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P O E M A S

 

El Vértigo

Un vértigo ebrio me precipita
En su huracán furioso.
¿Hasta cuándo seguirás buscando
la luz del sol en las tinieblas?
Sin esperanza, muerto,
¿cuánto tiempo vas a continuar
rumiando heridas?
¡Vamos, álzate, tú, el que convives
con el dolor de ayer!

¡Vamos, despierta,
ordena a las visiones que caminen
en espantosa noche,
que alcancen las colinas de la Patria
cruzando los confines
y contemplen su tierra
entre extraños caída
clamar desconsolada por sus gentes!...
pero sólo hay noticias de su ausencia.

Fui en mi alado deseo contemplado
Mi tierra virginal,
Y la vi llorando desesperada en duelo,
Con mansas vestiduras,
¿Por qué, Señor, hasta la tierra cambia,
después del Éxodo?

Iba a besar mi tierra,
pero ella me rehuía,
me retiraba el rostro y escapaba,
murmuraba furiosas expresiones
y en el clamor se agitaba.
Y recordé mi huida,
dejándola en regalo para otros.

Ansiaba con subir
al soberbio castillo,
para ver desde allí los verdes montes
que sueñan con la historia de otros tiempos
y a las estrellas cuentan que ha nacido
la nueva juventud.
Mas los montes gemían aherrojados.

Extendía mi vista por los aires,
a los huertos viudos,
y escuchaba el lamento de los pájaros,
lamento de alhucemas,
que seguían preguntando a su Señor:
¿Cuánto, aún, durará la hégira de mi pueblo?
Pero Él respondió algo indescifrable.

Y marché hacia la fuente,
deseando saciarme,
y el agua de la fuente quedó seca,
como si nunca hubiera habido agua.
Gritaba al mentarle nuestras viejas promesas:
¿Dónde están las promesas?
¿Acaso has sido fiel?

Y al contemplar los frutos en sazón,
me apeteció cogerlos.
Pero al tender la mano se me iban.
Y aunque yo fuera aquel
que los sembrara,
y en la infancia regué
con la acequia del alma,
Sembrador, me dijeron,
¿defendiste tu hogar?


Mahmud Sobh