.REDACCIÓN
"icho en pocas palabras, la cultura de la violencia sádica
y perversa que continúa dominando el sistema penitenciario,
viola los estándares de decencia contemporáneos ".
Estas palabras del juez William Wayne no se refieren a la prisión
iraquí de Abu Graib, sino al sistema penitenciario de Texas,
y fueron pronunciadas en 1999, cuando el actual presidente, George
W. Bush, desempeñaba el cargo de gobernador de dicho estado.
En un reciente artículo de Alexandra Marks y Daniel Wood,
publicado en el diario norteamericano The Christian Science Monitor,
ambos se referían a los paralelismos entre la actual situación
en Iraq y la que reina en los centros penitenciarios de EEUU. El
diario señalaba que uno de los acusados de haber cometido
los abusos en Abu Graib, Charles Graner, fue un antiguo guardia
en una prisión de máxima seguridad de Pennsylvania.
Por su actuación en esta última, Graner fue objeto
de una acusación por presuntos abusos cometidos a internos,
pero no hubo pruebas para condenarle.
Kate Gotsch, coordinadora del proyecto nacional de prisiones de
la Unión Americana de Libertades Civiles, declaró
sobre este tema a la agencia Reuters: "Vemos ciertamente el
mismo tipo de cosas (que ocurrieron en Iraq) aquí en EEUU,
incluyendo agresiones sexuales y maltrato de presos, tanto hombres
como mujeres... Nuestra oficina ha estado ocupada en numerosos casos
en los que los presos han sido violados y humillados por los guardias".
En los pasados 25 años, la población penitenciaria
de EEUU se ha cuadruplicado y alcanza ya los 2,1 millones de personas,
que se hallan encerradas en 1.600 prisiones. Este crecimiento de
la población reclusa ha alimentado las tensiones entre guardianes
e internos. Ha creado también una mayor presión financiera
sobre el gobierno, que debe gastar ahora mucho más dinero
en mantener a más reclusos. Los recursos destinados a los
programas de rehabilitación, educación y actividades
recreativas se han reducido, lo cual significa que la vida en el
interior de los centros penitenciarios ha empeorado y que los presos
tienen ahora menos oportunidades para reinsertarse de forma efectiva
en la sociedad cuando salen de la cárcel. Existe también
un problema racial, ya que la mayoría de los reclusos son
personas de color, que viven en áreas predominantemente urbanas.
En la actualidad, un 5% de los varones adultos negros de EEUU se
hallan en prisión.
Todo ello ha llevado a una creciente deshumanización, que
constituye el caldo de cultivo para que se produzcan malos tratos
y abusos. Estos últimos se ven amparados también por
el código de silencio que existe entre los guardias de las
prisiones. Un miembro del Senado de California, Ricard Steffen,
declaró en este sentido al Christian Science Monitor que
"existe un código de silencio en las prisiones de California,
que corrompe a los guardias. Éstos no pueden dar parte de
los abusos que ven, puesto que si denuncian a compañeros,
los otros guardias les harán posteriormente el vacío".
Tolerancia hacia los abusos
Los abusos a presos se ven también favorecidos por la tolerancia
cómplice de los alcaides y otros responsables del sistema
penitenciario. El 28 de diciembre, por ejemplo, fue publicado un
artículo en Los Angeles Times, bajo el título de "
Despite State Promises, Reform Eludes Prisons" (Pese a las
promesas del Estado, la Reforma Elude las Prisiones), donde se desvelaba
que un tribunal federal norteamericano estaba investigando las alegaciones
de que un alto responsable del sistema de prisiones de California
y sus subordinados habían estado bloqueando una investigación
interna sobre los abusos y brutalidades cometidos por una serie
de guardias.
En Texas la situación es aún peor. Un caso célebre
fue el de Roderick Johnson, que fue encerrado en la prisión
de Alred, en Wichita Falls. Johnson denunció haber sido objeto
de repetidos abusos sexuales allí por parte de una banda
de reclusos. Él pidió entonces ayuda a diferentes
niveles de las autoridades penitenciarias, pero estas peticiones
fueron ignorados.
Según diferentes organizaciones pro derechos humanos, durante
el período (1995-1999) en que George W. Bush fue gobernador
de Texas se produjeron en dicho estado graves violaciones de los
derechos humanos de los presos. En septiembre de 1996, por ejemplo,
guardias de la prisión del condado de Brazoria llevaron a
cabo un registro para buscar drogas en las celdas de los reclusos,
que fue filmado con cámaras de video para que sirviera de
enseñanza a otros guardias. En el video se muestra a presos
arrastrándose por el suelo siguiendo las órdenes de
guardias que les encañonaban. Los guardias emplearon perros
y uno de los internos resultó mordido en una pierna.
En Nueva York se han producido también múltiples episodios
de abusos y maltratos contra presos. Uno de ellos, Abner Louima,
fue sodomizado en 1997 con una escobilla de retrete. Más
tarde, la escobilla, cubierta de sangre y heces, fue empleada para
golpearle el rostro y romperle los dientes. La policía de
Nueva York investigó este incidente, pero lo archivó
tras afirmar que Louima se había "autoinfligido"
los golpes. Algún tiempo después, un oficial de policía
se confesaría culpable del ataque sufrido por Louima.
En 1998, la organización pro derechos humanos Human Rights
Watch describió en un informe los abusos de las fuerzas de
seguridad y guardias de prisiones de EEUU y denunció las
deficiencias de los sistemas de control y la "tolerancia"
de los altos responsables de las prisiones y del sistema en general.
Según Human Rigths Watch, todos estos elementos han fortalecido
la creencia ya existente entre los guardias de diferentes prisiones
del país de que es posible cometer abusos y maltratos sin
el peligro de ser expulsado del trabajo o procesado por estos mismos
hechos.
El informe de Human Rights Watch también denunciaba la "repetida
práctica de torturas" por parte de la policía
de Chicago, que ha utilizado descargas eléctricas, aplicadas
en la cabeza y los genitales de algunos detenidos. Estas prácticas
fueron reconocidas por el propio Ayuntamiento de Chicago tras el
escándalo de torturas a Marcus Wiggins, un chico de 13 años
que fue capaz de suministrar a los policías de asuntos internos
de la ciudad pruebas suficientes de los abusos de que había
sido objeto.
En la prisión del condado de Cook, también en Chicago,
ha habido también denuncias que implican a miembros del Equipo
de Operaciones Especiales (SORT) en diversos abusos de tipo racial.
El 4 de febrero de 1999, miembros del SORT, acompañados de
perros policía, ordenaron a 400 presos salir de sus celdas
y arrasaron lo que encontraron en estas últimas. Más
tarde, obligaron a los presos a permanecer de cara a un muro con
las manos detrás de la cabeza. Quien trataba de desviar su
mirada de la pared era atacado con una porra de madera. Otros presos
fueron obligados a tumbarse en el suelo donde fueron golpeados.
Uno de estos presos manifestó que había sido apaleado
con bastones hasta que se orinó encima y sufrió convulsiones.
Los guardias impidieron también que los presos golpeados
pudieran recibir posteriormente una atención médica.
El informe de Human Rights Watch señala también, como
dato preocupante, que de las 10.129 denuncias de abusos contra los
derechos civiles y constitucionales de presos que fueron revisadas
por la División de Derechos Civiles del Departamento de Justicia
en el período que cubre el informe sólo 1 de cada
500 acabó en los tribunales. El documento señala incluso
que los oficiales de policía o guardias implicados en estos
abusos obtienen a menudo recompensas y distinciones, así
como "evaluaciones positivas y ascensos".
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