Dra. Gihane Mahmoud Amin
a problemática indígena sigue siendo uno de los temas
más críticos para América, pues el continente
no podrá emprender pasos firmes hacia un progreso verdadero
y una democracia real a menos que solucione la suerte de este gran
segmento de su población que sigue viviendo al margen del
desarrollo, tal y como sucede en Bolivia, Perú, Ecuador,
Guatemala y en México. En defensa de sus derechos, a principios
de siglo surge un movimiento pro indígena, que en México
se consolida a raíz de la Revolución de 1910 y es
reactivado durante la década de los treinta, bajo la presidencia
de Lázaro Cárdenas. Es lo que hoy conocemos por el
movimiento indigenista y en el que se inspira una ingente literatura
de la que forma parte la perteneciente al ciclo de Chiapas, motivo
final de nuestra investigación.
De indio se calificó con la llegada de Colón a las
personas naturales de las Indias, sin tener en cuenta ni sus peculiaridades
culturales ni sus diferencias étnicas. En cuanto al vocablo
indígena, se acuña su empleo a finales del siglo XIX:
“Parece como que en tal vocablo se hubiera recargado cierta
dosis de intención reivindicatoria y social, de que no estaba
libre la de indios. Con ser una sutileza casi verbalista, ella contiene
significado esencial”, pues tanto indianismo como indigenismo
son nociones ideológicas que tienen su origen en un estado
que es común a los indios de América. Pero la diferencia
entre ambos es sustancial, en cuanto que son reflejo del concepto
que social y políticamente se tiene del mismo.
"Indianismo" literalmente viene a designar una postura
estética, que se dio con el Romanticismo y el Modernismo.
Es una tendencia literaria bajo la cual (al menos en apariencia)
se da una visión simplificada, estereotipada y esquemática
del indio, quien en muchos casos se redujo a servir como elemento
decorativo de las novelas, mientras que el indigenismo es un término
más abarcador: es una formulación política,
antes de ser literaria y poética, de carácter reivindicativo.
El empleo del vocablo es relativamente reciente, se remonta a principios
del siglo XX y coincide con la evolución del realismo. Por
indigenismo entendemos esa corriente de pensamiento socio-político
cuyos orígenes coinciden con aquella ola de reivindicaciones
sociales y culturales que surgieron para combatir el positivismo,
el cientificismo y las tendencias europeizantes de entonces. Mas
a diferencia de éstos el indigenismo es un movimiento que
aspira a mejorar únicamente la situación del indígena,
elevar su nivel socioeconómico y cultural, e incorporarlo
a la nación a la que pertenece. De ahí que se haya
dado con mayor fuerza en los países con un peso considerable
de población india, y que en México haya adquirido
sus rasgos específicos a raíz de la Revolución
de 1910.
O quizás, dándole un significado más lato al
término, éste vale para designar cualquier tipo de
manifestación que se relacione de alguna manera con los indios.
Así vemos que las raíces y rebrotes del indigenismo
se remontan a tiempos tan lejanos como la llegada de los españoles.
Desde entonces, por el simple contacto o enfrentamiento con los
nativos, surgen actitudes que bien se podrían considerar
indigenistas, sin que aún se haya concebido un pensamiento
indigenista en el estricto sentido de la palabra. El indigenismo
es por consiguiente un término denominador cargado de infinitas
connotaciones y significados, que incluso a veces llegan a ser contradictorios.
Como doctrina literaria es un tema muy vasto que se podría
abarcar desde distintos ángulos, puesto que cada época,
escritor y novela encierran un concepto y una valoración
diferentes del indígena y de lo indio. Pero ni es nueva la
propuesta, ni dejará de tener vigencia hasta que se solucione
la suerte de ese sector de la población. En cuanto al indigenismo
mexicano, es a priori una literatura comprometida, que a su vez
quemará distintas etapas hasta llegar a lo que nosotros consideramos
su mejor manifestación: el ciclo de Chiapas.
Pero antes de seguir adelante, para los efectos de este trabajo,
es menester hacer unas cuantas precisiones conceptuales y aclarar
qué entendemos realmente por el vocablo indio y por el de
indigenismo. Porque términos aparentemente tan simples, en
realidad no sólo provocan malentendidos en el plano teórico,
sino además confusiones mayúsculas a la hora de definir
las mismas novelas indigenistas. En el presente capítulo,
primero aclararemos a quién consideramos indio, objeto de
la política indigenista. Luego, expondremos los distintos
significados que puede llegar a abarcar el indigenismo, de forma
somera lo estudiaremos como término lingüístico
y más profusamente nos explayaremos en analizar sus acepciones
política y literaria, que constituyen la parte medular de
nuestro tema de investigación. Esto no significa que las
definiciones propuestas las juzguemos como únicas, pero son
las que manejaremos a lo largo del presente trabajo.
DEFINICIÓN DEL INDIO Y LO INDIO
Es obvio que, desde el descubrimiento hasta la actualidad, la situación
del indígena ha descendido varios peldaños, pero sólo
es a principios del siglo XX cuando las ciencias sociales, particularmente
la antropología, la política y la literatura indigenistas
empiezan a preocuparse por la suerte de este sector de la población.
Y hubo que esperar hasta casi mediados de siglo, el 14 de abril
de 1940, para que se celebrara el Primer Congreso Indigenista Interamericano,
en Pátzcuaro (Michoacán, México). Ya por estas
fechas se venía demostrando un vivo interés por dar
a conocer la situación de los indígenas americanos
y por defender sus derechos. Con la recomendación LIX de
este Primer Congreso, aprobada el 24 de abril de 1940, se decide
que tanto en colegios como en institutos y universidades se dedique
un día al año, denominado el Día Interamericano
del Indio, al estudio de la cuestión indígena, según
criterios realistas y científicos. Así mismo se aconseja
adoptar el 19 de abril como Día Americano del Indio; en consecuencia,
se invita a los gobiernos americanos a participar en esta celebración.
Ello en conmemoración de la primera reunión de los
Delegados de ese Primer Congreso Indigenista Interamericano reunidos
en la Posada de Quiroga, en Pátzcuaro, lugar donde cuatro
siglos atrás don Vasco de Quiroga había fundado uno
de sus “pueblos-hospitales” para los indígenas.
Durante el II Congreso Indigenista Interamericano (1949) se reitera
dicha recomendación y se insiste en “que los actos
organizados en conmemoración del mencionado día no
sean formales ni espectaculares, sino que se traduzcan en medidas
prácticas, beneficiosas para los grupos indígenas
nacionales, en armonía con lo dispuesto en el punto 1 de
la Recomendación de Pátzcuaro, ya mencionada”.
El interés por los derechos del indígena y por mejorar
su situación es entonces un hecho evidente. Pero ¿quiénes
son los indios? O, más bien, ¿a quién se considera
objeto de la política indigenista? Los intentos por definir
el indio y lo indio han sido una preocupación constante,
mas éste sistemáticamente ha evadido todo tipo de
encasillamiento. Durante el periodo colonial, como indio -en contraposición
con europeo- se denominó a todos los nativos del Nuevo Mundo.
No obstante, antes de la llegada de los españoles “no
existían los indios sino grandes formaciones culturales que
incluso asombraron a aquellos, quienes para dominarlos en todos
los sentidos posibles, buscaron despojarlos de sus rasgos distintivos,
les destruyeron su cultura y les impusieron la suya, adjudicándoles
la denominación de indios, como distinto y opuesto a lo español,
y además inferior a él”. En el norte y noroeste
del actual Estado mexicano habitaban grupos nómadas dedicados
a la recolección y a la caza, mientras que, en el centro
y en el sur, se desarrollaron varias culturas que alcanzaron su
auge y esplendor, tales como la maya, la mixteca, la zapoteca, la
tarasca y la mexica.
Por consiguiente, hacemos nuestra la opinión del investigador
Francisco López-Bárcenas y consideramos que el uso
del término indio supuso la supresión de todo ese
abigarrado mosaico de diversidades, así como de las jerarquías
existentes en el mundo precolombino. Se eliminaron por consiguiente
las estratificaciones sociales y, dentro del nuevo orden colonial,
todo se igualó hacia abajo. La misma opinión mantiene
Guillermo Bonfil Batalla, quien afirma que “la categoría
de indio implica desde su origen una definición infamante:
denota una condición de inferioridad natural, inapelable,
porque en aquel clima ideológico lo “natural”
sólo podía ser entendido como designio inescrutable
de la providencia divina. El indio (cazán o maya, otomí
o azteca) era necesariamente inferior al europeo blanco y cristiano”.
De lo dicho, deducimos que desde el descubrimiento de América
la consideración de indio implicó un grado de inferioridad
que anuló cualquier tipo de derecho. Este emparejamiento
también se consiguió mediante la obligación
general a pagar el tributo, la imposición de la religión
católica, el trabajo forzoso bajo la encomienda y el repartimiento,
las tierras de resguardo, el peonaje, etc.
Con lo dicho, durante la época virreinal era fácil
reconocer lo indio en oposición con lo español. Incluso,
en 1559 el virrey Luis de Velasco afirmó que el virreinato
de Nueva España lo conformaban dos repúblicas: la
de los indios y la de los españoles. Y es que la sociedad
colonial se fundamentaba en un orden dual: colonizadores (los occidentales)
y colonizados (los indios). La misma división se mantiene
a lo largo del siglo XIX no obstante con la Independencia, los antiguos
sometidos (los criollos) pasan a ser los nuevos colonizadores; y
el colonialismo externo se trasforma en interno. Siempre claro está
en detrimento del indio, quien siguió constituyendo un grupo
social marginado y despreciado, al que además, en lo referente
a su carácter y a su psicología, se tachó de
ser hipócrita, desconfiado, pérfido, servil, mentiroso,
resignado, miedoso, flemático, etc. En 1811 el Consulado
de México califica al aborigen de ser: “Perezoso y
lánguido, estúpido por constitución, sin talento
inventor ni fuerza de pensamiento, borracho, carnal, insensible
a las verdades religiosas, sin discernimiento sobre los deberes
de la sociedad, con desamor para todos los prójimos".
En la actualidad, lo indio ha sufrido transformaciones trascendentales:
la presencia del elemento indio se ve no sólo en aquellos
grupos indígenas que viven aislados de la civilización,
sino que además se manifiesta de manera uniforme en casi
todas las capas de la sociedad, a través de rasgos culturales
y sociales de diferente naturaleza y que indiscutiblemente tienen
su origen en las civilizaciones precolombinas. Muchos indígenas,
sin embargo, asumen una identidad no india, pues las comunidades
indígenas de hoy que se vieron afectados en distintas formas
y grados por la evangelización y demás procedimientos
de integración y aculturación occidentales han “perdido
todo nexo con su pasado”. Tanto es así que, al hablar
a cualquier indio sobre las glorias de sus antepasados -sean incas,
mayas o aztecas-, “nos damos cuenta que lo único que
él sabe es que existen trazos y huellas de una civilización
que desapareció y que interesa mucho a los turistas. Los
indios de hoy no son sino sombras de los indios precolombinos que
desarrollaron civilizaciones magníficas que historiadores,
como Toynbee, han alabado”.
A pesar de lo dicho y de que somos conscientes de que en México
el indio puro ya no existe, juzgamos que sigue habiendo grupos que
racial y culturalmente se diferencian del resto de la población;
reflejo de una civilización que no se ha fusionado del todo
con la cultura dominante, pero que de ella ha asimilado en forma
sincrética ciertos valores, entre otros la religión
cristiana. ¿Son éstos a quienes se les tilda de “sucios”,
“flojos”, “tontos”, “ladrones”,
“perros”, “paganos”, “salvajes”,
y quienes despectivamente caben dentro de la etiqueta de “indios”
o peor aún de “inditos”, “bajados del cerro
a tamborazos”24, los que son objeto de la política
indigenista? Una de las cuestiones más debatidas en la actualidad
ha sido la de aclarar quién es el indio. Para definir el
indio y lo indio se partió desde perspectivas y criterios
muy variopintos: la biología, la lingüística,
la antropología social, la antropología aplicada,
la etnología, etc.
En Balún Canán la hija de Zoraida y del finquero César,
por ser aún una niña, da una descripción desprovista
de todo perjuicio: califica a las indígenas de ser “mujeres
de frente sumisa que dan el pecho a la boca ávida de los
recién nacidos; criaturas barrigonas y descalzas; ancianos
de tez amarillenta, desdentados”. Y de sus hombres dice que
son de triste rostro ausente, inexpresivo. Pero los demás
personajes, por lo general, suelen mantener criterios bastante negativos.
Y en la antigua capital de Chiapas, Ciudad Real, un indio está
siempre “visto por los caxlanes con la misma indiferencia
despectiva”; a pesar de que ellos mismos afirman que los indios
son “tímidos por naturaleza, reservados, y tienen un
ancestral respeto a los caxlanes”. Las citas que mencionamos
a continuación traslucen ese evidente racismo: “El
mejor indio, dice el refrán, es el indio muerto”. Así,
en “El advenimiento del águila”, el Secretario
Municipal considera que “los indios no son personas. No entienden
el cristiano. Agachan la cabeza para decir, sí, patrón,
sí, marchante, sí ajwalil. No se alzan ni cuando se
embolan”. Y en Balún Canán un gamonal afirma
que “los indios no merecen mejor trato que las bestias de
carga”.
Sobran los calificativos despectivos a la hora de referirse a los
mismos: el indio se llama a sí mismo kristanu que es una
distorsión de la palabra “cristiano”, mientras
que a los no indios los denomina ladinos, sean mestizos o blancos.
O incluso, por extensión, ladino o aladinado se dice del
indio que ha dejado de usar la indumentaria tradicional y se expresa
en castellano. “El vocablo actual nació por la deformación
del término ‘latino’. Esta voz se originó
durante el periodo de conquista espiritual de América y con
ella se denominaba corrientemente al lenguaraz aborigen que sabía
hablar en latín” (Alejandro Lanoël, “Introducción”
a Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias, Buenos
Aires, Losada, 1995, nota 33, p. 44). Al no indio, es decir al ladino
(sean mestizo o blanco) asimismo se le denomina caslán (también
se transcribe caxlán o kaxlan), que es una distorsión
de “castellano”. Según los indígenas,
los caslanes son extranjeros, personas advenedizas que no saben
“el idioma verdadero” (Hennig Siverts, “Ladino-indio”,
op. cit., p. 19).
Ambos términos, caxlán y ladino, aparecen en casi
todas las obras indigenistas. Por ejemplo, en Rosario Castellanos,
Oficio de tinieblas (México, Joaquín Mortiz, 1962)
la india tzotzil Catalina afirma que “un caxlán abusó
de ella” (cap. III, p. 29); y en Carlo Antonio Castro, Los
hombres verdaderos (Xalapa, Universidad Veracruzana, 1983), se afirma
que en “la cabecera estaban los ladinos, los kaxlanes”
(p. 56). Mientras que con el término coletos se designa a
los ladinos que habitan Ciudad Real, denominada actualmente San
Cristóbal de las Casas: “Así le llaman a la
gente de Ciudad Real. Pues le decía, cuántas maneras
tienen los coletos de hostilizarnos” (Rosario Castellanos,
“La rueda del hambriento”, Ciudad Real, pp. 103-136,
p. 111). Y a sus mujeres se las denomina las coletas: “Las
mujeres de Ciudad Real, las “coletas”, se deslizaban
con su paso menudo, reticente, de paloma, con los ojos bajos, las
mejillas arreboladas por la ruda caricia del cierzo” (Rosario
Castellanos, “La muerte del tigre”, ibid., pp. 103-136,
p. 20). No son las únicas maneras de designar a los ladinos,
hay comunidades que aluden a ellos como los vecinos, otros los llaman
coyomes: “... y darles muerte a los coyomes, es decir, a los
blancos” (Gregorio López y Fuentes, El indio, México,
Porrúa, 1991, primera parte, “Mestizaje”, p.
14), etc.
Por otro lado, el líder indígena en Oficio de tinieblas,
la palabra indio “se le había lanzado muchas veces
al rostro como un insulto”. Porque para el hombre blanco “no
hay peor daño que alguien trate a los indios como personas;
siempre los han considerado como animales de carga. O cuando llegan
a un exceso de humanitarismo, como esclavos”. Un gendarme,
en “La muerte del tigre”, considera que los indios son
unos “vagabundos andrajosos” que al andar en grupo sin
un capataz ladino inspiran desconfianza. A Zoraida también
le “molestan estos rostros oscuros e iguales y el rumor del
dialecto incomprensible”. Al igual que Zoraida, Liz, la esposa
del Pastor Williams, consideraba que las sirvientas indias “más
bien sirven de estorbo”, son “estúpidas, sucias,
tercas, hipócritas...” En cuanto a Isabel, la esposa
del hacendado Leonardo Cienfuentes en Oficio de tinieblas, condena
a los indios por su raza. “-¿Y por qué no iba
a morir? ¿Qué santo tenía cargado? Teresa no
es más que una india. Su hija era una india también”.
El hombre blanco y la sociedad mestiza desprecian al indio y lo
indio por razones culturales y económicas, además
de las raciales. Son perjuicios arraigados desde tiempos coloniales,
complejos de superioridad que se deben al simple -pero trascendental-
hecho de considerarse, por pertenecer a la cultura occidental, superior
a un indígena. En “Arthur Smith salva su alma”,
el botánico norteamericano, que trabajaba en el campamento
de Ah-tún en Chiapas, prefería alejarse de los indios:
“a los nativos los distinguía de sus compatriotas por
el olor (lana percudida ¿o qué era?). Y como ese olor
le era desagradable, procuraba mantenerse a distancia de ellos”.
Tampoco Héctor Villafuerte, el nuevo Secretario Municipal
de Tenejapa en “El advenimiento del águila”,
quería tratar con los indios, no quería tratar “con
ninguno, porque dice el dicho que el que entre lobos anda a aullar
le enseñan”. Salazar, el médico de la Misión
de Ayuda de los indios de Chiapas en “La rueda del hambriento”,
los odia porque son pobres, cree que “son abusivos, como todos
los indios, como todos los pobres”. De ellos así mismo
se dice que son tan ingratos, “tan hipócritas, y tan
solapados y tan falsos”, “apestan a suciedad y trago”.
Además se les tacha de pertenecer a una “raza de limosnero”,
“razas de ladrones”, de ser “ignorantes [...]
traza de víboras”, “pendejos”, “revestidos”,
“cortos de alcance", “capaces de traicionar al
mismo Judas”, cobardes, no saben matar más que a traición.
En otros términos, el indio es el paradigma de lo no civilizado.
Si esa es la opinión de los ladinos de San Cristóbal,
la Iglesia no mantiene mejores criterios (es deber recordar que
la narrativa indigenista se caracteriza por su tono anticlerical):
en “Arthur Smith salva su alma”, el predicador protestante
Arthur Smith, norteamericano que como misionero va al campamento
de Ah-tún en Chiapas, cree que va a predicar entre “tribus
de indios salvajes”, de “traje y costumbres exóticas”,
que “aguardaban el mensaje de luz y redención”.
Al igual que este predicador, Williams, un Pastor protestante del
campamento, mantiene un criterio paternalista y proteccionista hacia
ellos. Si Smith afirma que entre los indios no haencontrado más
que miseria, ignorancia, superstición, mugre y fanatismo,
el pastor Williams, a la vez que piensa que los indios “son
gente de buena índole, aunque cerrada de la cabeza”,
opina que con “los nativos nunca se sabe de qué manera
van a reaccionar ni qué es lo que urden en sus mentes primitivas
y salvajes”. Porque tienen “una memoria caprichosa.
Olvidan los favores (¡han recibido tan pocos y se los cobran
de tantas maneras!) mientras que un agravio se les convierte en
idea fija, de la cual se liberan únicamente por la venganza”.
Un familiar del Obispo,
sacerdote para más señas, no se corta en declarar
que de “cuando en cuando, era conveniente una sangría,
como la que se aplicaba en la Edad Media a los amenazados de congestión.
Pues bien, cuando los indios se lanzan unos contra otros, encuentran
una válvula de escape para ese odio irracional, ciego, demoníaco,
que les envenena el alma y que, de no hallar esa salida, estallaría
en una sublevación contra los blancos”.
Peor aún, los ladinos piensan que la atracción que
pueda ejercer un indio en el hombre blanco generalmente es reflejo
de los bajos instintos de éste. En Oficio de tinieblas, por
ejemplo, el finquero Leonardo Cienfuentes, a la vez que piensa que
“los indios son como animales”, es según la alcahueta
doña Mercedes, encubridora de sus lujurias, “un codicioso
de indias. Cierto que, como dicen, en la variedad está el
gusto. Y el que a diario come faisán bien apetece un plato
de frijoles de la olla. Pero una india... eso es como ir a josear
en una batea de puercos”.
En El callado dolor de los tzotziles, el amancebamiento de Clotilde,
una prostituta mestiza, con el indio José Damián no
podía responder más que a la “tendencia lasciva
de su degeneración, que se recreaba sometiéndose a
la voluntad de aquél en el que creía encontrar lo
más brutal y más bajo”. En cuanto al finquero
alemán don Adolfo Homel de Oficio de tinieblas, él
se había casado con una mujer zoque para someterla y “jamás
se arrepintió de un matrimonio tan desigual. Él había
necesitado una mujer dócil, sumisa y que viviera deslumbrada
por la superioridad de su marido”. Y ella nunca “intentó
equipararse a él y la barrera del idioma había puesto,
desde el principio, un límite real y tangible a su intimidad”.
Además, había “tenido el acierto de no legar
ni el color de su tez (oscuro, de india zoque), ni la rudeza de
su intelecto ni la ordinariez de sus costumbres, a sus descendientes”.
Definiciones aparentemente científicas, aunque poco convincentes,
encontramos en varios cuentos de El diosero, de Francisco Rojas
y González. Las dan unos antropólogos y etnólogos
que se dedicaron al estudio de varias comunidades indígenas:
son seres “primitivos”, según los antropólogos,
“retrasados”, según los etnólogos, y “prelógicos”,
en opinión de la freudiana psicoanalista del cuento “Nuestra
señora de Nequetejé”. Del aborigen pame, que
proviene “de aquel lugarejo -Nequetejé-, de aquella
aldehuela perdida en las rigurosidades de la Sierra Madre”,
asimismo se dice que es un bárbaro, racimo de complejos,
que “razona por simple análisis. Porque carece del
don de la síntesis, que es el patrimonio de las altas culturas”.
Y en “El cenzontle y la vereda”, a los levantiscos indios
chinantecos se les califica de “pequeñitos, reservados
y encantadoramente descorteses”, malagradecidos y pérfidos.
Estos ejemplos extraídos de las obras del ciclo de Chiapas
sirven para hacernos una idea de la visión que del indio
mantienen los coletos y los ladinos. Como paso siguiente expondremos
las definiciones que en su día se dieron del aborigen. Pero
antes, insistimos en que resulta muy difícil y comprometedor
dar una definición acertada y aceptada por todos del indio
y que además sea válida para todos los países,
por el simple hecho de que el mismo concepto “varía
en su contenido real en las diferentes regiones”. Partiendo
de esta realidad, Pedro Carrasco propone dos posibilidades: o se
reconoce que el indio es “una categoría peculiar de
ciertos sistemas sociales y se estudia objetivamente en cada uno
de ellos”, o bien cada investigador da una definición
del indio en función del problema que desea analizar; y que
por consiguiente sólo sea válida en términos
de esa investigación. Tanto los científicos sociales,
ya fueran antropólogos o indigenistas, como los mismos indios,
han intentado dar su propia definición del término,
basándose en criterios de índole biológica,
lingüística, cultural y/o social; a continuación
ofrecemos un breve recuento de las mismas:
Uno de los principales criterios para distinguir a los aborígenes
de quienes no lo son se sustenta en factores de tipo racial: “características
morfológicas y pigmentación; distribución geográfica
y antecedentes históricos”. Partiendo de esta puntualización,
a primera vista, puede parecer fácil reconocer a los indígenas
y dar una definición que se adecue a la situación
de los mismos, pero no es tan evidente. El hombre de la calle, para
reconocer a un indio cualquiera, se guía por lo que ve; es
decir, por la constitución biológica y la forma de
vestir. Pero son elementos secundarios e equívocos, si sólo
atendemos a criterios de carácter biológico constataríamos
que individuos que por su aspecto físico pasarían
por indios en El Salvador o en otros países de Centroamérica,
los mismos u otros que poseyesen las mismas características
serían considerados mestizos, en otros lugares. Resulta entonces
muy difícil marcar la línea divisoria donde acaba
lo “indio” y empieza lo “mestizo” (y donde
termina lo mestizo y comienza lo “aculturado”), no sólo
por el mero hecho de apoyarse en términos que hacen referencia
a una realidad étnica, sino por ser en sí mismos sumamente
versátiles, ya que cambian de referente según el lugar
geográfico en el que nos encontremos. Según Juan Comas,
un indigenista no necesita “determinar el grado de pureza
o de mestizaje con blancos, negros o amarillos que determinado grupo
aborigen posea, para decidir si queda incluido o excluido de sus
programas de mejoramiento”. Un enfoque basado exclusivamente
en criterios de carácter biológico, aparte de haber
sido tachado de racista, es obsoleto
y no se adecua a la realidad.
Si el criterio biológico resultó ser inoperante, el
lingüístico no tuvo mejor suerte. Al igual que aquél,
es ineficaz y reduccionista, puesto que excluye a indígenas
que considerados como tales, habían perdido el dominio de
su lengua materna. De forma retórica, Guillermo Bonfil Batalla
se pregunta “¿cuántos pueblos componen indio
del México actual?” A lo que inmediatamente él
mismo contesta: “tampoco a esta pregunta se le puede dar una
respuesta precisa”. Entre otros motivos, porque a pesar de
ser la lengua “uno de los rasgos culturales más importantes,
ya que identifica y da cohesión a los que la comparten”,
reconocer los pueblos indios a partir de su lengua materna, es insuficiente.
Ahora bien, el criterio lingüístico, con haber sido
considerado reduccionista, por su fácil manejo es el que
emplea el gobierno mexicano para contabilizar su población
indígena: Manuel Gamio afirma que “puede adaptarse
la [definición] lingüística para los fines prácticos
que persigue la nación, en tanto se cuenta con otra más
satisfactoria”.
A pesar de que en México no hay una definición jurídica
de la condición de indio. Los censos permiten hacerse una
idea aproximada, aunque de ninguna manera suficiente. Así
el de 1940 señala que la población indígena
alcanza casi 25 millones. Y el de “1980 arroja un total de
5 millones 181 mil 38, de los cuales 3 millones 699 mil 653 hablan
también español”. No obstante, se tiene datos
de indios que, por complejo de inferioridad, niegan tener como lengua
materna un idioma indígena. Añádase a ello,
en muchos casos, la labor de ciertas autoridades locales autoconsideradas
“progresistas”, deseosas de demostrar a toda costa que
en su pueblo ya no existen indios o que están disminuyendo,
aunque con ello se esté produciendo -en términos de
Guillermo Bonfil- un etnocidio estadístico.
Afirmamos entonces que más que falso resulta incompleto todo
intento de definir lo indio partiendo de un sólo criterio.
Lilian Scheffler admite que, además de la lengua, los grupos
indígenas deben conservar otros rasgos que les unan y les
diferencien de los demás: “Actualmente en México
se hablan más de 50 idiomas indígenas diferentes,
los grupos de hablantes de estos idiomas, además de tener
una lengua en común que los identifica y los caracteriza,
conservan su indumentaria particular, sus creencias, sus tradiciones
y su forma de ser, situación que les imprime una singularidad
y conforma al país como un colorido y variado mosaico cultural”.
También el antropólogo mexicano Alfonso Caso, a la
vez que reconoce que el criterio lingüístico es fundamental
para “saber si un hombre es o no indio, admite que el rasgo
más importante, aunque muy difícil de captar por su
naturaleza subjetiva, es la conciencia de pertenecer” a una
comunidad indígena: “El problema consiste en que hablar
una lengua indígena, con ser un dato importante, no permite
concluir que todos los hablantes y sólo los hablantes de
las lenguas aborígenes constituyan el total de la población
india. No es un problema de naturaleza lingüística,
aunque el idioma desempeñe un papel de gran importancia;
son elementos sociales y culturales los que determinan la pertenencia
a un pueblo específico, en este caso a un pueblo indio. Conviene
entonces intentar caracterizar al pueblo o grupo indígena
(grupo étnico), para después hacer la estimación
de cuántos indios hay en México”. Mejor fortuna
que los anteriores criterios corrió por consiguiente el cultural.
Pero ¿qué es una cultura? Ésta se ha definido
de distintas formas, dándole en ocasiones extremada limitación
y en otras demasiada extensión, lo que ha provocado problemas
al intentar hacer una clasificación cultural de un grupo
humano. Los etnógrafos, convencionalmente y para facilitar
la tarea, han dividido la cultura en dos clases: la espiritual y
la material. Robert Redfield, el primer investigador de campo que
estudió las culturas indígenas mexicanas, fue quien
manejó por primera vez un criterio estrictamente cultural.
Él, basándose en su teoría del “contínuum
folkurbano”, consideró que toda cultura indígena,
como cualquier sociedad folk, es: “pequeña, aislada,
analfabeta y homogénea; tiene un gran sentido de solidaridad
grupal y un sistema convencional y coherente en sus maneras de vivir
al que se llama "cultura". Las culturas precolombinas
abarcan así mismo un legado que incluye los instrumentos
que hacen posible la vida diaria: el idioma, la religión,
la comida, la vestimenta, la música, los valores del comportamiento
social, “la organización social: qué deberes
y derechos se tienen que observar entre los miembros de la familia,
en la comunidad, en el pueblo en su conjunto”. También
forman parte de la herencia cultural: la tierra, los recursos naturales,
las ceremonias, los sitios sagrados, el lugar dónde están
enterrados los muertos, etc. Son códigos culturales que se
resisten a desaparecer, señas de identidad que comparte una
comunidad y cuyos miembros consideran propias, que los diferencian
de otros grupos indígenas, sean mayas, tarahumaras, mixes,
tzotziles, tzeltales, tojolobales u otros, y que los distinguen
de la cultura occidental.
Los antropólogos culturalistas, sobre todo la corriente norteamericana,
ejercieron gran influencia en la definición que dieron del
indio indigenistas mexicanos de valía como Julio de la Fuente,
Manuel Gamio, Miguel Léon-Portilla y Juan Comas. Para De
la Fuente, el indio “no se define social, sino culturalmente”.
Para Gamio, el primer antropólogo profesional mexicano, lo
racial no es aceptable, “porque los métodos antropológicos
todavía no permiten distinguir al indígena puro del
mestizo. Como se opone a una definición que se atenga a criterios
únicamente lingüísticos, porque excluye a individuos
que “sin hablar una lengua indígena, siguen conservando
características propias de su raza y cultura”.
Para él, un indio es propiamente aquel quien, aparte de hablar
su lengua nativa, conserva en su naturaleza, en su forma de vida
y de pensar, numerosas características culturales de sus
antepasados precolombinos y muy pocos rasgos occidentales. León-Portilla
también se decide por una línea culturalista, al manifestar
que “en nuestro medio, cuando se pronuncia la palabra “indígena”,
fundamentalmente se piensa en el indígena prehispánico
y en sus descendientes contemporáneos” que menos fusión
cultural y étnica han experimentado con los demás
grupos que componen la sociedad. La misma línea de pensamiento
mantiene Juan Comas, para quien la definición del indio sólo
se puede plantear en el terreno estrictamente cultural: “para
el indigenismo son sujetos de su atención preferente, y aun
diríamos que exclusiva, aquellos grupos étnicos en
su casi totalidad de ambiente rural, que (con poco o mucho mestizaje
biológico) conservan suficientes características culturales
de tipo material o psíquico que exigen especial y peculiar
atención para lograr su mejoramiento para incorporarlos a
la vida normal”. Para los antropólogos culturalistas,
los indígenas son entonces aquellos individuos “quienes
poseen predominio de características de cultura material
y espiritual peculiares y distintas de las que hemos dado en denominar
“cultura occidental o europea”; podrían ser somáticamente
indígenas, podrán ser mestizos y aun individuos de
procedencia blanca (hay casos, aunque en reducido número)”.
Un paso más lo da Alfonso Caso, quien a pesar de decantarse
por una definición cultural tiene una visión mucho
más amplia de lo que es una cultura. Caso da una definición
que Comas estima muy aceptable: indio lo es “todo individuo
que se siente pertenecer a una comunidad indígena, que se
concibe asimismo como indígena, porque esta conciencia de
grupo no puede existir sino cuando se acepta totalmente la cultura
del grupo; cuando se tienen los mismos ideales éticos, estéticos,
sociales y políticos del grupo, cuando se participa de las
simpatías colectivas y se es de buen grado colaborador de
sus acciones y sus reacciones”.
Para Caso no importa tanto la proporción de rasgos precolombinos
que conserven los grupos indígenas como el mismo hecho de
que sus portadores se consideren a sí mismos indios y se
sientan integrantes de una comunidad indígena, ya que la
cultura no sólo incluye un legado, sino que también
abarca lo social: una forma de vivir aceptada por la comunidad.
Asimismo, valora que las limitaciones que sufren los actuales indígenas
se deben a su historia y a cuestiones de índole social posibles
de superar. Partiendo de una definición culturalista, Rodolfo
Stavenhagen valora que en la actualidad la población indígena
del continente suma aproximadamente 40 millone de personas. En cuanto
a México se refiere, Bonfil Batalla estima que los indígenas
representan aproximadamente el 10 al 12.5% de la población
mexicana, es decir entre 8 y 10 millones de habitantes; Juan Comas
calcula más, según él habría unos 12.400.000.
El debate sobre la definición del indígena llegó
a su clímax al mediar los años cuarenta, cuando cobró
fuerza una corriente de opinión a favor de una definición
funcional y práctica, aplicable a la realidad, que facilitara
el reconocimiento de quiénes serían sujetos de una
política indigenista. Así el Segundo Congreso Indigenista
Interamericano, celebrado en 1949 en Cuzco, Perú, en su sección
II, Antropología, resolución número 10, resuelve
que “el indio es el descendiente de los pueblos y naciones
precolombinas que tienen la misma conciencia social de su condición
humana, asimismo por propios y extraños, en su sistema de
trabajo, en su lenguaje y en su tradición, aunque estas hayan
sufrido modificaciones por contactos extraños. Lo indio es
la expresión de una conciencia social vinculada con los sistemas
de trabajo y la economía, con el idioma propio y con la tradición
nacional respectiva de los pueblos o naciones aborígenes”.
Paralelamente, desde finales de la primera Guerra Mundial varias
organizaciones internacionales empezaron a estudiar los derechos
de los indígenas, a los que consideraron grupos minoritarios
igualados, en ese aspecto, a la mujer, al niño, al emigrante,
etc. Sin tener presente que los derechos indígenas se fundamentan
en una distinción cultural e histórica, en relación
con los otros grupos de la nación. De las mismas, la OIT
(Organización Internacional del Trabajo) es la que más
se ha ocupado de defender sus derechos y, dada la materia de su
competencia, a partir de 1921 emprende estudios sobre las condiciones
de trabajo de los jornaleros indios.
Los antropólogos indigenistas también empezaron a
enfocar la realidad india desde una perspectiva socio-económica
y en ese contexto se propuso sustituir el término indio por
el de campesino. Así en México, con el fin de justificar
la política indigenista oficial, Manuel Gamio, además
de dar una definición cultural que hemos citado en líneas
anteriores, afirma que los indios, aunque no constituyan una clase
social, sí forman parte de una clase determinada: el campesinado.
Y es a este campesino que posee una fuerte carga histórica
y cultural, “al que hay que dar un tratamiento especial con
apoyo de la Antropología y demás Ciencias Sociales”.
Juan Comas, “teniendo en cuenta el carácter eminentemente
agrícola y rural de México y el elevado contingente
de sus habitantes que pueden considerarse culturalmente indígenas”
(más del 90% de la población indígena de México
es de carácter rural), usa como sinónimos los términos
rural e indígena, a sabiendas de que ello no se ajusta exactamente
a la realidad. Ricardo e Isabel Pozas con haber afirmado que “se
denomina indios o indígenas a los descendientes de los habitantes
nativos de América -a quienes los descubridores españoles,
por creer que habían llegado a las Indias, llamaron indios-
que conservan algunas características de sus antepasados
en virtud de las cuales se hallan situados económica y socialmente
en un plano de inferioridad frente al resto de la población,
y que, ordinariamente, se distinguen por hablar las lenguas de sus
antepasados, hecho que determina el que éstas también
sean llamadas lenguas indígenas”, añaden que,
“fundamentalmente, la calidad de indio la da el hecho de que
el sujeto así denominado es el hombre de más fácil
explotación dentro del sistema; lo demás, aunque también
distintivo […] es secundario”. La misma valoración
mantienen Alejandro D. Marroquín, para quien el indio es
aquel “individuo económica y socialmente débil”
que forma parte de una categoría socio-económica e
históricamente condicionada a partir de la Conquista y que
en la actualidad es víctima de intensa discriminación
racial, de opresión y de explotación, por parte de
los sectores sociales dominantes, y Dary Ribeiro, quien opina que
la indianidad es una forma de desajuste frente a la cultura Nacional.
Por esta vía tanto el indigenismo oficial de la década
de los cuarenta como las organizaciones internacionales estaban
incluyendo al indio en el sector más atrasado y explotado
del país: dentro del campesinado, equiparándolo, en
ese aspecto, al proletariado y a la clase obrera: al rechazar el
empleo del término “indio” y proponer en su lugar
el de “campesino” (vocablo menos científico pero
más funcional, que atañe el aspecto social y económico),
las distinciones étnicas pasan a ocupar “un lugar secundario
y lo indio se convierte en una categoría socio-económica”.
El elemento indio así visto se estaba convirtiendo en una
categoría supraétnica que no denotaba ningún
contenido característico de los grupos que abarcaba. No obstante,
sí marca la condición de colonizados con respecto
a los otros sectores del sistema del que forma parte, dentro del
país. La misma revolución mexicana, al hacer de “Tierra,
Libertad, Justicia y Ley” su lema, se convierte en un movimiento
esencialmente de carácter agrario, y el problema del indio
lo identifica única y exclusivamente con el de la tierra.
Sin embargo, la política indigenista mexicana, al tiempo
que admitía que la cuestión indígena era un
aspecto especial del problema campesino (que a su vez debía
ser tratado de forma particular), terminó por reconocer que
los grupos indígenas mexicanos eran integrantes de “minorías
nacionales”, con idiomas propios y tradiciones distintas a
los de la mayoría de la nación. Ballesteros Gaibrois
aporta una de las definiciones mejor aplicables a la realidad mexicana.
Según él, se llega a definir a una persona como india
partiendo de distintos enfoques: etnoculturales, psicológicos,
socioeconómicos y sanitarios. El indio es aquel individuo
que vive en comunidades, por lo general rurales, parcialmente incorporado
a la civilización, y que, a su vez, ha heredado una etnia
y una cultura distinta a la de la mayoría de los ciudadanos
mexicanos. Hoy, mestizado y aculturado, es consciente de su diversidad
con respecto a los que le rodean. Pero Ballesteros Gaibrois también
tiene muy presente que el problema del indio está estrechamente
unido al de la tierra: “Al tratar de reivindicar al indio,
el gobierno emanado de la Revolución mexicana consideró
al país como un Estado multirregional, formado por un sistema
de pueblos minoritarios, postergados y subyugados que podrían,
en un futuro, constituir unidades socioculturales con una relativa
autonomía. Se habló de regiones autónomas,
de autodeterminación y autogobierno del indio”.
Esta orientación dentro de la política indigenista
oficial alcanzó su apogeo durante el mandato de Lázaro
Cárdenas y es la que guió la narrativa indigenista
del ciclo de Chiapas. De ahí la importancia de la antropología:
el indigenismo exige “una base científica que únicamente
puede dar la Antropología, en el sentido amplio de dicha
palabra. El conocimiento de las características culturales
de todo grupo aborigen es el paso previo indispensable a cualquier
medida de administración y de gobierno que quiera adoptarse
en su favor”.
Llegados los años setenta se da un paso más. Ahora
son los mismos indios quienes, por medio de sus organizaciones políticas,
con el fin de enmendar los errores cometidos por la política
indigenista anterior, deciden aportar sus propias definiciones.
Ello en busca de “una identificación pan-india, opuesta
a Occidente, que se exprese a través de la indianidad”.
Así el Parlamento Indio Americano del Cono Sur, cuya definición
fue aprobada en 1974, declara: “Nosotros, como pueblo indio,
somos una personalidad con conciencia étnica, herederos y
ejecutores de los valores culturales de nuestros milenarios pueblos
de América, independientemente de nuestra condición
de ciudadanos de cada Estado”. En cuanto al Consejo Mundial
de Pueblos Indígenas, éste más que dar una
definición de lo indio, reclama derechos para los mismos.
Porque “el derecho a definir quien es persona indígena
se reserva a los pueblos indígenas. Bajo ninguna circunstancia
debemos permitir que unas definiciones artificiales tales como las
contenidas en la Ley sobre Indios del Canadá, Ley sobre Aborígenes
del Queesland de 1971, de Australia, etc., nos digan quiénes
somos”. Paralelamente, el Consejo Indio de América
del Sur (CISA), creado en 1980, proclama que “los pueblos
indios somos descendientes de los primeros pobladores de este Continente:
tenemos una historia común, una personalidad étnica
propia, una concepción cósmica de la vida y como herederos
de una cultura milenaria, al cabo de quinientos años de separación,
estamos nuevamente unidos para encabezar nuestra liberación
total del colonialismo occidental”. Desde varias décadas
atrás, los indios, por medio de representantes, empiezan
a aportar sus propias definiciones. Visto así probablemente
una política indiana, en el sentido de que sean los mismos
indios quienes decidan su futuro, esté cercana. |