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l pasado día 20 de mayo tuvieron lugar en Oriente Medio dos
incidentes que sirvieron para poner de nuevo de relieve la hipocresía
que existe en numerosos medios informativos y diplomáticos
en lo que respecta a la definición de conceptos fundamentales
en nuestro mundo de hoy, como son los de "terrorismo",
"violencia" o "legalidad internacional". Ese
día, un helicóptero israelí lanzó un
misil contra una multitud de palestinos que se manifestaba de forma
pacífica para protestar contra la demolición de viviendas
-un crimen contra la humanidad, según el Derecho Internacional-
que acababa de recibir entonces la bendición legal del Tribunal
Supremo israelí. A consecuencia del ataque, fallecieron diez
palestinos, de los cuales nueve eran menores de edad o niños.
Pocas horas más tarde, ese mismo día, aviones norteamericanos
bombardearon una concentración de iraquíes que celebraba
una boda, en una localidad cercana a la frontera con Siria. Este
ataque dejó un balance de 41 personas muertas, muchas de
ellas mujeres y niños. Durante varios días el Pentágono
sostuvo que los fallecidos eran guerrilleros, pero finalmente la
aparición de algunos videos demostró que se trataba
efectivamente de una boda.
Estos crímenes muestran que el ciclo de la violencia en Oriente
Medio tiene como principal causa la continuada agresión que
los pueblos de la zona continúan sufriendo a manos del eje
Washington-Tel Aviv. Dicho eje actúa con un total desprecio
hacia las normas internacionales de todo tipo, ya sean las humanitarias
o las que regulan las relaciones entre los estados.
En el caso de la Administración Bush, esto queda demostrado
por la continuación de la ocupación ilegal de Iraq,
la aprobación de nuevas sanciones contra Siria y las continuas
amenazas a Irán. Esta política, que está dirigida
claramente contra el mundo musulmán, no está, sin
embargo, dando los frutos que esperaba el grupo de los neoconservadores,
integrado por un reducido número de judíos pro Likud
que se ha instalado en posiciones de poder en la Oficina del vicepresidente
Cheney y en el Pentágono. Durante los meses de abril y mayo,
más de 200 soldados estadounidenses fallecieron en acciones
de la resistencia, que actúa ya ahora a lo largo y ancho
de Iraq. El escándalo de las torturas de Abu Graib y otras
prisiones de Iraq ha supuesto un golpe definitivo a cualquier atisbo
de credibilidad que el gobierno norteamericano pudiera conservar
en el mundo árabe y musulmán, y ha soliviantado aún
más al pueblo iraquí. A esto hay que añadir
que la comunidad internacional no está dispuesta a secundar
los intentos de Washington para instalar un régimen títere
en Iraq a partir del próximo 30 de junio.
Tras el estallido del escándalo de las torturas, el gobierno
de EEUU ha vuelto a relanzar sus esfuerzos para que sus ciudadanos
y militares queden exentos de un posible enjuiciamiento futuro por
crímenes de guerra o contra la humanidad ante el Tribunal
Penal Internacional. El rechazo de Washington a este Tribunal y
a la asunción por parte de la ONU de un papel relevante en
el diseño del futuro político de Iraq ha molestado
notablemente a los países europeos, ya que constituye una
clara prueba de la hostilidad de la Administración Bush hacia
las normas e instituciones internacionales.
El desprecio hacia el Derecho Internacional ha sido también
una característica permanente del Estado de Israel desde
su fundación en 1948. Como muestra del desafío israelí
hacia la comunidad internacional baste decir que el 21 de mayo,
un día después de la aprobación de forma casi
unánime -con la única excepción de EEUU, que
se abstuvo- por parte de los miembros Consejo de Seguridad de una
condena a Israel por sus ataques contra la población civil
palestina en Rafah y su demolición de viviendas, el gobierno
de Sharon extendió estos ataques a zonas de la ciudad en
las que el Ejército israelí no había actuado
en los días anteriores. Israel es el ejemplo más palpable
de estado que ha convertido al terrorismo en el pilar de su política
exterior, en especial en lo que se refiere al trato con los palestinos
y sus otros vecinos árabes. Si esto ha sido tolerado hasta
la actualidad por la comunidad internacional, ello es debido únicamente
a la influencia que el lobby sionista de EEUU, que está representado
principalmente por el AIPAC y otras organizaciones similares, ha
venido ejerciendo en la política norteamericana. La mayoría
de los analistas actuales son conscientes de que la auténtica
razón por la que se lanzó la guerra contra Iraq no
fue la de apoderarse del petróleo iraquí, sino la
de reforzar, mediante la neutralización de Iraq, la hegemonía
israelí en la zona de Oriente Medio y debilitar a la causa
palestina, con el fin de obligar al pueblo palestino a aceptar la
capitulación o la desaparición.
Así pues, el establecimiento de una paz duradera en Oriente
Medio pasa inevitablemente por la derrota de los planes sionistas
en Palestina e Iraq. La opinión pública internacional
ha de redoblar sus esfuerzos para que las tropas de EEUU abandonen
Iraq y sea establecido un gobierno representativo, legítimo
e independiente en ese país. En lo que se refiere a Palestina,
la paz pasa obligatoriamente por el reconocimiento de los derechos
inalienables del pueblo palestino.
Obviamente para que la paz triunfe en aquella zona debe ser derrotado
también cualquier tipo de terrorismo, y muy especialmente
el que practica el tándem Bush-Sharon, que es por sus características
y por los medios que emplea, el más letal que han de soportar
los pueblos de la zona y de todo el mundo.
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