Dra. Gihane Mahmoud Amin
e trata de un vocablo moderno, reflejo de una toma de conciencia,
por parte de ciertos sectores de la población, de la inhumana
y humillante situación de los indígenas. Los indigenistas
son individuos no indios que a la vez que luchan por el reconocimiento
de los derechos sociales, económicos y políticos de
este colectivo, reivindican su identidad cultural y fomentan el
uso de las lenguas nativas. O, por lo menos, esto es lo que la mayoría
entendemos por indigenismo.
Cabe recordar que el indigenismo nació a principios del siglo
XX en contraposición a un arraigado movimiento racista que,
aunque de procedencia europea, no tardó en encontrar caldo
de cultivo en varios pensadores iberoamericanos. Claro que el racismo
había sido una ideología de fuerte raigambre: si bajo
la Colonia fue un argumento de uso común tanto para la Corona
y la Iglesia como para los colonos y encomenderos, con la República
fueron los criollos quienes se encargaron de someter al indio. A
mediados del siglo XIX esas evidentes actitudes discriminatorias
se concretaron en una pseudociencia científica desarrollada
bajo el auspicio de algunos gobiernos que fundaron centros de estudios
positivistas.
Luego, cuando a finales del siglo XIX se disiparon las ilusiones
positivistas, en el progreso indefinido, se vuelve a diagnosticar
que los males que padece el continente, considerado literalmente
un “pueblo enfermo”, se deben a la alta presencia de
poblaciones indígenas.
Al umbral del siglo XX la inferioridad de la raza cobriza seguía
siendo una teoría aceptada por casi todos los pensadores
de entonces: el ideal de Domingo Sarmiento, de José Ingenieros
y de otros intelectuales argentinos, a guisa de ejemplo, era el
de seguir los pasos marcados por los Estados Unidos de Norteamérica,
sociedad teóricamente fruto de la pureza racial. El escritor
Nicomedes Antelo también pensaba “que con la desaparición
de la raza india y la mestiza Bolivia se regeneraría”,
porque “el cerebro indígena y el cerebro mestizo eran
celularmente incapaces para concebir y entender la libertad republicana,
con los derechos y obligaciones que implicaba”. Acabar con
el elemento indio -afirmaba- era “una amputación que
duele, pero que cura la gangrena y salva de la muerte”.
Al igual que él, Gabriel René Moreno se pronunció
por la superioridad del blanco frente al mestizo o al cholo, y por
supuesto frente al indio. Tal actitud se percibe en otras obras,
herederas de las teorías de Le Bon y de Augusto Comte: además
de Conflicto y armonías de las razas en América (1883),
ensayo inconcluso de Domingo Faustino Sarmiento128, se puede ver
en Manual de patología política (1899), de Agustín
Álvarez, El continente enfermo (1899), de César Zumeta
o Enfermedades sociales (1905), de Manuel Ugarte, o incluso en Pueblo
enfermo (1909), del indigenista boliviano Alcides Arguedas. Los
escritos de José Ingenieros y los de Francisco García
Calderón tampoco pecan de tolerantes. A Carlos Octavio Bunge,
su exasperación positivista, en Nuestra América: Ensayo
de psicología social (1903), también “lo obnubila
hasta un dramático racismo”129. Del conjunto de la
obra de José narrativa indigenista, en Mauricio Magdaleno,
El resplandor (“Saturnino Herrera”, cap. 5, p. 267),
un burgués afirma que los indios son la desgracia de México,
a lo le contesta otro mexicano: -¡Si hubiéramos hecho
con los indios lo que los Estados Unidos, no estaríamos como
estamos!
Vasconcelos asimismo se nota cierto desprecio por el indio, cuya
cultura no incluye en su proyecto nacional. En su Raza cósmica:
misión de la raza iberoamericana (1925) afirma que México
no sería una nación mientras no se operase una fusión
entre los elementos raciales, étnicos y culturales, en una
nueva raza cósmica. Vasconcelos busca entonces “la
preterición de lo precolonial”, porque -según
él- la historia de México debe empezar con Cortés.
Los hispanoamericanos no tuvieron reparo en escribir obras derrotistas
sobre el continente, el racismo siguió siendo moneda corriente
en las obras de principio de siglo y se mantuvo hasta entrados los
años 20, cuando Enríquez López Albújar
publica Sobre la psicología del indio, ensayo en el que expone
70 rasgos negativos del indígena132. Los mismos escritores
indigenistas, pese al relativismo cultural sobre el que se basa
su pensamiento, por influencia de pensadores como Boas, Herskovits,
Redfield, Linton, incurrieron, de algún modo u otro, en ese
mismo error; desde González Prada, el primero en poner en
tela de juicio las teorías racistas de su época, hasta
el mismo Alcides Arguedas, escritor determinista de clara tendencia
positivista que preferería sustituir al indio por el mestizo,
porque consideraba que la inferioridad
del indígena era congénita.
El indigenismo como aparato ideológico del Estado
y sus metas
Sobra recordar que el indigenismo surgió a principios del
siglo XX para defender los derechos de los indígenas, tanto
individuales como colectivos, pero a su vez encalló en otra
clase de occidentalismo, que podría considerarse de izquierda;
porque el movimiento desde sus comienzos nació como parte
intrínseca de la teoría de las razas y no como algo
ajeno a ella. Y como bien afirma Catherine Saintoul, en lugar de
combatir esa corriente, la aprovechó a la hora de estructurar
una teoría del mestizaje, para defender “una nueva
raza que se define en oposición a la blanca”.
De ahí que no sea de extrañar que reaparezcan, aunque
ocultos bajo propuestas favorables a los indios, los mismos discursos
racistas que el indigenismo en un principio se propuso atacar. En
el fondo, lo único que distinguía el indigenismo oficial
de la corriente occidentalista probablemente fuera aquel diminuto
hueco que le encontraron a la cultura aborigen dentro del proyecto
nacional; éste de clara ideología blanca, cristiana
y occidental. Al indio tan sólo le tocó añadir
ese color local o aquel rasgo exótico, toque sin el cual
la identidad iberoamericana quedaría borrosa. En otros términos,
ni los cientificistas ni los indigenistas, hasta fechas recientes,
pudieron ver al indio desde una óptica que no fuese la occidental;
desde otra alternativa que no fuese la de la integración
en la cultura dominante.
Dicho de otro modo, la política indigenista, nacida en los
años cuarenta en su teoría y su praxis, hasta finales
de los años setenta consideró responsabilidad de los
blancos fueran asociaciones gubernamentales o privadas, frenar las
injusticias cometidas contra las comunidades indias, y mejorar el
nivel de vida de las mismas, para poder integrarlas en la sociedad.
Alfonso Caso resume la meta de la política indigenista oficial
en los términos siguientes: “lograr que la acción
de los gobiernos lleve al indígena los instrumentos adecuados
de cultura (lenguaje, conocimientos agrícolas, forestales,
higiénicos y médicos), así como los medios
económicos necesarios para poder salir de su miseria material
y de su oscuridad espiritual, es lo que debemos proponernos todos
para reparar una injusticia secular y para obtener, lo antes posible,
la integración espiritual de México”. A otro
nivel, el movimiento indigenista oficial no debe ser considerado
de carácter idealista, ya en 1953 Juan Comas, en un artículo
publicado en la revista América Indígena (órgano
del Instituto Interamericano, que a su vez funciona como portavoz
del movimiento), sostiene que éste tiene unos fines predeterminados
y que su meta era y sigue siendo la de alcanzar la integración
del indio en la cultura nacional y su mejoramiento.
Con lo dicho y a pesar de los evidentes avances en este terreno
y de que, en la actualidad, en casi todos los países de Iberoamérica
existe una serie de organismos especializados que se ocupan de la
investigación antropológica y del asesoramiento de
sus Gobiernos en este campo, la problemática india está
aún lejos de solucionarse.
Y aunque México, como reconoce Antonio Sacoto, se distingue
de otros países iberoamericanos por buscar salida a la cuestión,
al mantener el movimiento oficial una política de tutelaje
o de subordinación, alentó actitudes anti-indigenistas.
De ahí que pensadores del calibre de Carlos Fuentes hayan
expresado su oposición a la política indigenista proclamada
por el gobierno, esencialmente por pretender la integración
del indio al modo de vida occidental, expropiándole, de esta
forma, sus valores culturales y humanos. Las teorías indigenistas
han fracasado por su visión unilateral: todo se enfocó
desde un solo punto de vista y éste siempre ha sido (y sigue
siendo) según criterios occidentales. La panacea para solucionar
todos los problemas del indio, se buscó en su incorporación
a la cultura occidental. Primero se supeditó su mejora a
la educación: el “verdadero problema es educar a los
indios” y enseñarles la lengua castellana. Luego, se
presupuso que solucionando el problema agrario, que es el económico,
automáticamente se estaba facilitando al indio la posibilidad
de asistir a la escuela, el saneamiento de su ambiente y otras mejoras.
Esta ha sido la postura del indigenismo oficial, la que sin mayor
cuestionamiento prevaleció hasta los años setenta,
década durante la cual el indigenismo estaba atravesando
por una fase crítica, en la que se revisaron y cuestionaron
las teorías indigenistas vigentes, aparte de sus logros y
fracasos en la práctica. Justamente por su política
integracionista, el indigenismo oficial empezó a ser duramente
atacado en los Congresos Internacionales, tanto por parte de los
americanistas e indigenistas no oficiales como por parte de los
mismos indios. En primera instancia, ya no se admite que las culturas
indígenas sean consideradas un obstáculo para el desarrollo,
ni que sean incompatibles con la modernidad. Desde entonces predomina
un enfoque que Stavenhagen denomina etnodesarrollista, por medio
del cual se reconoce que “las culturas indígenas en
sus múltiples manifestaciones, constituyen la base misma
de la identidad y solidaridad de los pueblos indígenas, y
representan el marco social dentro del cual se pueden desenvolver
las potencialidades humanas de todos los individuos pertenecientes
a dichas culturas”.
Todo empezó con la publicación de dos obras en las
que se tildó de etnocida la acción indigenista integracionista
del gobierno: La paix blanche (1970), del antropólogo francés
Robert Jaulin, y De eso que llaman Antropología mexicana
(1970), en la que colaboraron Arturo Warman, Guillermo Bonfil, Enrique
Valencia, Margarita Nolasco y Mercedes Olivera, entre otros. Paralelamente
por esos años, hacia 1968, en las sesiones del Congreso Internacional
de Americanistas arrecian las críticas contra más
de un gobierno latinoamericano; particularmente contra el colombiano
y el brasileño, quienes estando al tanto de las matanzas
de indios que ocurrían en sus respectivos países,
las consentían e incluso las propiciaban.
Al año siguiente de la publicación de las dos obras
arriba citdas, el Consejo Ecuménico de las Iglesias organizó
en Barbados, Bridgetown, el primer encuentro latinoamericano de
dirigentes indianistas, patrocinado por indigenistas de la talla
de Guillermo Bonfil Batalla, Darcy Ribeiro, Stéfano Varese,
entre otros. Esta joven generación, portavoz del indigenismo
no oficial, tomó la palabra para delatar los excesos y maquillajes
del indigenismo oficial, llegando incluso a negar “validez
teórica y eficacia práctica a todo movimiento indigenista”.
En calidad de antropólogos así mismo reclamaron una
reorientación del movimiento, para que dejara de ser un sistema
colonial, a la vez que exigieron una mayor libertad económica
y política para las comunidades indígenas, para que
sean ellos mismos quienes decidan su futuro. La Declaración
de Barbados también dirigió su crítica contra
las misiones religiosas, tanto las católicas como las protestantes:
“lo mejor para las poblaciones indígenas, y también
para preservar la integridad moral de las propias iglesias, es poner
fin a toda actividad misionera”. Y contra la misma antropología,
que desde sus inicios había servido como instrumento de dominación
y colonización, alegando que ya era hora de que ésta
aportase “a los pueblos colonizados todos los conocimientos
tanto acerca de ellos mismos como de la sociedad que los oprime,
a fin de colaborar con su lucha de liberación”.
A tenor de lo dicho, hasta la década de los setenta la política
indigenista oficial no se distinguía en lo esencial de los
planteamientos paternalistas del siglo anterior. Más si,
con el simposio de Barbados I, los antropólogos reconocen
que ya era hora de que los mismos indios, los únicos capacitados
para decidir su futuro, lo hagan, con la Declaración de Barbados
II (julio de 1977) la posición de los grupos indígenas
es aún más radical. Ésta sólo se dirige
a los indígenas y a sus dirigentes que asistieron al simposio
(18 indios y 17 antropólogos): “nosotros, los indígenas,
poseemos y realizamos nuestro propio proyecto de liberación”.
Paralelamente le exige al Estado la obligación de “garantizar
a todas las poblaciones indígenas el derecho de ser y permanecer
ellas mismas, viviendo según sus costumbres y desarrollando
su propia cultura por el hecho de constituir entidades étnicas
específicas”, aparte de proporcionar “a cada
una de las poblaciones indígenas la propiedad de su territorio,
registrándolas debidamente, y en forma de propiedad colectiva,
continua, inalienable y suficientemente extensa”, puesto que
las comunidades indígenas “tienen derechos anteriores
a toda sociedad nacional”. El Estado a su vez debe “reconocer
el derecho de las entidades indígenas a organizarse y regirse
según su propia especificidad cultural”, como tiene
la responsabilidad de facilitar a todas las etnias “la misma
asistencia económica, social y sanitaria que al resto de
la población”, defenderlas de la explotación
y responsabilizarse de los contratos. Y por último tiene
que “definir la autoridad pública nacional específica
que tendrá a su cargo las relaciones con las entidades étnicas”.
Con el tiempo, por los resultados poco satisfactorios de la política
indigenista y por las duras críticas recibidas, los conceptos
tuvieron que ampliarse y se empezó a buscar soluciones a
la cuestión india ya no sólo en su conjunto, sino
como una totalidad que va más allá de las fronteras
nacionales, que encontraba semejanzas y diferencias en otros países,
en los que también se toman medidas y se aprovechan las experiencias.
Así nace la Resolución Nº 4 del IX Congreso Indigenista
Interamericano celebrado en los Estados Unidos de Norteamérica
en 1984, que resuelve a favor de una nueva concepción del
indigenismo, que reemplace “los postulados integracionistas
por una política de respeto y desarrollo autónomo
que se inicie y se impulse a partir de los valores, objetivos y
aspiraciones de las poblaciones indígenas con el objeto de
lograr la igualdad en medio de la diversidad”149. Y por medio
de la resolución Nº 8 se decide “encomendar al
Instituto Indigenista Interamericano el estudio de las formas de
participación indígena en los futuros Congresos Indigenistas
Interamericanos, así como en todas las acciones y actividades
que realice el Instituto con los países miembros”.
Lo cierto es que la Declaración de Barbados apresuró
“la crisis del indigenismo político, que había
hecho ya bastante agua por su incapacidad para arbitrar soluciones
reales, incluso dentro de su propia perspectiva”. Aunque Catherine
Saintoul no ve este cambio como un fracaso, más bien considera
que como todo ciclo, una vez cumplido, evoluciona hacia otro y exige
nuevas metas. Pues ya era hora de que los indigenistas cedieran
la palabra al indio, así como la antropología aplicada
debe ser remplazada por la antropología social de apoyo,
cuyas bases habían sido expuestas por Adolfo Colombres.
A otro nivel, la repercusión del indigenismo como movimiento
político ha influido positivamente en los mismos afectados,
quienes fundaron organizaciones indianistas con “un proyecto
civilizador distinto del occidental, caracterizado por el capitalismo
a ultranza, el desarrollismo y el consumismo hasta su extremo más
alto, la degradación contaminante del medio ambiente, etc.
Ese proyecto civilizador no sólo es compartido por la mayoría
de las organizaciones indias, sino que coincide, parcialmente al
menos, con muchos de los movimientos críticos de la propia
civilización occidental, tales como los de los ecologistas,
anarquistas y radicales en general”. Todas éstas coinciden
en reivindicar el reconocimiento de las lenguas indígenas
y el establecimiento de una educación bilingüe y bicultural.
A su vez, mantienen contactos con otros movimientos norteamericanos
y europeos, desde el ecologismo al New Age. Rechazan el cristianismo,
tanto el católico como el protestante, ya que pretenden recuperar
los cultos ancestrales, para que el indio vuelva a entrar en contacto
con la Madre Tierra y las fuerzas cósmicas. Así mismo
se proponen resaltar los valores de las culturas indígenas,
que deben servir de base para una convivencia distinta de la que
proponen las culturas nacionales. Como reclaman la atribución
de un territorio a cada pueblo indígena, en el que se gozaría
de autonomía administrativa y política.
En este terreno, México había presenciado el surgimiento
de varias organizaciones indígenas desde mucho tiempo atrás:
entre las más importantes figuraron la Confederación
de Jóvenes Indígenas de México, que celebró
diversos Congresos Indígenas Regionales, entre los cuales
destacaron, por su importancia y continuidad, los cuatro Congresos
de Indígenas Tarahumaras efectuados en 1939, 1944, 1945 y
1950; el Consejo de Lenguas Indígenas, con sede en México,
en 1940; el Instituto de Alfabetización en Lenguas Indígenas
(1945), que editó varias cartillas bilingües para que
los indios aprendieran el castellano a través de su lengua
materna; etc.
Por otro lado, como lo afirma Guillermo Bonfil Batalla en un artículo
presentado en el simposio de Barbados II, la movilización
política de las poblaciones indígenas se vio incrementada
de forma notable entre 1971 y 1977. En 1975 se había celebrado
el Consejo Nacional de Pueblos Indígenas (CMPI), en el que
estuvieron presentes representantes indios de distintas etnias y
procedentes de varios países americanos. En este terreno,
la Alianza Nacional de Profesionales Indígenas Bilingües
también realiza importantes reuniones, con el fin de coordinar
las demandas y programas de acción de los grupos étnicos,
tales como el primer y el segundo Congresos Nacionales Indígenas
de Chiapas y otros eventos.
En 1977, en Panamá, se lleva a cabo el I Congreso Internacional
Indígena de América Central (del 24 al 28 de enero),
en el que estuvieron representados los países de Centroamérica
y México; a raíz de lo cual se funda el Congreso Regional
de Pueblos Indígenas de América Central (COPRI). Aún
hay más, en 1980 nace otra organización de importancia:
El Consejo Indio de América del Sur y el Congreso de Movimientos
Indios de América del Sur. En el mismo año, entre
febrero y marzo, tiene lugar el I Congreso de Movimientos Indios
de América del Sur, en Ollantaytambo (Cuzco, Perú).
Durante la década de los noventa los participantes en la
Segunda Cumbre Indígena, celebrada en Oaxtepec (México),
exigieron que se garantizara la plena participación de las
poblaciones indígenas en las cuestiones que atañen
a sus vidas y destinos, y que la facultad de tomar decisiones recayera
en la ONU. Así mismo, se reiteró la necesidad de velar
por que se reconozca la existenciade poblaciones indígenas
y se garanticen sus derechos inalienables en todas las constituciones
de los Estados en que viven”. A la par, surgían diversas
organizaciones, federaciones, confederaciones y coordinaciones de
federaciones indias, cuyos portavoces se movilizaban en grupos locales,
nacionales e incluso intentaban sumar esfuerzos para conseguir sus
demandas y reivindicaciones. Muchas de estas organizaciones efectivamente
se han trasformado en partidos políticos, no obstante suelen
evitar inscribir sus luchas dentro de la esfera de las instituciones
políticas nacionales. Prefieren más bien negociar
directamente con los gobiernos, saltándose las asambleas
parlamentarias.
En el ámbito internacional, en 1977 (del 20 al 23 de septiembre)
el Comité de Derechos Humanos de las Organizaciones No Gubernamentales
(ONG) organizó en Ginebra, en el Palacio de las Naciones,
la reunión de la Conferencia Internacional de Organizaciones
no gubernamentales sobre la discriminación contra las poblaciones
indígenas de las Américas. En su Declaración
puso en entredicho la política indigenista oficial y reclamó
diversos derechos para las naciones indígenas, entre otros
el de poseer un territorio determinado. En cuanto a las Naciones
Unidas, ésta con el fin de dar una resonancia internacional
a las reivindicaciones de las asociaciones indianistas confiere
categoría consultativa al CMPI, al que las demás organizaciones
indianistas están afiliadas. Y en el marco de la Subcomisión
para la Prevención de las Discriminaciones y la Protección
de las minorías, prepara una declaración universal
en lo referente a los derechos de los pueblos indígenas.
Paralelamente, en 1989 la OIT reemplaza la Convención 107,
referida a las “poblaciones” indígenas de fines
paternalistas integracionistas, con la Convención 169, referida
a los “pueblos” indígenas. Asimismo se decide
convertir 1993 en el Año Internacional de las Poblaciones
Indígenas y, con el fin de establecer un equilibrio entre
las aspiraciones de las poblaciones indígenas y los intereses
de los gobiernos, la ONU y los Estados Miembros se proponían
lo siguiente:
1) Reconocer los derechos a los territorios indígenas;
2) Reconocer todos los tratados, pactos y acuerdos formales suscritos
por los pueblos indígenas;
3) Reconocer las formas de los indígenas incluidas en legislaciones
nacionales y prácticas de acuerdo a las costumbres tradicionales;
4) Promover la legislación y reforma de tratados, pactos,
declaraciones y leyes que ayuden al reconocimiento de los derechos
indígenas;
5) Instar a los gobiernos para que ratifiquen el Convenio 169;
6) Reconocer y promover los derechos de propiedad intelectual y
cultural;
7) Promover la educación indígena;
8) Devolver a las naciones indígenas sus sitios sagrados
e históricos;
9) Financiar las acciones mencionadas;
10) Realizar por medio de la Secretaría de las Naciones Unidas
y sus agencias especializadas convenios con las organizaciones de
los pueblos indígenas;
11)Plantear por medio de la Secretaría General de la ONU
un programa específico indígena que contemple la participación
imprescindible de las organizaciones indígenas en su dirección,
ejecución y seguimiento.
Con lo dicho y a pesar de los pasos emprendidos a favor de las comunidades
indígenas, pasadas seis décadas desde la celebración
del Primer Congreso Indigenista Interamericano de 1940, los indígenas
siguen estando lejos de conseguir sus derechos y siguen siendo los
ciudadanos más pobres de América. Viven al margen
de la civilización, dispersos a lo largo y ancho de cada
nación, y de muchos grupos indígenas ni siquiera se
sabe que existen.
En cuanto a México se refiere, pasados los años setenta,
el movimiento indigenista empieza a perder su peso político:
tanto los gobiernos como los partidos dejan de preocuparse por la
cuestión india y cesan de darle importancia en su propaganda
electoral. Bonfil Batalla atestigua que en 1978 en “el debate
actual sobre la reforma política, todos los partidos y grupos
políticos interesados han expuesto sus plataformas; hasta
donde la información difundida permite conocer, ninguno hizo
mención de la cuestión indígena y mucho menos
estableció con claridad su posición al respecto. Curiosa
y sintomática ceguera ante la situación y problemas
de, por lo menos, 15% de la población del país.
Poco antes, durante el II Congreso Nacional de Pueblos Indígenas,
la insistencia de que los partidos políticos hicieran explícitos
sus planteamientos frente a la cuestión indígena se
expresó reiteradamente en todos los ámbitos de la
discusión”159. La población india mexicana,
siendo hoy día una de las más numerosas (más
de veinte millones), constituye la clase más pobre de una
sociedad que todavía está muy estratificada.
Paralelamente, el Estado no reconoce a los gobiernos indios y los
indígenas no poseen reservas. Las violaciones de los derechos
indígenas están al orden del día en todo el
país y son muy habituales las expropiaciones arbitrarias
y el desarrollo destructivo, a costa de las tierras indígenas:
“En las selvas tropicales de Yucatán y Chiapas, los
indios mayas se ven cada vez más amenazados por los planes
de explotación forestal masiva y la usurpación de
los colonizadores pobres. Los indios mexicanos de la región
septentrional, como los yaquis, apaches y tohono oodhams, que carecen
de títulos de propiedad de sus tierras, se han visto obligados
a abandonarlas por los funcionarios, que ponen su territorio ancestral
a nombre de especuladores y colonos. La pobreza de los indios mejicanos
es general y mucho más grave que en Estados Unidos”.
La gran amenaza de estos indígenas, no obstante, es el Acuerdo
Norteamericano de Libre Comercio (NAFTA). Si la mayoría de
los indios malviven a un nivel de susbsistencia cultivando maíz,
los acuerdos de libre comercio seguramente provocarían una
oleada de maíz estadoounidense, lo que obligaría a
los agricultores mexicanos a aprovechar las nuevas técnicas
de explotación agrícola, y así los campesinos
indígenas se verían obligados a dejar sus tierras.
Para resumir, los indios -todos- se enfrentan a infinitas amenazas,
incluida la del inexorable efecto homogeneizante de la cultura occidental
moderna, que no sólo está trasformando las culturas
indígenas, sino literalmente acabando con ellas. En cuanto
a las organizaciones indígenas actuales, pocas poseen publicaciones
periódicas, como el periódico Unidad Indígena
del CRIC (Consejo Regional del Cauca) en Colombia, y estos documentos
políticos, en su mayoría, son de difusión local.
Paralelamente, los indígenas tampoco se fían mucho
de estas organizaciones, a las que consideran un mero instrumento
para mejorar su situación. Puesto que las demandas de los
movimientos indios (no indigenistas) escapan del objetivo de esta
tesis, no es nuestro propósito profundizar más en
este tema. Sólo aclaramos que el resurgimiento de las etnias
y las reivindicaciones culturales que se dieron durante la década
de los 70 y que siguen latentes hasta la actualidad, no significa
que su triunfo esté cercano. El resurgimiento de la indianidad
tan sólo es una manifestación iberoamericana de ese
reconocimiento racial y étnico que en escala internacional
acompaña el proceso de mundialización. Y que, a su
vez, está ligado al agotamiento del modelo nacional de desarrollo
y al fracaso de la política intervencionista e integracionista
mantenida por el estado. El paso del indigenismo al nuevo indianismo
-se dice- responde al final de la época populista y a la
apertura de América Latina a un nuevo Estado neoliberal.
Integración y diversidad cultural, términos
que se rechazan mutuamente
El indigenismo como se ha visto, en muchos aspectos, es una prolongación
del pensamiento positivista racista del siglo XIX. Los dos persiguen
la misma meta: la de aculturar al indígena. Aunque es menester
aclarar que con los culturalistas el indigenismo cambia de eje:
“El indio es aprendido en función de un nuevo paradigma
según el cual las divisiones significantes de la humanidad
no son de naturaleza racial sino de carácter cultural”.
Y el mestizaje sigue estando considerado como la única solución
para la cuestión nacional, aunque su significado se modifica,
el término ya no hace referencia al mestizaje de razas sino
a la fusión de culturas. Mas al perder su significado inicial
de mezcla, gana el de aculturación, concepto clave en la
política indigenista, que expone Alfonso Caso en El indigenismo
(1958) y que explica Gonzalo Aguirre Beltrán164 en El proceso
de aculturación (1957) y Regiones de refugio (1967). Tanto
Caso como Aguirre Beltrán, influenciados por la antropología
cultural norteamericana, reconocen la pluralidad cultural y la existencia
de valores rescatables de las civilizaciones indígenas, que
a su vez deben ser respetados, protegidos e incorporados a la cultura
nacional. De sus teorías indigenistas, debe recordarse que
estaban a favor de la restitución de las tierras, de la protección
jurídica de las comunidades indígenas y de la elaboración
de programas educativos, sanitarios y de mejora económica
para las comunidades indígenas, para facilitar su posterior
integración en la sociedad. A favor de la alternativa oficial,
es decir, la integración del indígena en la sociedad
occidental también lo han estado casi todos los indigenistas;
entre otros, Vicente Lombardo Toledano y Moisés Sáenz.
Para este último, el indio representa “la carne de
nuestra carne, los huesos de nuestros huesos”, de ahí
que haya anhelado fusionar la tradición india en la europea,
de manera que ambas se enriquezcan: “Yo no pertenezco al grupo
de los sentimentales que quieren conservar al indio como indio;
no comparto la ilusión romántica y pueril de aquellos
que tratan de indianizar a México; como tampoco quiero conservarlo
en un pintoresquismo para turistas [...]. Al elaborar una cultura
fiel a la vena indígena y enriquecida por las aportaciones
occidentales, podremos realizar el milagro de engendrar en esta
nuestra tierra un modelo de civilización indolatina”.
Pero por integración ha de entenderse asimilación,
pérdida de identidad e incorporación.
En otros términos, uno de los principales objetivos -y al
mismo tiempo errores en que incurrió la política indigenista
oficial; de ahí que haya sido tachada de etnocida- ha sido
el de pretender asimilar al indio al modo de vida occidental. Teóricamente
el movimiento indigenista oficial no pretende agredir el patrimonio
cultural indígena. Se basa en la reivindicación histórica
de su cultura, la protección de su patrimonio, la defensa
de sus comunidades y de su forma de vida comunitaria, el respeto
hacia sus creencias, la lucha por devolverle la tierra que antaño
le perteneciera, mejorar su nivel de vida y otorgarle el derecho
a una independencia socioeconómica, a la autogestión
y a la autonomía. Ello no supone un retorno al pasado precolombino,
sino su integración en la nación de la que es miembro.
Pero el indio no responde a los patrones de la civilización
occidental de ningún país americano de los que en
cierta medida forma parte, ni se adapta a ellos.
Recela una desconfianza hacia lo no indio. Y vive encerrado dentro
de sus propios moldes culturales, bajo una economía poco
desarrollada, lo que imposibilita su incorporación al acelerado
ritmo de vida occidental, que le acorrala. Dentro de ese contexto,
el movimiento indigenista considera que el indio es un problema,
ya no racial sino social. La solución no está ni en
su exterminio -método empleado a lo largo del siglo XIX-
ni en su olvido. La única vía es su aculturación.
La meta esencial que persigue entonces el indigenismo oficial fue
(y sigue siendo) la integración de las comunidades indígenas
en la sociedad dominante.
¿Cómo se produce este fenómeno? El indigenismo
ambiciona recuperar al indio con los elementos de su bagaje cultural
que, según criterios científicos, se consideren positivos
y mejorarlos. Y sustituir los que se juzguen negativos o arcaicos
por otros occidentales, particularmente en el terreno de la economía
y de la salud. Así, a la par de enriquecer el acervo americano,
se beneficia al indígena1. Aunque teóricamente los
indios no tienen porqué desindianizarse, es decir renunciar
a su cultura para participar en el sistema socioeconómico
del país, en realidad tal sacrificio era inevitable: asimilación
y diversidad cultural son términos que se rechazan mutuamente.
A tenor de lo dicho, se deduce que el mismo enunciado indigenista
no da cabida al pluralismo: defiende la integración, es decir,
la unificación cultural y biológica, como única
vía para superar el atraso cultural del indio.
Llegados a este punto conviene aclarar que tanto el controvertido
término incorporación como los de integración
y asimilación provocaron, en su día, arduas discusiones,
por las connotaciones racistas y etnocéntricas que encierran.
Por incorporación o integración se entendía
toda política que pretendía aculturar al aborigen,
por medio de métodos persuasivos y compulsivos. Asimilación
más bien afecta a lo biológico; es decir, el indígena
debe perder sus peculiaridades étnicas y asimilar aquellas
de la sociedad dominante: la occidental. Ambos vocablos fueron arbitrariamente
empleados hasta que en 1940 el Primer Congreso Indigenista Interamericano
se decantó por el uso de “integración”
y, pretendiendo justificar el etnocidio cultural que perseguía,
adujo que la interpretaba en oposición a la teoría
de la marginalidad.
Una vez más, vemos actuar en toda su amplitud ese etnocentrismo
intrínseco a todo sistema colonial, que nunca cuestiona ni
los métodos ni las metas de la sociedad dominante. De ahí
que Herbert considere que el indigenismo corresponde a una fase
particular de la “dialéctica colonial, en la cual el
colonizador ha perdido su buena conciencia social que le permitía
ser abiertamente racista o melifluamente paternalista, y que consiste
en elaborar una metafísica humanista aparentemente igualitaria
y generosa, de la cual la posición objetiva, política
y económica del antagonismo es cuidadosamente eliminada”.
La misma valoración mantienen Miguel Bartolomé y Scott
Robinson, quienes critican la política indigenista por ser
“una filosofía social de la praxis colonialista”,
que “representa y seguirá representando un aspecto
del lenguaje simbólico de la sociedad occidental y dominante”,
en cuanto no es más que “la enajenación ideológica
de la realidad indígena”.
Dicho de otro modo, la política integracionista oficial,
proporcionando nueva denominación a la relación de
sumisión del aborigen, encubre un nuevo colonialismo. Pero
además se otorga el derecho y la responsabilidad de decidir
por y en nombre del indio. Una vez más, el indio está
ausente de la controversia; no es sujeto, sino objeto de la misma.
Si los positivistas y los cientificistas se propusieron acabar literalmente
con el elemento indio, los indigenistas hasta la década de
los setenta persiguieron, bajo falsas denominaciones, otra clase
de etnocidio cultural.
*Extracto de la ponencia presentada por la Dra. Gihane Mahmoud
Amin en el I Encuentro de Jóvenes Investigadores Doctores
Mediterráneos (Madrid, julio 2002).
* Reproducción autorizada por Jamal Abdelkarim, Director
de las actividades Académicas de la Fundación del
Sur.
|