.REDACCIÓN
as torturas y humillaciones cometidas contra los prisioneros iraquíes
por parte de militares, contratistas privados y agentes de los servicios
de inteligencia de EEUU ha levantado un escándalo internacional
que amenaza con salpicar en la actualidad a la cúpula dirigente
de la Administración Bush.
Dentro de EEUU, han comenzado a oírse voces que piden la
inmediata dimisión de Donald Rumsfeld como secretario de
Defensa, por considerarle el máximo responsable del escándalo.
Algunos miembros del Congreso -como la líder demócrata
en la Cámara de Representantes, Nacy Pelosi, y el senador
Edward Kennedy- han pedido a Bush que proceda a la destitución
de Rumsfeld señalando que este escándalo de las torturas
ha supuesto otro duro golpe para la imagen de EEUU en el mundo y
ha contribuido a deteriorar aún más las relaciones
con el mundo árabe e islámico.
Otros congresistas han reconocido más o menos públicamente
que, en realidad, no sólo tendría que ser cesado Rumsfeld,
sino también la totalidad de su equipo, incluyendo al secretario
de Defensa adjunto, Paul Wolfowitz; el presidente de la Junta de
Jefes de Estado Mayor, Richard Myers; y otros altos responsables
civiles y militares del Pentágono implicados en las torturas
o encargados de la supervisión de las cárceles iraquíes.
La comparecencia de Rumsfeld en la sesión del Comité
de Servicios Armados del Senado el pasado 7 de mayo fue muy tensa,
aunque finalmente ningún legislador republicano acabó
uniéndose a las peticiones de dimisión de los demócratas.
Cuando la Casa Blanca estuvo segura de que contaba con el apoyo
de los congresistas republicanos en este tema y comprobó
que, según las encuestas, un 70% de los norteamericanos no
consideraba tampoco necesario que el secretario de Defensa dimitiera
por el escándalo de las torturas, salió entonces públicamente
en su defensa. El primero en hacerlo fue el vicepresidente, Dick
Cheney, que declaró que Rumsfeld era "el mejor secretario
de Defensa que EEUU haya tenido jamás". Más tarde,
el propio Bush pronunció otro discurso respaldando a Rumsfeld
en unos términos sumamente elogiosos: "Tú has
liderado a nuestra nación en la guerra contra el terrorismo.
Estás haciendo un trabajo soberbio. Eres un secretario de
Defensa fuerte y la nación tiene contraída contigo
una enorme deuda de gratitud". Bush reiteró de nuevo
su apoyo a Rumsfeld después de que se supiera que éste
había ordenado la detención secreta de un iraquí,
presunto miembro de un grupo radical, durante siete meses, sin notificar
dicho arresto a la Cruz Roja. 
En realidad, una posible destitución de Rumsfeld tendría
un elevado coste político para Bush, pues el secretario de
Defensa ha sido el principal arquitecto de la guerra de Iraq. Su
relevo equivaldría así a admitir que toda la política
norteamericana en el tema de Iraq ha sido un error y esto destruiría
también la carrera de Bush, que ha manifestado en múltiples
ocasiones que su propio futuro político está vinculado
a lo que suceda en dicho país. Asimismo, una destitución
de Bush sería interpretada, a juicio de los asesores del
presidente, como un signo de debilidad a unos pocos meses de las
elecciones, y esto es algo que Bush desea evitar a toda costa.
Sin embargo, las cosas no parecen ser lo mismo en público
que en privado. El New York Times y el Washington Post han revelado
recientemente, basándose en fuentes no desveladas de la propia
Administración Bush, que Bush habría amonestado privadamente
a Rumsfeld por no haberle advertido acerca de la existencia de las
fotografías de los prisioneros torturados con anterioridad
a que éstas salieran publicadas en los medios. Según
esas mismas fuentes, el secretario de Estado, Colin Powell, y otros
miembros del Departamento de Estado estarían también
furiosos por la actitud del Pentágono de mantenerlos en la
ignorancia con respecto a los resultados de sus investigaciones
en este tema y por haber desoído sus advertencias acerca
de las posibles consecuencias que podrían acarrear los maltratos
a los presos en las prisiones de Iraq, así como las de Afganistán
y Guantánamo.
Por su parte, Los Angeles Times sostiene que Bush fue informado
personalmente por Rumsfeld de la existencia de los abusos el pasado
mes de enero, lo cual viene a arrojar dudas sobre la actuación
del presidente en este tema.
Divisiones en la cúpula política y militar
Cabe señalar, sin embargo, que el rechazo de muchos políticos
y militares norteamericanos a la continuidad de Rumsfeld al frente
del Departamento de Defensa no es fruto solamente del escándalo
de las torturas a los presos iraquíes, sino que tiene que
ver, por encima de todo, con el fracaso de la ocupación estadounidense
en Iraq. Recientemente, la Administración Bush ha pedido
una nueva partida de fondos, cifrada en unos 25.000 millones de
dólares, destinada a sostener su esfuerzo bélico en
Iraq y Afganistán, lo cual eleva el coste total de ambas
guerras, desde 2001 hasta la actualidad, a la astronómica
cifra de 191.000 millones. Lo peor de todo es que, dada la actual
situación en Iraq, estos costes seguirán aumentando.
Muchos responsables políticos en Washington no olvidan tampoco
que Rumsfeld aseguró en vísperas de la guerra al Congreso
y a la opinión pública norteamericana que el número
de soldados estadounidenses en Iraq quedaría reducido a algunas
decenas de miles (quizá unos 50.000) a finales de 2003, dado
que los "liberados iraquíes" podrían hacerse
cargo de gran parte de las tareas de seguridad. En la actualidad,
sin embargo, EEUU está librando una guerra de guerrillas
en Iraq con la que pocos contaban y que le obliga a mantener a 135.000
soldados desplegados de forma permanente en ese país, cifra
elevada pero insuficiente para lograr un control efectivo de la
situación. A esto hay que añadir que el número
de militares estadounidenses fallecidos supera ya la cifra de 800
y el de heridos alcanza los varios miles.
El crecimiento del número de bajas norteamericanas ha hecho
también que la opinión pública de EEUU haya
comenzado a cambiar su postura con respecto a la guerra. Tras los
fuertes combates de abril en diversas ciudades iraquíes y
el estallido del escándalo de las torturas, el apoyo a la
política de Bush en Iraq cayó aún más.
De hecho, las encuestas difundidas por la agencia Gallup en los
meses de mayo y junio de este año señalaban ya que
un 55% de los estadounidenses consideraban que la guerra de Iraq
no había valido la pena y se oponían a la actuación
del presidente en el conflicto. Esto es especialmente preocupante
para Bush, ya que el aspecto de su gestión que ha merecido
una mayor tasa de aprobación por parte de los norteamericanos
es precisamente su condición de "líder del país
en guerra", ya sea ésta contra Iraq o "contra el
terrorismo".
Por su parte, la prensa norteamericana, que difundió con
bastante profusión las fotos de los prisioneros iraquíes
torturados -más por razones sensacionalistas que de oposición
sincera a la actuación de las tropas norteamericanas en Iraq-
se ha posicionado también en este tema. Dos influyentes medios,
el New York Times y el Boston Globe, han pedido recientemente la
destitución de Rumsfeld en sendos editoriales. En ellos,
se juzgaba al secretario de Defensa como un hombre "arrogante
e incompetente". Esto hace pensar que algunos sectores políticos
y mediáticos están intentando aprovechar el escándalo
de las torturas en Iraq para expulsar a Rumsfeld de su cargo por
su incapacidad para resolver los desafíos políticos
y militares a los que hace frente el Ejército estadounidense
en Iraq. En este sentido, los dos editoriales cuestionaban abiertamente
los planes de Rumsfeld para Iraq y el del Globe le acusaba además
de haber "transformado lo que debía haber sido una misión
de liberación en una ocupación llena de riesgos".
Esto deja claro que las críticas de estos diarios a Rumsfeld
no están motivadas por las torturas a los presos iraquíes
o su decisión de invadir ilegalmente otro país, sino
por su fracaso en llevar esta invasión a buen puerto.
No cabe duda de que la actual situación en Iraq preocupa
seriamente a numerosos políticos y militares en Washington.
Recientemente, el congresista John Murtha, un político del
ala derecha del Partido Demócrata y con estrechas conexiones
con el Pentágono, afirmó que la guerra de Iraq "no
se podía ganar" y atacó públicamente la
estrategia y los errores cometidos por la Administración
Bush en este conflicto.
Estas manifestaciones de Murtha y las disputas casi públicas
entre el Pentágono y el Departamento de Estado son, en realidad,
un reflejo de las divisiones que existen dentro del establishment
político y militar de EEUU a propósito de la guerra.
Resulta significativo a este respecto un duro editorial publicado
recientemente en el periódico Army Times -de titularidad
privada, pero ampliamente leído en el Pentágono y
por los militares norteamericanos en todo el mundo-, en el que se
indicaba claramente que la responsabilidad por los abusos en Iraq
alcanzaba a los escalones más altos, es decir, al secretario
de Defensa y al general Myers, jefe de la Junta de Jefes de Estado
Mayor. El periódico señalaba que ambos eran culpables
de negligencia profesional. "La petición de responsabilidades
por estos hechos es esencial, incluso si ello implica el retirar
a los jefes supremos del servicio en tiempo de guerra", concluía
el editorial.
Algunos altos jefes militares retirados, como el antiguo jefe del
Mando Central de EEUU, el general Anthony Zinni, y su homólogo
del Mando Sur, el general Barry McCaffrey, han advertido también
que el Ejército norteamericano se encuentra sobreextendido
en la actualidad, en especial por causa de la guerra de Iraq. Otros
altos responsables militares no han hecho tampoco un secreto de
su resentimiento hacia Rumsfeld y Wolfowitz -que, al igual que otros
de los actuales dirigentes civiles del Pentágono, nunca participaron
en combates- por la forma en que ambos destituyeron al antiguo jefe
del Estado Mayor, Eric Shinseki.
Shinseki advirtió antes de la guerra que se necesitarían
al menos 200.000 soldados para ocupar Iraq después de la
invasión, afirmación ésta que fue rechazada
con desdén por Wolfowitz. De hecho, ni este último
ni Rumsfeld acudieron a la ceremonia de despedida del cargo de Shinseki.
No cabe duda, sin embargo, de que al final la historia le ha dado
la razón.
Crímenes de guerra
En realidad, la existencia de los casos de tortura en Iraq no debería
de extrañar a nadie, si se tiene en cuenta la existencia
del precedente de Afganistán, donde fueron cometidos graves
crímenes de guerra por parte de las tropas norteamericanas
y sus aliados afganos. Cabe recordar, por ejemplo, lo ocurrido tras
la rendición de la fortaleza de Kunduz en noviembre de 2001.
En aquel entonces, Rumsfeld manifestó que EEUU "no estaba
interesado en negociar rendiciones" y señaló
que aunque los talibanes afganos podrían quedar en libertad
en base al acuerdo de rendición, los combatientes extranjeros
que luchaban con ellos no debían esperar misericordia. "Mi
esperanza es que mueran o que sean hechos prisioneros", señaló.
Al final, sin embargo, ambos grupos tuvieron que afrontar las dos
opciones planteadas por Rumsfeld. Un año más tarde,
Jamie Doran, un productor de la televisión británica,
mostró en un documental como cientos de estos prisioneros
-tanto talibanes como "combatientes extranjeros"- murieron
asfixiados en los contenedores de los camiones que los llevaban
a la prisión de Shebargan. Según señala la
revista Newsweek (26 de agosto de 2002), "cuando los contenedores
fueron finalmente abiertos, una masa de orina, sangre, heces, vómito
y carne podrida era todo lo que quedaba de aquellos prisioneros...
Los jefes de la prisión recibieron entonces la orden de deshacerse
de aquellas pruebas rápidamente". La revista añadía
que "las fuerzas norteamericanas trabajaron entonces estrechamente
con los aliados (es decir, las fuerzas de la Alianza del Norte),
en lo que bien podría calificarse de crímenes de guerra".
En lo que se refiere a los 600 prisioneros talibanes que sobrevivieron
a los contenedores, éstos "fueron llevados a un lugar
en el desierto, cercano a la prisión, y ejecutados en presencia
de 30 ó 40 miembros de las fuerzas de operaciones especiales
de EEUU" (Globe and Mail, 19 de diciembre de 2002).
Diversos artículos publicados en las pasadas semanas han
puesto de manifiesto también la existencia de numerosas advertencias
y denuncias tempranas de lo que ocurría en Abu Graib y otras
prisiones de Iraq, lo cual sugiere que el Pentágono supo
con mucha antelación a la publicación de las fotos
lo que estaba pasando. Cabe recordar que los abusos reflejados en
las fotos tuvieron lugar entre octubre y diciembre de 2003. En esas
fechas, al menos un soldado norteamericano informó de estos
hechos a sus superiores, que dieron a su vez parte a Washington.
Sin embargo, en el intervalo de cinco meses que transcurrió
entre estas denuncias y la publicación de las fotos en los
medios de comunicación norteamericanos, Rumsfeld no hizo
nada por impedir tales hechos.
Por su parte, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR)
ha manifestado que advirtió ya en enero de 2004 a Rumsfeld;
a la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice; al secretario
adjunto de Defensa, Paul Wolfowitz; y al administrador civil norteamericano
en Iraq, Paul Bremer, que los abusos masivos que tenían lugar
en las cárceles de Iraq "equivalían de hecho
a torturas", señala Pierre Kraehenbuehl, director de
operaciones del Comité. Kraehenbuehl añadió
que las investigaciones realizadas por el CICR mostraban la existencia
de "unas pautas de actuación y un sistema" en la
realización de estos abusos, lo cual desmiente que fueran
"actos individuales aislados de miembros de las fuerzas de
la coalición". En una visita realizada en el mes de
octubre de 2003 a Abu Graib, los observadores del CICR fueron testigos
de la práctica de "mantener a personas completamente
desnudas en celdas de cemento, en una total oscuridad y durante
varios días consecutivos". El informe de la Cruz Roja
señala también que los sospechosos "eran duramente
golpeados por el personal (de las fuerzas de la coalición)"
y "un hombre, identificado como Baha Daud Salim, de 28 años
de edad, falleció a consecuencia de estos malos tratos".
Según indica el informe, "los otros presos le oyeron
gritar pidiendo ayuda". El documento de la Cruz Roja revela,
por último, citando a responsables de inteligencia de la
coalición, que "entre el 70% y el 90% de los detenidos
en las prisiones de Iraq, han sido arrestados por error".
Como muestra más de la mala fe de Rumsfeld y su intención
de ocultar las torturas, cabe mencionar su reciente orden, que prohibe
el uso de teléfonos móviles con cámaras en
las instalaciones militares de EEUU, según desvela el periódico
The Business. Al parecer, el Pentágono está convencido
de que algunas de las fotos de las torturas que han salido a la
luz fueron tomadas precisamente con este tipo de cámaras.
Los documentos del Pentágono
Igualmente graves para Rumsfeld han sido las revelaciones contenidas
en algunos documentos desclasificados por la Casa Blanca. Uno de
ellos desvela concretamente que el secretario de Defensa aprobó
en diciembre de 2002 una serie de "técnicas de interrogatorio",
equivalentes de hecho a torturas, que iban a ser utilizadas con
los presos de la cárcel de Guantánamo. Los documentos
desvelan que entre las técnicas aprobadas se encontraban
las de desnudar a los prisioneros, mantenerlos aislados durante
períodos de hasta 30 días, alargar sus interrogatorios
hasta unas 20 horas, privarles de luz, atemorizarles mediante el
uso de perros y aplicarles "contactos físicos moderados
que no causen heridas".
La aprobación de estas técnicas por parte de Rumsfeld
fue una consecuencia de una petición realizada por el general
Geoffrey Miller, jefe del campo de detención de Guantánamo,
que se quejó de que "las actuales directrices existentes
acerca de los procedimientos de interrogatorio limitan la capacidad
de los interrogadores de quebrar la resistencia de los detenidos".
Poco después de recibir esta petición, Rumsfeld aprobó
la utilización de las técnicas descritas anteriormente.
El documento desclasificado por la Casa Blanca señala, sin
embargo, que tal aprobación fue revocada por medio de otra
orden del propio Rumsfeld, fechada el 15 de enero de 2003. Sin embargo,
en abril de 2003 Rumsfeld aprobó una nueva lista de técnicas
de interrogatorio que permitía un incremento significativo
en el nivel de temor que se podía causar a un detenido, así
como "cambios en su dieta" o "ajustes de sueño".
Por su parte, el senador demócrata Patrick Leahy, de Vermont,
ha acusado a la Casa Blanca de desclasificar sólo los documentos
que le interesan, lo cual deja abierta la puerta a la posible existencia
de material aún más comprometedor para Rumsfeld y
otros miembros de la Administración Bush.
Cabe añadir que un memorándum fechado el 1 de agosto
de 2002 y elaborado por un consejero legal del gobierno norteamericano,
Jay S.Bysee, dio también su conformidad al empleo de dichas
técnicas, en base a que éstas iban a ser empleadas
en "actuaciones regidas por la buena fe (!) y no por la intención
maliciosa o sádica de causar daños". "La
regulación federal que establece la prohibición de
las torturas no será violada (por la aplicación de
estas técnicas) porque ninguna de ellas está dirigida
a causar un severo dolor físico o un daño mental prolongado",
señalaba el memorándum.
Cabe señalar que el carácter monstruoso de estas afirmaciones,
más dignas de un psicópata que de un asesor legal
de un gobierno, no escapó a los abogados de la Casa Blanca,
que se apresuraron a distanciarse públicamente de las afirmaciones
contenidas en este documento. Uno de estos abogados, Alberto Gonzalez,
manifestó que el memorándum contenía únicamente
"teorías legales abstractas" y que "no corresponde
a las políticas que la Administración decidió
finalmente adoptar".
Pese a esta actitud de distanciamiento oficial, los hechos sugieren
que los puntos de vista expresados por Bysee eran compartidos por,
al menos, una buena parte de los miembros del gobierno norteamericano.
Un artículo publicado el 24 de junio por el New York Times
señala a este respecto que "algunos de los responsables
de la Administración Bush que recibieron el memorándum
trabajaron después para elevar a su autor, Jay S. Bysee,
a la categoría de juez federal". Bysee fue nominado
así por el presidente Bush en 2002, el mismo año de
la publicación del memorándum, para ocupar el puesto
de juez en el Tribunal de Apelaciones del Distrito Noveno de EEUU,
con sede en Las Vegas. Este nombramiento fue ratificado el pasado
año por el Senado.
El Programa de Acceso Especial
Por su parte, la revista New Yorker publicó el pasado 24
de mayo un extenso reportaje, fruto de las investigaciones del periodista
Seymour M. Hersh -ganador del Premio Putitzer por su cobertura de
la masacre de civiles vietnamitas a manos de soldados de EEUU en
la aldea de My Lai en 1968, durante la Guerra de Vietnam-, que incluía
también varias revelaciones muy comprometedoras para Rumsfeld.
En este reportaje se señalaba que Rumsfeld y uno de sus más
cercanos subordinados, el subsecretario de Defensa para temas de
Inteligencia Stephen Cambone, aprobaron la expansión de un
programa secreto, conocido con el nombre de Programa de Acceso Especial
(Special-Access Program - SAP), que permitía la realización
de "duros interrogatorios" a miembros detenidos de Al
Qaida, para que pudiera ser utilizado también con los prisioneros
que se encontraban en la cárcel de Abu Graib, con el fin
de extraerles la información que tuvieran acerca de la resistencia
iraquí. Esto permitió a los militares estadounidenses,
señala Hersh, "operar en Iraq como habían hecho
en Afganistán", es decir sin límite alguno.
La expansión de este programa permitía, entre otras
cosas, la realización de "presiones físicas"
y humillaciones sexuales a los detenidos. Hersh habló con
varios agentes de inteligencia en activo y retirados que le comunicaron
diversos detalles del programa, que es también conocido por
la comunidad de inteligencia con otros nombres, además del
SAP, entre los que cabe mencionar el de Copper Green (Cobre Verde).
Algunos de estos responsables manifestaron a Hersh que el programa
había recibido la aprobación de la consejera de Seguridad
Nacional de EEUU, Condoleezza Rice, y que el propio Bush había
sido informado de su existencia.
El artículo de Hersh ha servido para poner en entredicho
las afirmaciones de Rumsfeld y otros responsables militares estadounidenses
de que lo sucedido en las prisiones iraquíes había
sido el fruto de la actuación individual de un grupo de militares
descontrolados. Las revelaciones del artículo demuestran,
por el contrario, la existencia de un programa secreto de interrogatorios,
aprobado por las más altas esferas y que contemplaba el uso
de las torturas.
Por su parte, el New York Times informó el pasado 16 de mayo
de la existencia de un centro de interrogatorios altamente secreto
en Bagdad, adonde eran trasladados los prisioneros para ser interrogados
durante períodos relativamente cortos de tiempo, antes de
ser devueltos a la cárcel de Abu Graib. Los interrogadores
del centro eran agentes especiales de inteligencia. Según
reveló un oficial norteamericano, cuyo nombre no se desvela,
al Times nadie podía entrar en dicho centro sin la autorización
del teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las fuerzas
norteamericanas en Iraq.
El oficial reveló también que el ya mencionado Geoffrey
Miller, jefe del campo de detención de Guantánamo,
visitó el centro en septiembre en un viaje destinado, según
el Times, a "resolver los problemas referentes a las detenciones
e interrogatorios en Iraq". El general Miller estuvo acompañado
en este viaje por un experto en detenciones, que hizo sugerencias
en materia de seguridad a los responsables del centro.
Las afirmaciones de Hersh sobre la presunta aprobación, por
parte de Rumsfeld y Cambone, de la aplicación del Programa
de Acceso Especial a prisioneros iraquíes fueron rápidamente
desmentidas por la portavoz jefe del Pentágono, Lawrence
di Rita, que se negó incluso a reconocer la existencia del
programa. "Todo es pura fantasía", señaló.
Por su parte, Stephen Cambone reconoció en una sesión
del Senado la existencia de algunas de estas "técnicas
de interrogatorio", como la utilización de perros para
atemorizar a los prisioneros, pero insistió en que ellas
habían sido aprobadas por los jefes militares de EEUU en
Iraq "y no por el Pentágono".
El propio New York Times señala, sin embargo, que algunos
elementos del artículo de Hersh, como la utilización
de presiones físicas coercitivas en los interrogatorios,
habían salido ya anteriormente a la luz en relación
a los prisioneros talibanes y de Al Qaida capturados en Afganistán.
La visita de Miller a Iraq sugiere claramente que, pese a los desmentidos
del Pentágono, estos programas sí se aplicaron allí.
En realidad, la responsabilidad criminal que recae sobre Rumsfeld
no puede ser achacada únicamente a él mismo. Ella
es, sin duda, el reflejo de la política criminal e ilegal
que la actual Administración Bush ha venido poniendo en práctica
en los últimos años en diversas partes del mundo bajo
la cobertura de la "guerra contra el terrorismo". Los
objetivos de la política estadounidense -es decir, el establecimiento
de una hegemonía norteamericana e israelí en la zona
de Oriente Medio- implican necesariamente la comisión de
un número creciente de crímenes con el fin de intentar
mantener por la fuerza su dominio sobre los pueblos de la región.
El escándalo de las torturas de Abu Graib es, en este sentido,
una diminuta punta de un iceberg mucho mayor, que irá saliendo
a la luz en los próximos meses y años. No obstante,
no hay duda de que la firme oposición de la población
iraquí y de otros países de la zona a estos planes
neocoloniales hará fracasar éstos, con independencia
de que sea Rumsfeld o cualquier otro individuo el encargado de ponerlos
en práctica. |