.REDACCIÓN
ese a que Italia continúa formando parte del G-7 (las siete
naciones más industrializadas del mundo) y sigue siendo un
pilar fundamental de la Unión Europea, su peso político
y económico ha disminuido en los pasados años dentro
del contexto europeo por múltiples razones. En el plano político
internacional, la derrota de José María Aznar en las
elecciones generales del pasado 14 de marzo en España ha
contribuido al aislamiento del primer ministro italiano, Silvio
Berlusconi, en asuntos tales como el apoyo a la guerra de Iraq.
Esta debilidad es ahora aún mayor debido a los diversos juicios
a los que se enfrenta Berlusconi en los próximos meses. Este
preocupante desarrollo político ha venido acompañado
de una pobre actuación en el terreno económico. De
hecho, en el último trimestre de 2003 la economía
italiana permaneció estancada, mientras que el crecimiento
medio de la zona euro fue de un 0,6%.
Para este año 2004, se espera que el crecimiento económico
italiano sea del 0,8%, una cifra increíblemente baja si se
compara con el 1,3% de media de los países de la UE, con
el 1,2% de Francia, el 1,3% de Alemania, el 2,7% de España
o el 3,1% del Reino Unido.
Por otro lado, el déficit público continúa
siendo enorme, lo cual limita la capacidad del gobierno de Berlusconi
para cumplir su promesa de bajar los impuestos. Italia tiene la
mayor deuda de Europa, que equivale al 2,4% de su PIB, frente al
2,3% del pasado año.
Las grandes empresas industriales italianas no están pasando
tampoco por su mejor momento. Así por ejemplo, la emblemática
Fiat, la mayor compañía automovilística del
país, ha sufrido graves pérdidas en los pasados meses.
A esto hay que añadir que en las últimas semanas se
ha producido una ola de huelgas en Italia, siendo la más
importante de ellas la que tuvo lugar el 26 de marzo. Ese día,
varios centenares de miles de italianos tomaron las calles para
protestar contra los previstos recortes en el sistema de pensiones
y contra la política económica general del ejecutivo
de Berlusconi. Unos meses antes, el 24 de octubre, otra huelga general
paralizó por completo la actividad económica en todo
el país.
Reforma de las pensiones
Esta ola de huelgas tuvo efectivamente como principal finalidad
la de protestar contra el plan de reforma de las pensiones que el
gobierno italiano pretende poner en marcha en los próximos
meses. Según el actual sistema, los trabajadores italianos
pueden pedir el retiro tras haber trabajado 35 años, lo cual
hace que algunos de ellos puedan ya acceder a la jubilación
al alcanzar los 57 ó 58 años. Según la reforma
legal prevista por el gobierno, en un primer momento serán
ofrecidos diversos incentivos para que el trabajador continúe
en su puesto hasta alcanzar los 65 años o hasta que haya
trabajado durante, al menos, 40 años. Más tarde, hacia
2008, estas últimas medidas ya no serán voluntarias
sino que pasarán a convertirse en el modelo oficial establecido.
La mayoría de los observadores independientes señalan
que Italia necesita reformar su sistema de pensiones, que ya consume
el 15% de su PIB. La baja tasa de natalidad y la jubilación
temprana han llevado a un agotamiento de los recursos destinados
a este capítulo en los años recientes.
La respuesta inicial de Berlusconi a la ola de huelgas fue la de
reiterar su promesa de que bajaría los impuestos, en especial
a las clases más opulentas. Además, manifestó
que recortaría el número de días festivos.
Al final, y debido a las protestas, Berlusconi optó por cambiar
la fecha de los días festivos situándola al principio
o el fin de la semana, con lo cual se acababa con la figura de los
"puentes".
Otro problema al que debe hacer frente Italia es un rebrote de la
inflación, situada en el 2,5%, frente a la media europea,
que es del 2,1%. El gobierno italiano ha tratado de hacer recaer
la responsabilidad por este incremento inflacionario al euro. En
una reciente rueda de prensa, Berlusconi afirmó que la introducción
del euro había tenido "muchos efectos negativos "
para la economía de Italia, y muy especialmente tras su revalorización
frente al dólar. Se calcula que esta subida de los precios
ha sido producto, sobre todo, de un "redondeo de los precios",
que ha costado a cada hogar italiano alrededor de unos 2.800 euros
en los dos pasados años. La elevación del euro ha
perjudicado también notablemente a las exportaciones de Italia,
en especial a aquéllas que van dirigidas al mercado estadounidense.
En general, los expertos afirman que Italia se encuentra en la actualidad
en una mala posición para afrontar el reto de la ampliación
europea y señalan como obstáculos para el crecimiento
económico factores como el escaso número escaso de
grandes compañías italianas que puedan operar en el
extranjero, una regulación legal extensa y prolija, la falta
de inversiones en el campo tecnológico y un debilitamiento
de la competitividad de las empresas del país. Recientemente,
Francesco Giavazi, un profesor de economía de la Universidad
de Milán, indicó que la expansión vivida por
la economía italiana en las pasadas décadas no fue
consecuencia de una mejora de la productividad o de un crecimiento
del sector productivo de la economía, sino de un enorme gasto
público realizado en los años ochenta y de una devaluación
de la moneda italiana, la lira, en los noventa. En la actualidad,
señala Giavazi, ninguna de ambas opciones es ya posible debido
al Pacto de Estabilidad y Crecimiento de 1997, que los países
europeos han aceptado con el fin de defender la estabilidad del
euro y que establece un límite, fijado en el 3% del PIB,
para el déficit presupuestario. Esto ha hecho que los fallos
estructurales de la economía comiencen ahora a ponerse de
relieve.
Berlusconi, sin embargo, ha cuestionado públicamente las
estrictas reglas impuestas por el Pacto, que reducen sus opciones
de forma importante. Estas declaraciones, de corte indudablemente
populista, han sido vistas como un intento del primer ministro de
buscar apoyos para su partido en vísperas de las elecciones
europeas de junio. Las encuestas sugieren que el partido de Berlusconi,
Forza Italia, podría perder estas elecciones a manos de la
Coalición del Olivo, de centro izquierda, que está
liderada en la actualidad por el presidente de la Comisión
Europea, Romano Prodi.
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