.REDACCIÓN
uando Iyad Allawi, un antiguo colaborador de la CIA, se convirtió
en primer ministro de Iraq, el pasado 28 de junio, las dos primeras
decisiones que tomó fueron las de pedir un ataque aéreo
norteamericano contra una vivienda de Faluya –en la que erróneamente
pensaba que se encontraba uno de los líderes de la resistencia
iraquí- y promover una legislación que contempla la
posibilidad de imponer una ley marcial, la restauración de
la pena de muerte, la prohibición de manifestaciones públicas
y el establecimiento de puntos de control en cualesquiera lugares
del país.
Algunos iraquíes comenzaron a llamar a partir de entonces
a Allawi “el Saddam norteamericano”. Sin embargo, es
dudoso que estas leyes tengan mucho éxito, ya que gran parte
del territorio iraquí se haya en la actualidad bajo el control
de la resistencia, incluyendo ciudades como Faluya, Samarra, Ramadi
y Baquba. Por su parte, el líder shií Muqtada al Sadr
ha señalado ya que la resistencia tiene que incrementarse
porque la ocupación extranjera no ha terminado.
Allawi hubo de competir para lograr el cargo de primer ministro
con el líder del Congreso Nacional Iraquí, Ahmed Chalabi,
un antiguo estafador condenado por apropiarse indebidamente de unos
fondos bancarios en Jordania. Chalabi era el favorito de los neoconservadores
del Pentágono para ocupar el cargo de primer ministro, pero
su polémica figura sufrió el rechazo de la CIA y el
Departamento de Estado. Chalabi y Allawi son primos por matrimonio.
Ambos son shiíes, pero laicos. Sin embargo, Allawi mantiene
buenas relaciones con la CIA y, a diferencia de Chalabi, no quiere
expulsar de sus cargos a los antiguos baasistas, sino utilizarlos
en su propio beneficio.
Los británicos intentaron ya controlar Iraq en los años
veinte mediante un gobernante títere pero fracasaron. Adam
Hochschild, profesor de la Universidad de California, ha comparado
en un reciente artículo el nuevo Iraq con el sistema de bantustanes
de Sudáfrica durante la era del apartheid, un esquema que
al final fracasó.
Algunas personas que conocieron bien a Allawi en su juventud, en
los años sesenta, señalan que éste era en aquel
tiempo un entusiasta partidario del gobierno del Partido Baaz iraquí.
Allawi llegaba al campus de la Universidad de Bagdad, donde estudiaba
medicina, con una pistola y vigilaba a los demás estudiantes.
Más tarde, fue enviado a Londres por el Partido Baaz para
espiar a los estudiantes iraquíes que residían allí.
Allawi era en esa época el líder en Europa de la Asociación
de Estudiantes Iraquíes en el extranjero. Desde ese cargo,
investigó a muchos estudiantes y denunció a los “traidores”
y disidentes que había entre ellos. Éstos últimos
fueron castigados, a menudo de forma expeditiva. Un antiguo agente
de la CIA, Vincent Cannisatraro, declaró recientemente al
semanario New Yorker: “Si me preguntan si Allawi tiene manchadas
las manos de sangre desde sus días de Londres, la respuesta
es que sí . Él estuvo implicado en un trabajo sucio
para la Mujabarat (la policía secreta iraquí)”.
Ruptura con Saddam
En 1971, Allawi rompió con el régimen de Saddam Hussein,
que desempeñaba el cargo de vicepresidente del país
desde 1969. Se habló entonces de diferencias de tipo personal
entre ambos. Otros hablan de un divorcio ideológico. Según
estos últimos, Allawi, que era un baasista de mentalidad
tradicional, no vio con buenos ojos cómo los ideales de socialismo
y nacionalismo árabe habían sido traicionados por
Saddam, que basaba su poder en una política de tipo tribal
y, más concretamente, en su clan de Tikrit.
Allawi abandonó el Partido Baaz y se convirtió en
un exiliado. Primero residió en el Líbano y, más
tarde, regresó a Londres. Poco después, pasó
a colaborar con el MI6 británico. Allawi había ocupado
cargos importantes en el Partido Baaz y conocía muchos detalles
de éste, que suministró al MI6. El 4 de febrero de
1978 agentes de la Mujabarat le asestaron tres golpes con un hacha
en su residencia de Londres. Allawi resultó herido, pero
salvó su vida porque los agresores le creyeron muerto. Más
tarde, fue llevado por el MI6 a una clínica de Francia donde
se recuperó.
A principios de los años ochenta, Allawi visita varios países
de Oriente Medio como Siria, Kuwait, Arabia Saudí y otros.
En 1983 los servicios de inteligencia saudíes se interesan
por su persona. Ese año crea en Yedda (Arabia Saudí)
la emisora Radio del Iraq Libre, que apenas se escuchará
en Iraq, pero que le permitirá continuar figurando entre
las personalidades más activas de la oposición iraquí
y situarse entre los candidatos con más probabilidades de
desempeñar un cargo elevado en un futuro Iraq sin Saddam.
En 1991 Allawi funda, con el apoyo de los servicios de inteligencia
norteamericanos y británicos (el propio Allawi afirma haber
recibido fondos de 15 servicios de inteligencia), el partido Al
Wiqaf (Acuerdo Nacional Iraquí) con el que pretendía
participar en la política iraquí en el caso de que
las tropas estadounidenses continuaran su camino a Bagdad, tras
liberar Kuwait de tropas iraquíes, y poner fin al régimen
de Saddam. Dicho partido, que no tenía ninguna base social,
estaba integrado por un puñado de antiguos miembros del Partido
Baaz y ex oficiales del Ejército iraquí.
Según publicó el Washington Post el pasado 8 de junio,
citando como fuente a “varios antiguos oficiales de inteligencia
norteamericanos”, a principios de los años noventa
la organización de Allawi llevó a cabo diversas actividades
armadas en Iraq. Varios de sus integrantes fueron enviados entonces
a Bagdad, bajo el patrocinio de la CIA, “con el fin de poner
bombas y sabotear algunas instalaciones del Gobierno”.
El antiguo oficial de la CIA Robert Baer recuerda que en este período
el grupo de Allawi “hizo explotar un autobús escolar
y varios niños resultaron muertos”. Asimismo, a mediados
de los noventa Bagdad afirmó que varios terroristas habían
colocado una bomba en un cine, provocando un gran número
de muertos civiles. Los oficiales de la CIA recuerdan que el grupo
de Allawi era el único que estaba implicado en actividades
tales como la colocación de bombas y la realización
de actos de sabotaje en esa época en Iraq.
El fiasco de la CIA
En 1996, la CIA sufrirá, por culpa de Allawi, el que algunos
autores han calificado como “el más colosal fracaso
de su historia, tras el asunto de Bahía Cochinos”.
En octubre de 1995, Chalabi convenció a sus mentores norteamericanos
para que financiaran un levantamiento popular iraquí que
se iniciaría en el Kurdistán. Allawi, sin embargo,
no creyó ni por un segundo en las posibilidades de éxito
de este plan. El tiempo le dio la razón y la sublevación
terminó de forma desastrosa.
Cuatro meses después, y autorizada a regañadientes
por el presidente Bill Clinton, que se hallaba en plena campaña
para la reelección, la CIA puso en marcha una nueva iniciativa
dirigida a derrocar a Saddam y destinó seis millones de dólares
para financiarla. No se trataba en esta ocasión de una rebelión,
sino de un golpe militar. Detrás de este plan se encontraba
el propio Allawi. Aparte del apoyo de la CIA, Allawi contaba también
con el de algunos gobiernos árabes de la región. Arabia
Saudí y Kuwait donaron también varios millones de
dólares para la operación. Jordania, por su parte,
se convirtió en la base logística desde la que el
golpe se preparó.
Allawi comunicó a sus mentores de la CIA que la operación
contaba con el apoyo de varias decenas de oficiales iraquíes
de alto rango, con los que él había mantenido el contacto
en estos años. Allawi creía entonces que el golpe
podría triunfar y quería ya por anticipado extraer
una rentabilidad política del mismo, que le sirviera posteriormente
para convertirse en el hombre fuerte de Iraq. Sólo de esta
forma puede explicarse su decisión de anunciar al Washington
Post “la inminencia de una operación secreta”
contra el régimen de Saddam. Nadie creyó entonces
en esta revelación, salvo el propio Saddam, cuyos servicios
de seguridad habían capturado a uno de los correos enviados
por Allawi a los conspiradores que se hallaban en el interior de
Iraq. El 20 de junio de 1996 comenzaron los arrestos. En sólo
diez días, 30 generales, implicados de una u otra forma en
la conjura, fueron ejecutados. Otras 120 personas con vínculos
con la CIA o la conspiración fueron detenidas también
de forma inmediata. En total, se calcula que la purga acabará
afectando a unas 800 personas. En resumen, uno de los fracasos más
sonoros de la CIA en su historia.
En 2002 Allawi, que continuaba exiliado en Londres, casi envía
también al paro al primer ministro Tony Blair al convencerle
de que Saddam tenía armas de destrucción masiva que
podían convertirse en operativas “al cabo de 45 minutos”
de recibir la correspondiente orden. Esta alegación fue incluida
en un informe oficial del gobierno británico dado a conocer
en septiembre de 2002, con el que se quería preparar a la
opinión pública del Reino Unido para la ya inminente
guerra de Iraq. Allawi participó también en varias
reuniones de alto nivel en el Pentágono y el Departamento
de Estado en las que se planificó la guerra de Iraq.
Tras la guerra y como recompensa a su colaboración, Paul
Bremer, jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición
(APC), nombró a Allawi miembro del Consejo de Gobierno Iraquí.
Dentro del Consejo, se encargó de dirigir el Comité
de Seguridad, que tenía a su cargo la construcción
de un nuevo ejército, policía y servicio de seguridad.
El propio New York Times citó recientemente a un experto
en temas iraquíes, que manifestó: “Iyad tiene
una mentalidad militar, desea un gobierno fuerte y quiere también
un poderoso ejército”. Por su parte, Los Angeles Times
añadió: “A aquellos que desean un futuro democrático
para Iraq, el historial de Allawi puede parecerles bastante preocupante”.
Allawi apuesta también por el neoliberalismo económico.
Su partido, el Acuerdo Nacional Iraquí, señala en
su programa que es necesario “autorizar al sector privado
para que participe en todas las actividades económicas y
permitir que sea este sector el que marque la dirección que
ha de tomar la economía”. El gobierno interino de Allawi
funcionará en este campo bajo las pautas establecidas por
la APC. Los decretos para la privatización de todos los sectores
de la economía, aprobados por Bremer, permanecen en vigor,
así como los que establecen la apertura de la economía
iraquí a las inversiones extranjeras. Los miembros de los
organismos reguladores de la economía, nombrados por Bremer,
no pueden ser destituidos tampoco de sus cargos por los nuevos ministros
del gobierno interino.
En realidad, el gobierno que preside Allawi está condenado
a la impotencia. Su presupuesto es de sólo 20.000 millones
de dólares al año, aunque, según diversos cálculos,
necesita 30.000 millones para poder funcionar. La mitad de aquella
cantidad procederá además de las rentas del petróleo,
lo cual permite suponer que tales fondos se reducirán habida
cuenta de los atentados contra oleoductos que tienen lugar en Iraq
en la actualidad. El gobierno no tiene tampoco capacidad para recaudar
impuestos. El verdadero poder residirá pues en el embajador
norteamericano, John Negroponte, que controlará la ayuda
de 18.400 millones de dólares que procede de la Agencia Norteamericana
para el Desarrollo Internacional (USAID) y en el secretario de Defensa,
Donald Rumsfeld, que dirige el Ejército estadounidense. Allawi
será, pues, una marioneta encargada de poner en práctica
sólo lo que Washington le encargue.
En un discurso dirigido a la nación tras su nombramiento,
Allawi mostró su agradecimiento a los ocupantes norteamericanos
“que tanto han sacrificado para liberarnos”. Esta actitud
contrasta con la de otros miembros del gobierno interino iraquí
que evitaron prudentemente utilizar este lenguaje a sabiendas de
que heriría la sensibilidad del iraquí medio. Allawi
señaló también que el país necesitaría
más ayuda para “derrotar a los enemigos de Iraq”.
Mientras sus compatriotas acusados de apoyar a la resistencia estaban
siendo detenidos por unas fuerzas invasoras extranjeras y torturados,
maltratados y violados en prisiones como Abu Graib, Allawi felicitaba
al ejército ocupante por su actuación en Iraq. De
esta forma, Allawi pone de manifiesto una total ausencia de dignidad
y moral no sólo como dirigente, sino también como
persona.
Ejecución de prisioneros
La imagen de Allawi sufrió un nuevo y duro golpe cuando
el pasado 17 de julio el periódico australiano Sydney Morning
Herald publicó un reportaje de su enviado a Bagdad, Paul
McGeough, que desvelaba que Allawi habría matado personalmente
con una pistola a seis jóvenes sospechosos de pertenecer
a la resistencia en una comisaría de Bagdad, justo unos días
antes de que Washington entregara formalmente el control de Iraq
al gobierno que preside. El periódico citaba como fuente
a dos testigos del suceso. Los nombres de tres de los muertos fueron
también conseguidos por el Herald: Ahmed Abdullah Ahsamei,
Amir Lutfi Mohammed y Ahmed al Kutsia.
Según el relato, los prisioneros, esposados y con los ojos
vendados, fueron alineados contra un muro en un patio adyacente
a un bloque de celdas de máxima seguridad en el que estaban
detenidos, dentro de la prisión de Al Amariyah, en el suroeste
de la ciudad. Allí fueron ejecutados por el primer ministro
que efectuó varios disparos a la cabeza de cada uno de ellos,
según manifestaron al Herald los testigos. Éstos añadieron
que una docena de policías iraquíes y cuatro norteamericanos
que pertenecían al equipo de seguridad de Allawi presenciaron
la escena en total silencio. Asimismo, indicaron que el ministro
del Interior del gobierno interino, Falah al-Naqib, estaba presente
en el lugar y felicitó a Allawi después de la ejecución.
Tras abatir a los presos, Allawi había manifestado que con
esta acción quería mostrar a la policía cómo
debía tratar a los insurgentes. Uno de los testigos describió
estas muertes como “un acto de misericordia”. “Estuvieron
felices de morir ya que previamente habían sido duramente
golpeados por la policía de dos a ocho horas al día
para hacerles hablar”.
Tras sacar los cadáveres del lugar de la ejecución
el general Raad Abdullah, el jefe de la prisión, celebró
un encuentro con los policías que trabajan en la misma y
les pidió que no mencionaran lo que allí había
ocurrido. “Abdullah manifestó que se trataba de un
tema relativo a la seguridad”, señala el Herald. Uno
de los testigos indicó también que había visto
a varios policías, entre ellos los guardaespaldas del primer
ministro, apilar los cadáveres en una furgoneta Nissan, que
partió a continuación, pero afirmó ignorar
lo qué había ocurrido con ellos. El otro testigo manifestó,
sin embargo, que los cuerpos habían sido enterrados en un
descampado desértico situado no lejos de la cárcel
de Abu Graib, al oeste de Bagdad.
Cabe señalar que los dos testigos fueron interrogados de
forma independiente y separada por el Herald, por lo que cada uno
de ellos no sabía de la existencia del otro. Además,
ninguno de ellos fue a ofrecer su testimonio al periódico,
sino que fue éste el que los encontró. Ambos aceptaron
a hablar bajo la condición del anonimato y no recibieron
ningún dinero por la información.
Un portavoz de Allawi ha negado, sin embargo, que éste hubiera
dado muerte a los prisioneros. Tras afirmar que el primer ministro
“ni siquiera ha visitado esa prisión”, el portavoz
señaló que se trataba de un montaje creado por los
“enemigos del gobierno interino” con el fin de desprestigiar
a éste. No obstante, Allawi ha manifestado públicamente
a los miembros de la nueva policía iraquí que deben
“mostrar coraje” en su trabajo y que él mismo
les protegerá de las posibles consecuencias en el caso de
que maten a insurgentes “en el cumplimiento de su deber”.
Por su parte, McGeough mostró, en una entrevista concedida
a la Australian Associated Press, su convicción de que los
relatos de los testigos eran verídicos e indicó que
ambos habían realizado su declaración ante él
con ciertas reticencias. Ambas declaraciones coincidían en
los detalles, pese a ser independientes y no conocer, como se ha
mencionado, cada testigo la existencia del otro. Esto permite suponer,
según McGeough, que son auténticas.
En lo que respecta a la prensa norteamericana, ésta ignoró
en su mayor parte la historia de las ejecuciones. Una excepción
fue el periódico Philadelphia Inquirer, que señaló
que si este relato se confirmaba finalmente, esto supondría
el mayor desastre de la política norteamericana en Iraq,
superando incluso al escándalo de las torturas en la prisión
de Abu Graib. Por su parte, el ex ministro británico de Exteriores,
Robin Cook, manifestó que era vital que la Cruz Roja investigara
estas alegaciones y se descubriera si eran ciertas o no.
La designación de Allawi como primer ministro viene también
a poner de manifiesto el tipo de democracia que EEUU desea implantar
en Iraq y en todo el mundo árabe. Se trata de una democracia
con elecciones controladas, un fuerte aparato represivo y una economía
de “libre mercado” que favorezca únicamente a
las compañías estadounidenses y a una reducida élite
económica local. La elección de Allawi es otra demostración
más de la falsedad de las afirmaciones de la Administración
Bush de que uno de los objetivos de la invasión de Iraq era
el “liberar al pueblo iraquí”. El nombramiento
de Allawi deja claro que el verdadero fin de la política
estadounidense en Iraq no era el de llevar la libertad al pueblo
de Iraq, sino el de cambiar una dictadura de corte nacionalista
por otra sumisa a los dictados de Washington.
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