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a decisión de EEUU de votar en contra de una resolución,
presentada por varios países árabes en la Asamblea
General de la ONU, que contenía un llamamiento dirigido a
Israel para que respete la decisión del fallo del Tribunal
Internacional de Justicia, que el pasado 9 de julio pidió
la demolición del Muro que Israel está construyendo
en Cisjordania, es otro ejemplo más de cómo el gobierno
norteamericano protege a un estado paria, que pretende situarse
por encima de la ley internacional, de las decisiones de los tribunales
de justicia y de la opinión pública del mundo. La
amenaza subsiguiente de un posible veto en el Consejo de Seguridad
de la ONU a una propuesta de resolución que exija a Israel
el cumplimiento del veredicto del Tribunal pone de manifiesto que
el gobierno estadounidense acepta estas pretensiones israelíes
y considera que Israel no puede ser objeto de sanciones o de una
represalia internacional por muchos delitos y crímenes que
cometa.
La votación en la Asamblea General de la ONU fue también
una muestra de la soledad que sufre Washington a nivel internacional
en relación a este tema. Con la excepción del gobierno
conservador australiano de John Howard, y de otros tres diminutos
países de Oceanía, cuyas economías dependen
completamente de EEUU y Australia, Washington se quedó solo
votando, junto con Israel, frente a toda la comunidad internacional,
incluyendo a la Unión Europea y a su aliada Gran Bretaña.
La excusa dada por Washington para intentar justificar su posición
–que el tema del Muro es político y no jurídico,
por lo que el TIJ no debería haber entrado a valorarlo- se
cae por su propio peso, después de que el propio Tribunal
afirmara su competencia en este asunto, por considerar que la expropiación
de tierras, la comisión de graves violaciones de los derechos
humanos y la negación del derecho a la autodeterminación
del pueblo palestino son cuestiones de naturaleza jurídica.
En realidad, esta postura de EEUU es otra afrenta, y ya van muchas,
a toda la comunidad internacional y, muy especialmente, al bloque
de países árabes y musulmanes. Desde el inicio de
su mandato, y tomando como excusa los atentados del 11-S, la Administración
Bush ha lanzado una guerra contra dos países musulmanes y,
en el caso de Iraq, de forma claramente ilegal al dejar de lado
al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Lo más paradójico
del caso es que Washington ha intentado justificar sus agresiones
ilegales y violaciones del Derecho Internacional basándose
en el supuesto incumplimiento de Bagdad de su obligación
de desarmarse, hecho éste que al final quedó desmentido
cuando ni siquiera los equipos enviados por EEUU después
de la guerra a Iraq encontraron las supuestas armas de destrucción
masiva.
Esto demuestra que la actual Administración de EEUU no siente
ningún respeto por la ley internacional y considera que las
resoluciones de la ONU son sólo útiles cuando sirven
para justificar sus propios ataques militares a otros países
a los que acusa de incumplir tal o cual normativa.
Resulta también otro gesto de hipocresía que el gobierno
norteamericano afirme que desea la democracia para Oriente Medio.
Si se atiende al ejemplo de Iraq, puede verse que Washington ha
optado por poner al frente de su gobierno a un primer ministro,
Iyad Allawi, con un dilatado historial de delaciones y crímenes
y al que los propios iraquíes denominan el “Saddam
norteamericano”. Esto demuestra que EEUU no ha tenido nunca
un interés real en democratizar Iraq e intenta, por el contrario,
instaurar allí una dictadura sumisa que reprima a los iraquíes,
pero proteja los intereses de los inversores norteamericanos, acepte
la permanencia de tropas y bases estadounidenses y se pliegue ante
la hegemonía de Israel en la zona.
Así pues, el único motivo por el que Washington puede
estar interesado en promover la democracia en Oriente Medio es el
conseguir instalar allí regímenes marioneta, lograr
el acceso al poder de individuos sobornados que acepten poner los
intereses del gobierno de EEUU por encima de los de sus propios
países y pueblos, e implantar en esas naciones medios de
comunicación que no estén al servicio de la información,
sino de la propaganda en favor de las tesis de EEUU e Israel.
Esto no quiere decir, sin embargo, que la democracia no sea un objetivo
deseable para los países de Oriente Medio. Por el contrario,
la democracia sería la solución a la mayor parte de
los problemas que estos países arrastran en la actualidad,
tales como la mala gestión de sus gobiernos, la corrupción
y otros. Sin embargo, el desafío que habrán de afrontar
los estados de la zona será el de buscar fórmulas
para que esta democratización no sea aprovechada por fuerzas
externas hostiles que desean debilitar su independencia en los terrenos
político y económico.
En suma, hay que negar a la Administración Bush el derecho
a hablar de “democracia” o “libertad” cuando
sus propios actos demuestran su total desprecio por estos conceptos
y por la propia legalidad internacional. El Departamento de Estado
puede seguir gastando dinero en panfletos como “La Vida Musulmana
en América” que no convencen a nadie en el mundo árabe
y musulmán. Mientras su actuación siga siendo la de
proteger a un estado paria como Israel para evitar que sea sancionado
por su incumplimiento de todo un cúmulo de resoluciones y
fallos judiciales, no habrá nada que hacer. EEUU seguirá
teniendo los índices más altos de rechazo no sólo
en los países árabes y musulmanes, sino en todo el
mundo. Y muchos millones de personas dejarán de consumir
productos norteamericanos para no dar su dinero a los mismos que
muestran un desprecio tan absoluto hacia sus opiniones e intereses.
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