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a reciente decisión del gobierno israelí de expandir
el Muro del Apartheid para que incluya en el lado israelí
del mismo al asentamiento de Ariel, situado en el centro de Cisjordania,
y posiblemente a otros dos más localizados también
profundamente dentro del territorio cisjordano, deja ya a las claras
ante el mundo la intención del ejecutivo israelí de
anexionarse al menos la mitad de Cisjordania y dejar quizás
a los palestinos el 50% restante -un 10% de la Palestina histórica-.
Esto llevaría al encierro de más de dos millones y
medio de palestinos en un conjunto de pequeños guettos, rodeados
por muros y por carreteras destinadas al uso exclusivo de los colonos
judíos. El antecedente histórico más cercano
a esto sería el encierro de los judíos polacos en
el guetto de Varsovia, que fue posteriormente arrasado por los nazis
tras la rebelión de sus habitantes en 1943.
De momento, las autoridades israelíes han comenzado ya a
enviar órdenes de expropiación de tierras a los residentes
palestinos y a diseñar los planes para la expansión
del Muro. En un primer gesto de valor, un grupo de civiles palestinos
obligó a mediados de junio a varios bulldozers israelíes
a interrumpir sus trabajos dirigidos a dicha expansión y
a retroceder a sus bases, pero no cabe duda de que el gobierno israelí
piensa seguir adelante con estos planes.
La principal consecuencia de dichos planes sería la definitiva
muerte del proceso de paz, por la sencilla razón de que ya
no habría nada con que negociar. Los palestinos reclamaron
durante las sucesivas conferencias de paz internacionales que tuvieron
lugar en la década de los noventa la creación de un
estado palestino independiente en los territorios ocupados por Israel
en junio de 1967, es decir, Cisjordania, Gaza y Jerusalén
Este, conforme a lo establecido por las resoluciones de la ONU.
Sin embargo, la Autoridad Nacional Palestina ha sido siempre flexible
en lo que respecta a los plazos o fases, en los que este proceso
podría tener lugar.
Durante mucho tiempo, Israel aceptó el juego de las conversaciones
con el fin de ganar tiempo, mientras aumentaba rápidamente
el número de colonos judíos en los ilegales asentamientos
de los Territorios Ocupados, hecho éste que suponía,
ya de por sí, una prueba de la mala fe de los sucesivos gobiernos
israelíes en estas negociaciones.
En esa etapa se alcanzaron diversos acuerdos como los de Oslo de
1993 y algunos otros posteriores, que no condujeron a nada. El esquema
aplicado por Israel era siempre el mismo. Imponer nuevas condiciones
para aceptar un acuerdo. Cuando los palestinos las aceptaban, imponer
otras más y, finalmente, aceptar el acuerdo, pero sin respetar
después las obligaciones que se desprendían de él.
EEUU, por su parte, se dedicó a presionar a los palestinos,
sin hacer lo propio con los israelíes. Todas las violaciones
israelíes de los acuerdos firmados merecieron incluso palabras
de apoyo y comprensión por parte de los sucesivos gobiernos
norteamericanos, incluso aunque EEUU hubiese sido el promotor y
garante de tales acuerdos.
La llegada al poder de Ariel Sharon en Israel y de George W. Bush
en EEUU llevó la situación a una nueva etapa. La derecha
del Likud, aliada con los partidos ultraortodoxos israelíes
y con los fundamentalistas de la Coalición Cristiana de EEUU,
lanzó abiertamente un plan dirigido a destruir cualquier
espectativa de creación de un estado palestino independiente.
El lobby proisraelí, que concede grandes cantidades de dinero
a los políticos norteamericanos para sus campañas,
mantiene hoy un control casi total de la política exterior
norteamericana, como demuestra el hecho de que haya sido capaz de
empujar a EEUU a la guerra de Iraq, aún en contra de sus
propios intereses. Hay que destacar aquí también la
participación activa del pequeño grupo de neoconservadores
judíos integrados en la Oficina del vicepresidente Dick Cheney
y el Pentágono en estos planes. No en vano, uno de sus integrantes,
el secretario de Defensa adjunto Paul Wolfowitz, es considerado
el arquitecto de la guerra de Iraq.
El primer paso para la destrucción del proceso de paz fue
el excluir a Arafat, y en un segundo momento a la parte palestina
en su conjunto, de cualquier negociación. Sharon afirmó
en repetidas ocasiones que "no tenía interlocutor"
en el lado palestino, lo cual venía a significar en la práctica,
para honra de los palestinos, que no había nadie en ese lado
dispuesto a firmar un acuerdo en los términos que el primer
ministro israelí exigía. Así pues y basándose
en la ventaja que le daba su superior poderío militar y el
hecho de contar con el apoyo de Washington, Sharon comenzó
a dar pasos unilaterales para la anexión de gran parte de
Cisjordania, en lo que iba a ser la "solución final
al problema palestino".
La Administración Bush fue cómplice desde el primer
momento de esta política israelí. Bush se negó
a recibir a Arafat, como habían hecho los anteriores presidentes
norteamericanos, incluyendo su padre George Bush, y dio su consentimiento
al sitio militar israelí contra el palacio presidencial de
Ramallah, donde Arafat se halla aislado desde hace varios años.
Posteriormente, EEUU ejerció una gran presión sobre
la Autoridad Palestina para que nombrara un primer ministro para
que sirviera de nuevo interlocutor, en lugar de Arafat, cosa que
aquella aceptó. Sin embargo, como ninguno de los dos primeros
ministros habidos hasta el momento se ha mostrado dispuesto tampoco
a firmar el suicidio político y territorial que Sharon y
sus secuaces pretendían, la aparición de esta figura
política palestina tampoco ha tenido ningún valor
para EEUU e Israel.
Lo que interesa subrayar es que ningún proceso de paz va
a tener éxito en Palestina por la propia naturaleza del régimen
sionista y el carácter criminal de sus líderes, empezando
por el propio Ariel Sharon, que ha jalonado su carrera militar con
la sangre de miles de víctimas inocentes. Un acuerdo con
Sharon no es posible, como no lo hubiera sido tampoco un acuerdo
entre Adolfo Hitler y los judíos encerrados en un campo de
concentración, o entre la mafia neoyorquina y sus víctimas.
Los verdugos a lo largo de la historia nunca han querido acuerdos
ni han estado dispuestos a respetar los que han firmado.
Hay que señalar aquí una vez más la responsabilidad
de la comunidad internacional, empezando por Europa y otros actores
internacionales, que no ha tomado en la práctica medidas
eficaces para la búsqueda de una solución viable al
conflicto y su imposición, en su caso, a la parte israelí.
Cabe preguntarse ahora, ¿qué va a hacer el mundo con
la cuestión palestina? ¿Permitirán los países
civilizados una barbarie comparable al exterminio de la población
india en EEUU o al Holocausto judío en la Segunda Guerra
Mundial, sin mover un dedo? ¿Dejará Occidente que
el proyecto expansionista israelí, que implica una gigantesca
limpieza étnica contra el pueblo palestino, siga adelante,
cuando fue a la guerra para detener la campaña de limpieza
étnica del líder serbio Slobodan Milosevic contra
los albaneses de Kosovo en 1999? ¿Estará la comunidad
internacional satisfecha mientras uno de sus miembros tiene que
vivir en un reducido número de guettos sitiados por muros,
alambradas y ametralladoras? Y lo más importante, ¿permitirá
el mundo a un fanático grupo de fundamentalistas judíos
y evangélicos perpetrar impunemente estos crímenes
y controlar la situación política internacional?
En realidad, la suerte del pueblo palestino es también un
barómetro que mide hoy en día valores tan consolidados
dentro del ordenamiento internacional como la dignidad, la libertad
y la lucha contra el racismo y el genocidio. Si se permite que estos
grandes crímenes contra el pueblo palestino continúen
y queden impunes, la comunidad internacional ya no volverá
a ser la misma, pues ya no podrá nunca volver a invocar tales
valores con un mínimo de credibilidad.
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