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n los últimos años Bruno Cardeñosa se ha consolidado
como uno de los mejores periodistas españoles en la rama
de la investigación. Su libro "11-S: Crónica
de una Infamia", en el que aportaba gran número de datos
que echaban por tierra la versión oficial de los atentados
y mostraba la complicidad de sectores del aparato político
y de inteligencia de EEUU en ellos, fue un éxito de ventas,
aunque recibió un eco mucho menor en los medios de publicidad
controlados por el poder o adictos a él, en los que es muy
difícil o imposible publicar algo que cuestione las verdades
oficiales por muy justificado que esté.
Su reciente libro "11-M: Claves de una Conspiración"
sigue estas mismas pautas. El autor maneja gran número de
datos y testimonios de testigos y especialistas policiales y de
inteligencia, lo cual le da al libro un rigor que se pone de manifiesto
desde la primera página. Hay que poner de relieve también
la honestidad e independencia del autor a la hora de analizar estos
hechos y sacar conclusiones.
"11-M: Claves de una Conspiración" comienza situando
los atentados del 11-M en su contexto histórico y recuerda
como el 11-S en EEUU sirvió para que la Administración
Bush pusiera en marcha dos planes: la invasión de Afganistán
y la de Iraq. El libro señala como en julio de 2001, dos
meses antes de la invasión, EEUU planteó en una reunión
celebrada en Berlín un auténtico ultimátum
a los talibanes afganos: o aceptaban el paso de oleoductos a través
de su territorio para transportar el petróleo de Asia Central
al mar -proyecto que había sido ya objeto de negociaciones
entre los talibanes y la multinacional norteamericana UNOCAL- o
serían atacados. Los afganos rechazaron esta amenaza por
razones indeterminadas, pero creyendo sin duda que al carecer de
una razón en que fundar el ataque, EEUU no se atrevería
a cumplir su amenaza. Curiosamente, dos meses más tarde el
camino hacia la invasión de Afganistán y los recursos
petrolíferos de Asia Central quedó despejado gracias
a los ataques del 11-S.
Los ataques del 11-S también facilitaron la posterior invasión
de Iraq, cuyos pozos de petróleo fueron objeto de estudio
en unas reuniones mantenidas por el vicepresidente Dick Cheney con
altos representantes de multinacionales norteamericanas en marzo
de 2001 y de las que el gobierno de EEUU no ha querido publicar
las actas. "Los más ilustres pensadores y críticos
del momento -Noam Chomsky, John Pilger, Jaime Petras o el peculiar
Michael Moore- vienen denunciando que el Gobierno de EEUU ha utilizado
la excusa del terrorismo para ejecutar una serie de planes hasta
el punto de que Bin Laden parece haberse convertido en este tiempo
en una suerte de "aliado" para la Administración
Bush". (pg. 33).
El libro destaca también los intentos del gobierno estadounidense
para "reorientar el debate político hacia los asuntos
de seguridad y terrorismo" (pg. 34), como demuestran las continuas
alertas antiterroristas lanzadas dicho gobierno en los últimos
meses, que han servido para mantener a la población norteamericana
en un clima de temor y ansiedad. Cabe recordar aquí que el
miedo ha sido siempre el pilar sobre el que los gobiernos tiránicos
o autoritarios han basado su poder.
Precisamente esta faceta de "líder de un país
en guerra contra el terrorismo" es la que da más votos
al presidente de EEUU, George W. Bush, según manifestó
el periodista Manuel Freytas en un reportaje, publicado tres días
antes de los atentados del 11-M bajo el título de "La
carta secreta de Bush para ganar en noviembre". En el libro
que nos ocupa "11-M: Claves de una Conspiración"
se recogen algunos párrafos de este artículo: "¿Qué
podría impedir hoy que los Rumsfeld, Wolfowtiz y Feith, el
corazón estratégico del lobby judío que hace
negocios con Bush, implementen otra operación de acción
psicológica terrorista que tenga a Bin Laden y a Al Qaida
como protagonistas principales? ¿Quién podría
acusarlos con pruebas ante la opinión pública internacional
si los sectores de la CIA y de la comunidad de inteligencia que
les responden hicieran estallar -por medio de sus grupos islámicos
infiltrados- blancos estratégicos en las principales ciudades
de Europa o -quizá- de Estados Unidos antes de las elecciones?
¿Qué tipo de razón moral, religiosa o social
podría impedir que esta facción del capitalismo salvaje
utilizara la herramienta de poder que tiene en sus manos para atemorizar
de nuevo a la sociedad norteamericana y conseguir que Bush sea reelegido
como presidente de la guerra por un nuevo período?".
Los republicanos de EEUU acusan a España de "capitular"
Esta estrategia del miedo se puso de nuevo de manifiesto con motivo
del falso email enviado al periódico Al Quds al Arabi de
Londres por un grupo denominado Abu Hafs el Masri, una de las presuntas
células de Bin Laden, en el que se reivindicaba el atentado
de Madrid. Más tarde, los expertos dictaminaron la falsedad
de esta reivindicación, pero esto no evitó que responsables
de EEUU e Israel la utilizaran para su beneficio. "(Este email)
puede ser auténtico y significar una advertencia ante futuros
ataques de Al Qaida contra EEUU", declaró Tom Ridge,
secretario de Seguridad Nacional de EEUU. (p. 59). Estas alarmas
"abonan el terreno para la multiplicación del presupuesto
militar, la creación de un eficaz aparato de seguridad y
la movilización del público estadounidense a favor
de las conquistas imperiales con las armas", señala
Jaime Petras, profesor emérito de la Universidad de Binghamton
de Nueva York. "El atentado de Madrid mantenía vivo
ese "ambiente", justo cuando la situación en Iraq
se tornaba más complicada para los intereses estadounidenses".
(p. 63).
En realidad, los atentados de Madrid tuvieron una amplia resonancia
en EEUU. "Nunca un suceso ocurrido allende los mares había
tenido tanta repercusión por estas tierras desde la Segunda
Guerra Mundial", señala el periodista norteamericano
Scott Corrales (p. 93). El mensaje de los republicanos pasó
a ser, ignorando el hecho de que el Partido Socialista Obrero Español
(PSOE) había prometido retirar las tropas españolas
de Iraq mucho antes de los atentados, que España "había
capitulado" ante el terrorismo al votar en favor de la oposición
socialista y echar del poder a Aznar. El mensaje para los electores
norteamericanos estaba muy claro: Si Bush pierde las elecciones,
eso significa que los terroristas habrán ganado.
Otro detalle interesante mencionado por el autor es que "el
23 de agosto de 2003, un satélite norteamericano fotografió
con fruición la estación de Atocha y sus alrededores"
(p. 42). El satélite en mención fue el Ikonos, cuyos
equipos y gestión están vinculados al Ejército
de EEUU. Otro satélite, el Quickbird, hizo lo propio el 8
de febrero de 2002. En una de las fotos, vistas por el autor, se
apreciaba perfectamente el trazado de la línea C-1 de cercanías
donde tuvieron lugar los atentados.
El libro menciona también cómo 24 horas antes de los
atentados del 11-M, la OTAN realizó un ejercicio simulado,
que consistía en un presunto ataque terrorista contra una
central química en Holanda. Las casualidades no acaban ahí
ya que la cifra de víctimas calculadas en el ataque simulado
alcanzaba las 200, prácticamente el mismo numero que las
de los atentados de Madrid (p. 44). El ejercicio simulado preveía
a continuación una ocupación militar de Arabia Saudí
-país del que procedían los presuntos terroristas
atacantes-, en especial la parte oriental, donde se hallan los campos
de petróleo.
Señuelos
Bruno Cardeñosa menciona en varios capítulos del
libro la existencia de señuelos destinados a orientar la
investigación en una determinada dirección, tal y
como sucediera también en los atentados del 11-S. Según
el periodista Fernando Múgica del diario español El
Mundo, citado por el libro, "un investigador de la policía
lo ha definido como el cuento de Pulgarcito, alguien que encuentra
el camino porque previamente ha dejado las piedrecitas blancas que
le indicaban el mismo". Resulta extraño en ambos casos
que terroristas que planean atentados muy complejos con eficacia
sean tan "olvidadizos" a la hora de dejar pistas.
Entre estas "piedrecitas" el autor cita una cinta con
una grabación del Corán encontrada en la furgoneta
de Alcalá de Henares abandonada por los terroristas, aspecto
éste que recordaba lo ocurrido en el Aeropuerto de Boston,
donde también se encontró una copia del Corán
horas después de los atentados. (P. 85). Otras cintas halladas
en la furgoneta de Alcalá contienen "canciones de un
cantante saudí, cuyas letras son algo así como lecciones
sobre el Islam", que se emplean para la iniciación en
esta religión, lo cual no pega con la explicación
de que los autores hubieran sido fundamentalistas. Tampoco tiene
sentido que aparecieran explosivo y detonadores en la furgoneta
de Alcalá, puesto que, según la versión oficial,
los terroristas montaron las bombas en otro sitio. En este sentido,
la presencia de dicho explosivo y de los detonadores sólo
habrían servido para mostrar, de forma deliberada, una coincidencia
con los que había en la misteriosa mochila de Vallecas.
Esta última mochila resulta particularmente reveladora, porque
proporcionó las pistas que llevarían a la investigación
a dirigirse en una determinada dirección y a practicar las
primeras detenciones. El libro de Bruno Cardeñosa narra cómo
esta mochila fue llevada desde la estación de El Pozo hasta
el pabellón de IFEMA, el recinto ferial de Madrid, y de ahí
a la comisaría de Vallecas. De creer la explicación
oficial, la mochila estuvo así deambulando por Madrid durante
12 horas sin que a nadie se le ocurriera revisar su contenido, pese
a que ya se sabía que las bombas de los trenes habían
estado colocadas en mochilas y que los Técnicos de Desactivación
de Explosivos hubieran desactivado ya dos o tres de ellas. El libro
describe cómo las sucesivas explicaciones que se fueron ofreciendo
a nivel oficial para justificar el hecho de que tal mochila no hubiera
estallado fueron cayendo una tras otra. Primero se dijo que el teléfono
móvil de la mochila, que iba a ser utilizado como detonador,
había sido programado por error para las 7:39 de la tarde
y no de la mañana, cuando, según los planes de los
terroristas, la bomba debería haber explotado. Más
tarde, se supo que el teléfono móvil no reflejaba
las 7:39 pm, sino las 19:39, con lo cual esta explicación
se vino abajo. Cardeñosa explica en el libro cómo
las otras versiones oficiales acabaron siendo igualmente descartadas
posteriormente por erróneas. "Un mes después
de los atentados, se divulgó la verdad: el teléfono
no estaba conectado al detonador, sino que estaba "suelto"
dentro de la mochila. Es decir, aquella bomba no podría explotar.
No era un auténtico mecanismo explosivo. Era -por tanto-
falsa. Pero, y he aquí la sospecha, la "bomba falsa"
dio pie a que se iniciara la investigación que a la postre
permitió, por la simple comprobación del número
del móvil, localizar y detener a los presuntos responsables
de la matanza" (p. 75).
Algo parecido ocurrió con un video doméstico en el
que se reivindicaba el atentado. Nuevamente, se deja junto a la
mezquita más importante de Madrid (en lugar de cualquier
otro sitio), lo cual ya busca vincular de alguna forma deliberada
este atentado con el Islam. Al igual que sucede con el móvil,
los códigos de identificación de la carcasa de la
cinta permiten a las autoridades localizar la pista del establecimiento
del que partió la cinta y practicar detenciones. (p. 65).
"El autor de la reivindicación se hacía llamar
Abu Dujan al Afgani y decía ser el responsable de Al Qaida
en Europa: Y resulta extraño, porque ni Bin Laden ni los
suyos utilizan en sus reivindicaciones el nombre de la red terrorista".
Además, el citado Al Afgani resultaba un desconocido para
las fuerzas de seguridad europeas.
De creer también la explicación oficial, cada activista
debería de haber llevado en su espalda un mínimo de
dos mochilas, que pesan más de 25 kilos. El autor se pregunta
como a nadie le inquietó que un mínimo de seis personas
entraran en los trenes con estas mochilas y las dejaran allí
olvidadas sin llamar la atención de testigos, agentes de
seguridad y cámaras de vigilancia. Las mochilas estaban colocadas
al parecer siguiendo un cierto orden (p. 83). Todo esto hace pensar
al investigador norteamericano Joe Vialls que los trenes podrían
haber partido de sus estaciones al amanecer con las bombas ya conveniente
colocadas (p. 84).
El libro explica también que "de la vigilancia previa
a la que se supone estuvieron sometidas las rutas por parte de los
terroristas, se deduce que fueron capaces de programar las bombas
para que estallasen cuando los trenes estuvieran en un apeadero
aprovechando así que gracias a la aglomeración de
pasajeros que suben y bajan el daño fuera mayor" (p.
126). Sin embargo, los cuatro trenes afectados llevaban un retraso
de algunos minutos ese día por lo que, según el libro,
la eficacia registrada en la operación (todos los trenes
explotaron en las estaciones) hace dudar que las explosiones estuvieran
preprogramadas. El autor se inclina por la hipótesis de que
las explosiones hubieran sido controladas a distancia (p. 128).
Sin embargo, eso supondría la existencia de diez hombres
perfectamente coordinados entre sí para hacer detonar las
bombas o alguien que tuviera una visión de conjunto de los
trenes, "y esto sólo se consigue mediante un avión,
un satélite o un centro informático". (p. 129).
El autor demuestra también la existencia de movimientos extraños
en las bolsas españolas en los días previos a los
atentados. Tres días antes del 11-M las acciones de empresas
hoteleras, aseguradoras y líneas aéreas comenzaron
a sufrir importantes caídas sin razón aparente, tal
y como había pasado en EEUU antes del 11-S. Cabe señalar,
además, que gran parte de las operaciones bancarias sospechosas
que tuvieron lugar en EEUU con anterioridad al 11-S fueron realizadas
a través del Alex Jones, "un banco dirigido hasta 1998
por A. B. Buzzy Krongard, actual número tres de la CIA. Dicho
banco mantiene sólidas relaciones con Carlyle, una entidad
financiera de riesgo vinculada a la familia Bush". (p. 42).
¿Fue Atta el piloto de las Torres Gemelas?
Uno de los aspectos más interesantes del libro reside en
sus revelaciones acerca de Iván Chirivella, el último
instructor de vuelo de Mohammad Atta y Maruan al Shehhi, los dos
pilotos que presuntamente se habrían estrellado con los Boeing
contra las Torres Gemelas.
La declaración de Chirivella resulta muy reveladora. De los
cincuenta alumnos que tuvo en el curso de pilotaje de avionetas,
él situaba a ambos en los puestos 49 y 50. En este sentido,
no considera posible que Atta y Al Shehhi pudieran "secuestrar,
desviar de su ruta, burlar los sistemas informáticos de los
propios aparatos, descender, enfilar su objetivo y maniobrar con
pericia para dar con las Torres...". (p. 179). Chirivella ha
manifestado también que dos horas después de los atentados
recibió ya una visita del FBI, que quería hablar con
él sobre Atta. ¿Cómo es posible que en este
cortísimo espacio de tiempo, el FBI conociera ya la posible
implicación de Atta, cuyo cuerpo habría quedado desintegrado
de ir efectivamente en la cabina del Boeing que se estrelló
contra una de las Torres, y supiera que Chirivella era su instructor?
Esto probaría que Atta estuvo, en realidad, sometido a una
estrecha vigilancia por los servicios de seguridad norteamericanos
con anterioridad a los atentados. Cabe señalar que Chirivella
no ha podido renovar su visado para continuar viviendo en EEUU.
¿Intentos de alejar a un testigo incómodo?.
El libro revela también que una treintena de pilotos comerciales
y militares se reunieron a mediados de 2002 a puerta cerrada en
un hotel de Lisboa durante 72 horas para discutir este tema. La
conclusión de los expertos fue unánime: los secuestradores
de la "versión oficial" no estaban en absoluto
capacitados para ejecutar las maniobras que describieron los aviones".
(p. 186). Otros expertos mencionados en el libro han llegado a esa
misma conclusión.
Bruno Cardeñosa menciona también en el libro los problemas
que han tenido otros dos profesores de vuelo norteamericanos de
Atta. Cuando uno de ellos, Ruddy Dekkers, fue acusado en diciembre
de 2002 de fraude relacionado con la gestión de su escuela
de vuelo, la Huffman Aviation, pronunció una amenaza: "Abriré
la caja de Pandora, si es necesario". Pocos días después,
el 23 de enero de 2003, su helicóptero sufrió un misterioso
accidente. Pese a que había cargado 28 galones de gasolina
antes de despegar, el combustible se agotó y el artefacto
cayó sobre el río Caloosahatchae, en Florida. Dekkers
salvó milagrosamente su vida y un mes más tarde cerró
la escuela de aviación. (p. 219). La caja de Pandora ya no
sería abierta.
Otro caso similar le pasó a Arne Kruifhof, dueño de
la Flight Training de Vecine, donde había estudiado Said
al Jarrah, que presuntabamente pilotaba el avión que acabó
estrellándose en Pennsylvania. Kruithof sufrió otro
"accidente" a bordo de su avioneta. El combustible del
aparato ardió convirtiendolo en una bola de fuego, pero aún
así él fue capaz de salvar su vida. Casualmente este
incidente tuvo lugar unos días antes de que Kruithof tuviera
que declarar ante la comisión oficial que investigaba el
11-S, donde por supuesto no dijo nada que no estuviera inicialmente
previsto.
El libro continúa haciendo un rastreo del paso de Atta por
España y EEUU. Cabe subrayar que, a pesar de existir una
orden de busca y captura policial contra él por un problema
de tráfico, Atta pudo salir tranquilamente de EEUU sin que
nadie le detuviera e incluso volver a entrar en el país a
su regreso de Madrid sin un visado en regla, cosa que resulta prácticamente
imposible para cualquier persona y mucho menos para alguien sobre
el que pesara una orden de busca y captura (p. 215).
El relato sobre la vida de Atta en EEUU tampoco permite pensar en
un fundamentalista islámico con deseos de inmolarse. Atta
se va a vivir con una bailarina de streap tease, ingiere alcohol
en cantidades masivas, toma drogas, come carne de cerdo... Cabe
volver a recordar aquí la existencia de señuelos en
la ya mencionada furgoneta de Boston: el Corán (por supuesto)
y un manual de vuelo. Esto último despierta algunas dudas.
¿Acaso estaba Atta repasando sus apuntes de vuelo antes de
coger el avión? A juzgar por la versión oficial, en
la que Atta, un piloto incapaz que apenas podía pilotar una
avioneta, se convierte en uno de los mejores expertos del mundo
en pilotaje de Boeings, capaz de realizar complicadas maniobras
en un avión muy complejo, parecería superfluo que
tuviera que dar una miradita al manual antes de volar. Sin embargo,
este manual, cuya presencia en la furgoneta no parecía tener
una explicación lógica -al igual que sucede con el
explosivo y los detonadores de la furgoneta de Alcalá de
Henares-, sí resultaba útil para reforzar la idea
de que los secuestradores eran estudiantes de academias de vuelo.
¿Y qué decir del pasaporte de Atta, que fue encontrado
a unos centenares de metros de una de las Torres?. A todo esto hay
que añadir además que ni el nombre de Atta ni el de
los otros presuntos secuestradores aparecen en las listas de pasajeros
de los aviones destruidos. Tampoco se han dado a conocer imágenes
de las cámaras del aeropuerto que les muestren subiendo a
esos aviones. Sobran los comentarios.
Todos estos hechos vienen ampliamente detallados en el libro junto
con muchos más, que no es posible mencionar aquí por
su extensión. El autor hace un recorrido por las conexiones
entre los supuestos activistas de Al Qaida y el aparato de inteligencia
norteamericano, la implicación financiera de la familia Bush
y el grupo Carlyle con la familia de Bin Laden, las consecuencias
del 11-M en Marruecos y en las relaciones políticas y económicas
del Reino alauí con EEUU, el misterio que se esconde detrás
del supuesto suicidio de los miembros del comando terrorista del
11-M en Leganés, el intento de borrar pistas que supuso la
profanación del cadáver del policía muerto
en la explosión de Leganés, la falta de pruebas sustanciales
contra los detenidos en España por su presunta pertenencia
a Al Qaida y muchos más temas. En suma, un libro imprescindible
para todos aquellos que desean conocer la verdad, más allá
de las mentiras o semiverdades oficiales, sobre los atentados del
11- S y 11-M y las fuerzas e intereses que se ocultan detrás
de ellos.
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