.REDACCIÓN
n los últimos meses la situación en Myanmar (Birmania)
parece haber cambiado tras el anuncio de algunos sectores del régimen
militar de que se va a proceder a una apertura política inmediata.
La comunidad internacional, por su parte, parece haber convertido
la liberación de la líder opositora Aung San Suu Kyi,
que encabeza la Liga Nacional por la Democracia (NLD), en un criterio
básico para enjuiciar la sinceridad de las promesas democratizadoras
de la Junta militar birmana y en una condición necesaria
para el levantamiento de las sanciones que pesan sobre el país.
Myanmar ha sido uno de los países objeto de mayores críticas
por las organizaciones pro derechos humanos desde que la Junta se
negara reconocer en 1990 la victoria en las elecciones de la NLD.
Aquellos comicios permitieron al pueblo birmano expresarse libremente
por primera vez desde que los militares tomaran el poder en 1962
y construyeran un extraño régimen basado en los principios
del socialismo, el budismo y el nacionalismo extremo. La NLD obtuvo
392 de los 485 escaños en las elecciones, mientras que el
Partido de la Unidad Nacional, apoyado por la Junta, consiguió
sólo 10.
Tras la anulación de los comicios, la Junta puso en marcha
una feroz represión contra la oposición, detuvo a
muchos de los líderes nacionales y regionales de la NLD y
decretó un arresto domiciliario contra Suu Kyi, que pasó
así gran parte de los años noventa recluida en su
residencia de Yangon (la antigua Rangún). Más tarde,
y gracias a las presiones de la ONU y algunos países occidentales,
la Junta concedió la libertad condicional a Suu Kyi, e intentó
establecer negociaciones con ella en varias ocasiones, aunque tales
intentos acabaron resultando infructuosos. 
Al mismo tiempo, la Administración Clinton impuso una serie
de sanciones contra el régimen birmano, como la prohibición,
establecida en 1997, de que las empresas norteamericanas realizaran
inversiones en Myanmar. Los miembros de la UE, por su parte, han
aprobado en los últimos años medidas para aislar y
presionar al gobierno de Yangon para que negociara con Suu Kyi y
el NLD. Asimismo, en la 60ª sesión de la Comisión
de Derechos Humanos de la ONU, celebrada este año en Ginebra,
el gobierno de Myanmar fue condenado por su sistemática violación
de los derechos humanos y la supresión de las libertades
políticas. En la actualidad, se calcula que existen unos
1.300 presos políticos en las cárceles birmanas.
Estas medidas tuvieron, sin embargo, un efecto limitado, debido
sobre todo al apoyo de China al régimen de Myanmar y a la
política conciliatoria seguida por sus vecinos, principalmente
Singapur, Malasia y, más recientemente, India. Por su parte,
Tailandia, que ha mantenido tradicionalmente una posición
de flexibilidad en sus relaciones con Myanmar, parece interesada
ahora en promover el proceso de apertura en su vecino. Un portavoz
del Ministerio de Exteriores tailandés declaró recientemente
que el país estaba trabajando estrechamente con la ONU para
impulsar dicho proceso. Tailandia ha promovido asimismo la creación
del llamado Foro de Bangkok, en el que participan los ministros
de Exteriores de Asia y Europa. El primero de los encuentros del
Foro tuvo lugar el pasado mes de diciembre.
No obstante, las esperanzas sobre el inicio de una reforma real
recibieron un duro golpe en mayo de 2003, cuando Suu Kyi, que había
emprendido una gira por diversas ciudades del país para recabar
apoyo para su fuerza política, fue colocada de nuevo en una
situación de arresto domiciliario después de que el
vehículo en que viajaba fuera atacado por una multitud de
seguidores del gobierno en el norte del país. Otros altos
del NLD continúan asimismo arrestados en diversas prisiones
de Myanmar.
La decisión del régimen de detener de nuevo a Suu
Kyi irritó a los países occidentales, que emprendieron
entonces una campaña de denuncias contra Yangon. Esto generó
un sentimiento de preocupación en el seno del régimen
que se tradujo finalmente en la dimisión del primer ministro,
general Than Shwe, considerado un "duro", y su relevo
por el teniente general Khin Nyunt, algo que fue interpretado de
una forma positiva por la mayoría de los observadores políticos
occidentales, ya que, a pesar de no ser un demócrata, Shwe
es más sensible que otros miembros de la Junta gobernante
a los requerimientos de la comunidad internacional.
Convención Nacional
Tal y como se esperaba, el nombramiento de Nyunt dio lugar a algunos
cambios. El pasado mes de agosto, el nuevo primer ministro anunció
un plan de reformas constitucionales y políticas que incluía
la creación de una Convención Nacional destinada a
aprobar una nueva Constitución, que consagraría teóricamente
un sistema de democracia pluralista. La Junta militar anunció
además que tal convención sería convocada el
17 de mayo en Yangon y nombró al teniente general Thein Sein
coordinador de este proyecto. Los militares comenzaron a trabajar
desde entonces para convencer a los grupos étnicos minoritarios,
como el de los karen, para que participaran en los trabajos de la
convención, a la que también fueron invitados otros
sectores sociales como académicos, militares y partidos políticos.
El NLD fue también invitado, aunque dicho partido afirmó
que no tomaría ninguna decisión acerca de su participación
hasta ver si su líder, Aung San Suu Kyi, era liberada de
su arresto domiciliario. Los países occidentales transmitieron
al régimen que sus proyectos de reforma carecería
de credibilidad si Suu Kyi era mantenida en la actual situación.
La propia Suu Kyi ha dado, por su parte, muestras de su confianza
en Nyunt. Una reciente delegación de la ONU, encabezada por
Razali Ismail, que tuvo la oportunidad de visitar en su propio domicilio
a la líder opositora manifestó que ésta estaba
preparada para trabajar junto con el primer ministro en un proceso
de reconciliación nacional. De hecho, Suu Kyi ha venido manteniendo
conversaciones políticas con altos cargos del régimen
en los pasados meses, en especial con el general Kyaw Win, jefe
de la Inteligencia militar.
Por su parte, el ministro de Relaciones Exteriores, Win Aung, ha
señalado que el arresto domiciliario impuesto a Suu Kyi sería
levantado antes de que la convención iniciara sus trabajos.
Aung también manifestó que el NLD podría funcionar
normalmente y reabrir sus oficinas.
Un historial de engaños y promesas rotas
El principal obstáculo para el éxito de estas reformas
reside, sin embargo, en la división que existe en la cúpula
militar birmana con respecto al tema de la apertura política.
Muchos militares, acostumbrados desde hace más de cuarenta
años a detentar un poder absoluto en el país, rechazan
los cambios políticos democráticos que supondrían,
a la postre, el fin de sus privilegios y una posible subida al poder
de los líderes de la oposición. Hay que recordar que
el régimen militar ya ha ofrecido en ocasiones anteriores
reformas similares, pero no ha cedido, sin embargo, hasta la fecha
parte alguna de su poder. En 1993, por ejemplo, el gobierno promovió
la creación de una convención nacional, que duró
tres años hasta que el NLD la abandonó como protesta
por la imposibilidad de discutir abiertamente algunos asuntos relativos
a la democratización del país. Los observadores de
la región consideran que los generales birmanos son maestros
en lo que se refiere a crear la sensación de que existe un
proceso político en marcha, cuando, de hecho, no está
ocurriendo nada.
Algunos diplomáticos han indicado también que el hecho
de que el anuncio de la reunión de la Convención en
mayo fuera realizado a través de la televisión birmana
sugiere que éste estaba dirigido a la propia población
de Myanmar, y no a la comunidad internacional.
Todas estas sospechas parecieron confirmarse tras el anuncio del
gobierno de Myanmar de que no iba a acudir a la reunión del
Foro de Bangkok, que tuvo lugar a finales de abril en Irlanda. Esta
decisión no sorprendió a Ted Buri, que encabeza un
grupo de parlamentarios birmanos en el exilio. "El Foro de
Bangkok estaba decidido a producir un cambio en Myanmar, pero el
gobierno de este país no tenía nada que ofrecer para
demostrar que su compromiso era real, por lo que no es extraño
que no haya acudido", declaró Buri, que fuera elegido
diputado en las elecciones de 1990, a la agencia Inter Press. "La
Junta de Myanmar tiene un largo historial de engaños y promesas
rotas". Buri considera que cualquier cambio real debe llevar
aparejada la inmediata liberación de Suu Kyi y demás
presos políticos, así como un levantamiento incondicional
de las restricciones que pesan sobre la actividad de los partidos.
La oposición birmana ha advertido también que la convocatoria
para que se reuniera la Convención Nacional el pasado 17
de mayo "no significa que el régimen esté dispuesto
a permitir una libertad de expresión o de maniobra a todos
los grupos invitados a ella". De hecho, algunos medios opositores
han denunciado que el régimen ha proseguido con sus esfuerzos
para marginar al NLD y a su líder, Suu Kyi, antes y después
de la celebración de la convención.
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