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Zaman,
el Hombre de los Juncos

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REDACCIÓN

E ntre los cineastas iraquíes actuales destaca por su talento y singularidad, Amir Alwan, cuya obra cinematográfica tiene el doble mérito de ser un fiel reflejo de la realidad social iraquí, además de un canto a la libertad de los seres humanos.
Amer Alwan nació en 1957 en Babilonia, Irak. Tras obtener un diploma en la Escuela Nacional de Arte Dramático, cursa estudios en la Escuela Audiovisual de Bagdad, que le permiten trabajar en la televisión iraquí.
Amir salió de Iraq en 1980, con sólo 23 años, para estudiar cine en París. En 1984 consigue un doctorado en filosofía del Arte en la capital francesa. En Francia ha escrito y realizado una decena de cortometrajes y documentales como "Venganza", "Los hijos del embargo", "Orillas", etc
Al cabo de 20 años de ausencia, Alwan pudo regresar a su convulso país, que atravesaba entonces su peor crisis debido a dos sucesivas guerras y a las sanciones impuestas por la ONU. Alwan se lamenta, en este sentido, de que su país haya sido dañado por "lo absurdo de la guerra, del embargo y del nuevo orden mundial".
Durante esas dos últimas décadas, el cine iraquí prácticamente desapareció debido al embargo, la censura y otros problemas similares. Alwan, sin embargo, regresó a Iraq y rodó en enero de 2003, sólo dos meses antes de la invasión norteamericana, su película "Zaman, el Hombre de los Juncos". La filmación concluyó unos días antes del estallido de la guerra.
Anteriormente a "Zaman, Hombre de los Juncos", Alwan había dirigido ya un pequeño documental de veinte minutos – "Los hijos del embargo" –, que trataba acerca de las dificultades de los niños nacidos en el periodo del embargo (1990-2003). Posteriormente, regresó a Irak para rodar otros dos documentales de 52 minutos.
El escenario de la película son las marismas situadas en el sur de Iraq, entre los ríos Tigris y Eufrates. El filme cuenta la historia de un hombre viejo, Zaman, que ha vivido siempre, al igual que su mujer, en esta zona de las marismas. Sobre el agua se conocieron y sobre el agua, en su casa de juncos, construyeron su vida. Como las escasas palmeras que puntúan el indómito paisaje, su amor resistió a las tormentas que asolan Irak y se enraizó con el tiempo.
Un día, sin embargo, Zaman descubre que su mujer sufre una extraña enfermedad a causa de la guerra. Tras consultar al único médico de la región, y siguiendo sus consejos, decide partir entonces hacia una gran ciudad con el fin de intentar encontrar allí un medicamento que sirva para tratar la enfermedad de su esposa. Entre el sufrimiento de dejar sola a su mujer y la esperanza de un "milagro", se embarca en su pequeña canoa. Zaman va a cruzar las marismas y remontar el Tigris. En la primera parte de este viaje, desde el río, Zaman es testigo de los acontecimientos que tienen lugar en las orillas: la historia antigua y actual de Irak y de su pueblo.
En Amara, la gran ciudad, Zaman se enfrenta a múltiples desilusiones. Al borde de la desesperación, se resigna entonces a dirigirse a Bagdad, que aparece entonces como el único destino en el que puede encontrar lo que busca. El camino es largo; el Tigris le reserva todavía algunas sorpresas y en la capital vive su primera confrontación real con la civilización moderna. De regreso a su aldea, Zaman es feliz. Su mujer, que tanto le ha esperado, también....
Este argumento es, sin duda, el reflejo de lo que el pueblo iraquí ha tenido que vivir en estos últimos años.
La película tuvo que ser rodada en vídeo digital, ya que la importación del negativo estaba prohibida en Iraq, debido al embargo. Al final, 5 cintas de video fueron confiscadas por el antiguo régimen iraquí y desaparecieron definitivamente tras el estallido de la guerra. Sin embargo, a pesar de la ausencia de esas secuencias, esta película representa un capítulo de la historia de Iraq.
La película de Amer Alwan es, en realidad, una fábula iniciática fuera del tiempo. Tras la poesía de las imágenes surgen, no obstante, las grandes cuestiones y los dramas de la actualidad, que han colocado a Irak en el centro de las preocupaciones internacionales.
Lejos del maniqueísmo (antiamericano o anti-Sadam), Amir Alwan se empeña en recoger el testimonio de esta gente olvidada de todos, que en su vida diaria, en sus carnes, sobre sus tierras, sufren la presión de un conflicto que les machaca y que aniquila una forma de vida que había resistido a miles de años de historia y de guerras.

El misterio de las marismas de Iraq

Los escribas sumerios situaban el Diluvio en Mesopotamia, en algún momento anterior al tercer Milenio antes de Cristo. Con anterioridad a este cataclismo, se cuenta que las aguas se retiraron, salvo en el delta del Tigris y el Éufrates, donde aún hoy permanecen los pantanos. Tierra misteriosa del sur de Irak, esta región pantanosa cubierta de juntos impenetrables se extiende en el delta entre Nassiriya, Qurna, Kubaish y Amara. En Al Qurna, por cierto – donde el Tigris y el Éufrates se unen en un paisaje fuera del tiempo, hecho de agua, de cielo, de juncos y de palmeras – fue donde algunas fuentes sitúan el Edén.
Desde la noche de los tiempos, el pueblo de los juncos se extendió sobre miles de kilómetros cuadrados de marismas. Estos habitantes de las marismas, llamados Maadans, formaron diversas tribus que tienen en común un particular modo de vida. Habitan chozas de juncos construidas sobre islotes artificiales formados por juncos y barro amontonados.
Cada aldea contaba con un mudhif, una casa de huéspedes de dimensiones impresionantes, cuyos muros arqueados se apoyaban sobre arbotantes de juncos gigantes. Pese a constituir un excepcional testimonio de una arquitectura que se remonta a la época sumeria, la mayoría de los mudhifs han sido destruidos.
En el laberinto de canales minúsculos, los Maadans se desplazan sobre taradas, embarcaciones estilizadas e impermeabilizadas por varias capas de asfalto. Practican la pesca con arpón y cazan aves migratorias y jabalíes que habitan las marismas. También son cultivadores de arroz y criadores de búfalos.
Ese mundo secreto e impenetrable permaneció casi desconocido hasta mediados del Siglo XX. La publicación del libro de Wilfred Thesiger en 1964 sobre los árabes de las marismas dio a conocer en Occidente esta cultura original de tradiciones milenarias.
Desgraciadamente, este mundo secreto y misterioso está hoy condenado a desaparecer. Un proyecto de drenaje ya antiguo ha sido intensificado en los últimos años. En efecto, con el embargo se acentuó el desarrollo de las tierras cultivables, en un intento de conseguir la autosuficiencia alimentaría, convirtiendo a estos pescadores y cazadores en agricultores sedentarios.