Regresar a página principal



Regresar sumario 156

 
La reseña del mes
Las guerras de Blair

Las guerras de Blair
(Blair´s Wars de John Kampfner
)

Free Press, Simon & Schuster
Londres

E l pasado año, Tony Blair se convirtió en el primer ministro laborista que más tiempo lleva en el cargo en el Reino Unido. Blair obtuvo el liderazgo del Partido Laborista en 1994, cuando el Partido Conservador llevaba ya 15 años en el poder, gracias a su promesa de que modernizaría el partido -construyendo lo que se vendría a conocer más tarde como "el Nuevo Laborismo"- y abandonaría aquellas políticas que habían llevado a una gran parte del electorado inglés a dar la espalda a los laboristas en la década y media anterior.
Junto con algunos compañeros, como Peter Mandelson y Gordon Brown, que desempeñarían posteriormente cargos relevantes en su gobierno, Blair comenzó a transformar ideológicamente el Partido Laborista. Uno de sus objetivos fue el cambiar su imagen de partido pacifista y poco o nada dispuesto a ir a la guerra. Blair recordaba, sin duda, como, en los años ochenta, Margaret Thatcher explotó en su provecho la postura del Partido Laborista en favor del desarme nuclear unilateral, presentándola como un peligro para la propia existencia del Reino Unido.
Cuatro meses antes de las elecciones generales de abril de 1997, que llevaron al poder a Blair, éste último concedió una entrevista a un periodista, que le planteó la pregunta de si estaría dispuesto a ordenar un ataque nuclear, en caso de que fuera necesario: "Sí", contestó Blair. Al día siguiente, un periódico británico publicó en su primera página el titular: "Blair: Apretaré el botón".
En octubre de 1998, los atentados de Al Qaida contra las embajadas de EEUU en Nairobi y Dar es Salaam, combinados con el deseo de Bill Clinton de distraer la atención de la opinión pública norteamericana con respecto a su affaire sexual con la becaria Monica Lewinsky, llevaron al presidente estadounidense a ordenar un ataque contra Afganistán y contra la fábrica de productos farmacéuticos de Al Shifa, en Jartum (Sudán). Blair no dudó entonces en apoyar públicamente la decisión de Clinton de lanzar dichos ataques, pese a que luego se demostraría que Al Shifa no era una planta de producción de armas químicas, como pretendía Washington, sino una fábrica de productos farmacéuticos.
En diciembre de 1998, cuando Clinton hacía frente a una posible destitución por haber mentido supuestamente al Congreso con respecto al tema de su relación con Monica Lewinsky, el presidente estadounidense ordenó lanzar la llamada Operación Zorro del Desierto contra Iraq. En esta ocasión, Blair respaldó nuevamente el ataque de EEUU. Los bombardeos norteamericanos y británicos contra Bagdad y otras ciudades duraron tres días, con un total de 650 salidas de los aparatos. Un ministro del gobierno de Blair manifestó entonces que "el apoyo a los norteamericanos forma parte del ADN de Tony" (p. 33).
El 24 de marzo de 1999, aviones norteamericanos y británicos volvieron a entrar en acción, esta vez con el apoyo de la OTAN, contra Serbia, con el fin declarado de proteger a la población albanokosovar frente a la represión del régimen de Slobodan Milosevic. La intervención de la OTAN acabó convirtiendo, sin embargo, a Kosovo en un protectorado.
La campaña de bombardeos contra Serbia consagró un tipo de intervenciones militares denominadas "humanitarias", que conllevan una injerencia en los asuntos internos de otro país y, llegado el caso, operaciones militares en su contra, en el caso de que el gobierno de dicho estado cometa graves violaciones de los derechos humanos o trate de eliminar o expulsar de sus tierras a alguna de sus minorías. En mayo de 1999, Blair visitó el campo de refugiados albanokosovares en Stankovic, donde se dio un baño de mulitudes y reiteró su compromiso con el "principio de intervención humanitaria".
Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, Blair asumió el papel de embajador norteamericano en el mundo. El primer ministro británico realizó, por ejemplo, una gira por Oriente Medio para buscar el apoyo de los países árabes a la invasión de Afganistán.
Una vez que la operación afgana quedó completada, el presidente Bush y sus halcones dejaron claro que querían extender la guerra a Iraq. El secretario de Defensa adjunto de EEUU, Paul Wolfowitz, manifestó posteriormente que había abogado por un ataque contra Iraq, simplemente "porque podía realizarse". Blair, por su parte, reiteró a varios líderes árabes que necesitaría "pruebas extremadamente sólidas de la comisión de graves actos" para apoyar una continuación de las operaciones militares contra otro país (p. 132). Blair prometió además que presionaría a los norteamericanos para que empujaran hacia delante el proceso de paz de Oriente Medio.
La nueva doctrina Bush de ataques preventivos causó una profunda consternación y rechazo en el seno de la comunidad internacional. Blair, sin embargo, aceptó esta nueva política sin demasiado esfuerzo. "Blair no fue presionado para participar en la guerra contra Iraq. Dicha participación estaba en consonancia con su propia personalidad y creencias" (p. 173).Tony Blair con soldados británicos en la ciudad de Basora
Bastante tiempo atrás, los amigos de Israel en el Reino Unido habían visto en Blair a un político prometedor. En 1993, Blair, que entonces estaba a cargo de los temas de Interior en el Partido Laborista, fue invitado a Jerusalén, donde visitó diversos lugares y realizó un tour en helicóptero por la ciudad ocupada. La organización de este viaje corrió a cargo de un relevante personaje judío británico, Gideon Meir. Dos semanas después de que Blair regresara a Londres, Meir organizó una cena en su honor. Allí, futuro primer ministro conoció a Michael Levy, un empresario judío que iba a convertirse en uno de los principales financiadores del Partido Laborista. Levy consiguió fondos de la comunidad judía y un millón de libras del campeón de Fórmula Uno, Bernie Ecclestone, para el partido.
Levy se convirtió así en el puente entre la comunidad judía británica y el Nuevo Laborismo representado por Blair. Esto explica que cuando este último se convirtió en primer ministro, concediera a Levy un título nobiliario.
En febrero de 2002, Blair se vio obligado a reconocer que había confiado a Levy otra misión: la de ejercer como su enviado especial en Oriente Medio. "Levy visitó Oriente Medio en nueve ocasiones en 1999, superando así al propio Robin Cook, el ministro de Exteriores. Esto se explica por el hecho de que Blair confiaba más en Levy" (p. 175).
Blair también acudió a los encuentros del grupo denominado "Laboristas Amigos de Israel". En una de estas reuniones, Blair declaró: "Nunca traicionaré a Israel y nunca haré nada que le pueda perjudicar" (p. 176).
En la actualidad, un año después del inicio de la guerra de Iraq, la opinión pública británica ha perdido su confianza en Blair. Los británicos saben ya que las razones por las cuales su país fue empujado a la guerra contra Iraq eran falsas. La constatación de que las armas de destrucción masiva no existían ha dejado en evidencia a Blair y son muchos ya, dentro y fuera del partido, los que cuestionan su liderazgo.
Pese a todo, algunos representantes de la Administración Bush, especialmente el vicepresidente Dick Cheney, uno de los mayores halcones del actual gobierno norteamericano, ven a Blair y al Nuevo Laborismo con sospecha y desprecio. Como afirmó recientemente Robin Cook, que abandonó el gabinete de Blair en protesta por la guerra de Iraq, nada agradaría más a Cheney que deshacerse al mismo tiempo de Saddam y de Blair.