pero habla correcto”. Tras el bárbaro atentado
del once de marzo de 2004, condenado por todos, flotaron términos
pronunciados intencionadamente o con ignorancia del peligro que
encierra su utilización, tales como “terrorismo islámico”,
“terrorista islámico” o “islamita”,
los cuales resultan desconcertantes para la razón y sentido
de convivencia y civilización.
La palabra “Islam” significa en árabe, paz, obediencia
o sumisión y, en sentido religioso, quiere decir: la sumisión
a la voluntad de Allah, cumpliendo con sus preceptos y sus prohibiciones.
Así que el Islam es el nombre propio de la religión
musulmana ,y la persona que acepta con voluntad propia la soberanía
de Allah Único y se rinde completamente a Su voluntad es
conocido(a) como “muslim” o “musulmán(a)”.
Refresquemos la memoria y analizando la cruda historia del terrorismo,
no encontraremos jamás términos alusivos a ETA, como
“terrorismo cristiano”, “terrorista cristiano”,
“terrorismo español” o“cristianita”.
Tampoco se han escuchado o leído acerca del IRA, el pronunciamiento
con los calificativos de “terrorismo protestante”, “terrorista
protestante”, “terrorismo irlandés” o “protestantita”.
Pues bien, si no han utilizado estos vocablos en relación
con las actividades de ETA y el IRA, ¿por qué nos
dejamos dominar por un lenguaje que distorsiona la imagen del Islam?.
No son hirientes sólo para los que profesan el Islam, sino
también para las adecuadas relaciones entre la comunidad
islámica y el pueblo español, así como el resto
de la comunidad europea.
En esta misma línea conflictiva, nadie se ha atrevido a llamar
claramente al terrorismo de estado, por citar un ejemplo, que está
ejerciendo Sharon, “terrorismo hebreo” o “terrorista
judío”.
Para los que manchan la nítida faz del Islam con sus incoherentes
palabras, pólvora o ambas cosas, se les sugiere leer (Corán:
5/32): “Prescribimos a los hijos de Israel que quien matara
a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la
tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad”.
El Islam es la paz para todo el orbe, como reflejan varias aleyas
(Corán: 59/22): “Es Dios ... el Santo, la Paz ...”,
y en referencia a Jesús (Corán: 19/15) dice: “Paz
sobre él el día que nació, el día que
muera y el día que sea resucitado a la vida”.
Acaso no sepamos o hayamos olvidado que el Islam es la religión
que mayor crecimiento experimenta, según indican varios medios:
Timothy Kenny, "Elsewhere in the World", USA Today, Edición
Final, News Section, Febrero 17, 1989, p. 4A.: "Los musulmanes
son el grupo que más rápido crece en el mundo...";
Geraldine Baum, "For Love of Allah", Newsday, Edicion
de Nassau y Suffolk, Parte II, Marzo 7, 1989, p. 4: "....el
Islam es la religión de más rápido crecimiento
en el país."; Ari L. Goldman, "Mainstream Islam
Rapidly Embraced By Black Americans", New York Times, Late
City Final Edition, Febrero 21, 1989, p. 1.: “El Islam es
la religión de más rápido crecimiento en los
Estados Unidos...", (http://www.islam-guide.com/es/frm-ch1.htm).
Todavía no se ha encontrado una relación exacta de
los actos que pueden ser contenidos en la definición de actividades
terroristas, cometiendo la imprudencia de generalizarlas a episodios
de legítima resistencia, cuando algunos dirigentes políticos
lo llevan de forma sesgada a una religión, una nación
o un pueblo, lo cual es un criterio mezquino que sirve a los intereses
ideológicos del momento , siendo tarea nuestra eludir tal
tendencia que vicia la percepción de otra cultura, de la
que somos tributarios, que fertiliza el odio entre los pueblos,
y evita el entendimiento y la colaboración.
Semejante flaqueza de la sinrazón tiene una capacidad extraordinaria
para propagarse por la simplicidad de juicio y su generalidad. Como
dice un refrán marroquí “un pequeño pescado
podrido corrompe el capacho entero”.
Por analogía habría de condenarse a la familia en
la que uno de sus miembros resulta ser un asesino, haciendo expiar
la culpa a todos ellos en su nombre. El Corán (6/164) es
tajante en esta cuestión, como en otras, cuando dice: “Nadie
cargará con la carga ajena”.
Deberíamos cuidar nuestro lenguaje, porque ya sabemos que
“por la boca muere el pez”, y las tendenciosas informaciones
y maniobras política que nos hicieron engullir nos convirtieron
en fáciles presas de cualquier anzuelo.
Por citar otros ejemplos de una incorrecta utilización de
la terminología ya existente, los musulmanes no consideran
apropiados los apelativos de “mahometano”, “mahometismo”
o “mohammedanism” que se les ha aplicado en Europa,
en tanto que ellos no aplican “jesuitas” a todos los
cristianos, pero sí les designan como masiihyyun que proviene
de al-Masih “El Ungido”, citado éste en el Corán
nueve veces a los cristianos. (El Corán: 3/45, 4/157, 171,
5/17, 72, 75, 9/30 y 31).
Asimismo, rechazan los términos que con, sentido despectivo,
se utilizan especialmente hoy en día en el lenguaje coloquial
dentro del mundo hispánico, como “moro” o “turco”.
En la terminología moderna, frente al término mudéjar,
se emplea el término morisco “para designar a todos
los musulmanes españoles que, bajo coacción más
o menos severa, se vieron obligados a convertirse al cristianismo,
entre los años 1499 y 1526, y a sus descendientes, que permanecieron
en España hasta su expulsión de 1609-14”. La
palabra morisco procede del sustantivo moro, que era, en sentido
religioso, como sinónimo de “musulmán”,
tal como se reflejaba en la oposición “moros y cristianos”
o como exclamó tenazmente el morisco valenciano Alicax, relajado
por parte de la Inquisición: “moro soy y moro quiero
morir”. (Vid. Galmés de Fuentes, Álvaro: Los
moriscos, Madrid 1993, pp. 22-23).
Estos aspectos son menos dañinos que cuando los políticos,
la erudición o la investigación toman visiones cargadas
de tópicos negativos, porque la intolerancia se aviene malamente
con las tareas intelectivas.
Menéndez y Pelayo exclama con desprecio a los moriscos: “Peor
cien veces que los mahometanos declarados, con ser su culto rémora
de toda civilización, eran los falsos cristianos, los apóstatas
y renegados, malos súbditos además y perversos españoles,
enemigos domésticos, auxiliares natos de toda invasión
extranjera, raza inasimilable ....”. (Menéndez y Pelayo,
M.: Historia de los heterodoxos españoles, IV, Madrid: CSIC,
1947, p. 339).
Álvaro Galmés de Fuentes, después de creer
que es legítimo hablar de “sociedad occidental”
y otra “sociedad oriental”, aunque ésta, según
el Corán (C: 35/24), es una umma “comunidad”
islámica “ni oriental ni occidental”, analiza
con precisión las obras occidentales sobre el Islam y el
mundo árabe: “Pero, ocurre con frecuencia que el arabista
occidental transporta su modelo de sociedad, como una plantilla
o patrón, sobre la que superpone “sociedad oriental”,
y todo lo que no se corresponde es considerado como anómalo
o, en el mejor de los casos, simplemente como exótico. El
mayor reproche que puede hacerse a gran parte del arabismo occidental
es la tentativa de reproducir el universo ajeno desde los valores
implícitos occidentales, presuntamente considerados de carácter
universal. No hay que olvidar a este respecto, que, en su comienzo,
los arabistas europeos, por lo general, se constituyeron en una
especie de avanzadilla o cabeza de puente, cuando no en guerrilleros,
al servicio de las ambiciones coloniales de sus respectivos países;
y, en consecuencia, el mundo árabe y el Islam, especialmente,
son representados de acuerdo con ideas e imágenes preconcebidas,
que no pueden conectar, naturalmente, con la realidad. El resultado
es, pues, en muchos casos, una visión negativa. Del conjunto
de las obras occidentales sobre el Oriente emerge así una
visión cargada de tópicos negativos: barbarie, crueldad,
despotismo, marrullería, hábito de engañar
y de mentir, servilismo, sensualidad exacerbada, etc.”. (Vid.
Galmés de Fuentes, Álvaro: Los moriscos, Madrid 1993,
pp. 25-26).
El apriorismo, la tendenciosidad y la carencia de documentación
directa, actuando de forma más o menos combinada y predominante,
contribuyen con suma frecuencia a proporcionar imágenes y
trazar panoramas de esa compleja y diversificada realidad que muy
poco tienen que ver con la misma. Por ende, ni el Islam, ni los
árabes, ni el Oriente Medio están presentados y analizados
de manera correcta en los medios de información.
Sin duda, los medios informativos han recogido estas imágenes
preconcebidas en la memoria colectiva y hacen uso de las mismas
para dar traslado a la sociedad, de una forma considerada más
comprensible para el oyente medio de lo que suponen acontece, pues
la más de las veces los mensajes están mutilados de
la información más correcta y no se corresponden con
la realidad subyacente, algo difícil de conseguir cuando
se trabaja en un terreno de forma episódica y no se conocen
a fondo las peculiaridades de una cultura.
¡¿Que pensaría el lector si leyese que la Biblia
o la Constitución Española constituyen el terrorismo
cristiano?!. En la misma línea destructiva, encontramos abundantes
ejemplos, pero baste citar uno llamativo, el documental del periódico
El Mundo ( http://www.el-mundo.es/documentos/2004/03/espana/atentados11m/dic1.html),
el cual lleva el título TERRORISMO ISLÁMICO DE LA
A A LA Z”, ¡en el que cita el CORÁN Y LA LEY
ISLÁMICA al lado de otros 21 elementos que forman el TERRORISMO
ISLÁMICO, según su escritora Nuria Labari!. Y dejo
a los arabistas o investigadores que se jacten de semejante material.
Tras el desmembramiento del bloque comunista y de su aparato ideológico,
se ha de advertir del peligro, bien de instrumentalizar el Islam
como factor enemigo del discurso político que mantienen los
centros de poder y decisión mundiales, o bien de alejarlo
de las corrientes ideológicas que imperan. Hace unos diez
años, el celebre catedrático Martínez Montávez
advirtió del último fenómeno y dice: “hay
un tremendo peligro en todo este “tema”: creo que, intencionadamente,
muchos, tanto de dentro como de fuera, parecen totalmente decididos
a reducirlo al simple terreno de lo político. Resulta un
juego peligroso y trágico como pocos, y además, parcialmente
falseador del propio fenómeno en raíz”. (Véanse
Martínez Montávez, Pedro: Pensando en la historia
de los árabes, Madrid: CantArabia, 1995, p. 599).
Todo esto muestra la falta de voluntad o poco entendimiento hacia
el Islam. Introducir de nuevo elementos de clarificación
y racionalidad al tratar de conocerlo y analizarlo no es, por consiguiente,
sino urgente necesidad.
Lo cierto es que se ha de saber arrancar la potencia, eficacia y
vigencia de este sistema global de conducta, credo y regulación
social que se mantiene vivo desde hace quince siglos, y que éstos
acarrearon el inmenso número progresivo de creyentes que
lo abrazan y, que tarde o temprano dominará lo que corresponde
y merece.
Aunque no sólo se deba valorar el avance y el éxito
numéricamente, recordemos que los musulmanes eran “ciento
ochenta millones en el 8 de marzo de 1840”, según Thomas
Carlyle, es decir, hace 164 años. Actualmente superan los
1.200 millones de musulmanes.
Por ejemplo, mencionaremos tan sólo algunos de los más
imponentes y constitutivos factores: la vocación universalista
del Islam, su sólida visión integradora y global del
hombre, su sublime vocación pacífica y sosegada, su
formidable poder de movilización y convocatoria, su innegable
y poderosa dimensión espiritual, su múltiple capacidad
de acción, su fuerza de salvaguarda, su vigilante preocupación
por las existencias materiales inmediatas, su inmensa capacidad
civilizadora, y su propia y peculiar coherencia interna.
Estos campos están abiertos tanto al investigador como al
lector y son ricos y vastos para aquellos que respeten y consideren
“el otro” por igualdad, descubriendo con deleite el
conocimiento de los diversos episodios culturales alumbrados por
el Islam, y que contribuyen al enriquecimiento de muchas ciencias
humanas.
La cultura islámica es un océano inmenso, pero sólo
se la ve e interpreta en superficie. Sinceramente espero el día,
todavía yo vivo, en el cual se sumerjan en este océano
tolerantes y felizmente.
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