.REDACCIÓN
l pasado 6 de julio se desveló uno de los principales misterios
de la campaña electoral estadounidense cuando el candidato
demócrata, John Kerry, anunció la elección
del senador por Carolina del Norte, John Edwards, de 51 años,
como su candidato a la Vicepresidencia del país. Así
pues, el tándem Kerry-Edwards será el encargado de
hacer frente a la candidatura republicana de Bush-Cheney en las
elecciones presidenciales que tendrán lugar el próximo
2 de noviembre.
Durante la pasada campaña electoral, Edwards se convirtió
en el candidato revelación al vencer el 3 de febrero en Carolina
del Sur y quedar en un segundo puesto, justo detrás de Kerry,
en todos los estados en los que se presentó. Según
la prensa norteamericana, su personalidad dinámica, su encanto
sureño y su atractivo físico contrastan con la imagen
mucho más distante y adusta de Kerry. Además, el origen
humilde y sureño de Edwards supone también un choque
con la personalidad de Kerry, un millonario de Nueva Inglaterra,
hijo de un diplomático y casado con una rica heredera.
Hijo de un obrero textil, Edwards se convirtió en un abogado
millonario representando a perjudicados por errores médicos
y a demandantes contra grandes compañías farmacéuticas
y de otro tipo. El caso más célebre en el que Edwards
ha intervenido fue uno en el que consiguió una indemnización
de 25 millones de dólares para la familia de una niña
que había sufrido un accidente en una piscina debido al funcionamiento
de una bomba extractora mal instalada.
Esto le hizo popular en su estado y facilitó su llegada al
Senado. Por el contrario, la actitud de Edwards le hizo ser odiado
y temido, al mismo tiempo, por las grandes empresas. En un discurso
pronunciado a principios de este año, Edwards denunció
la existencia de las “dos Américas” que existen
bajo el gobierno de Bush: “la que trabaja y la que recibe
los frutos”, “la que paga impuestos y la que se beneficia
de reducciones fiscales”. “Vosotros y yo podemos cambiar
eso”, prometió. Asimismo, Edwards propuso la creación
de un seguro médico de amplia cobertura y un plan, por valor
de unos 3.000 millones de dólares, para que los miembros
de familias de bajos ingresos puedan estudiar en la universidad.
Edwards ha criticado asimismo la postura de Bush en temas como la
guerra de Iraq y su rebaja de impuestos a las personas que ganan
más de 200.000 dólares.
Estas declaraciones le permitieron presentarse ante la opinión
pública como el defensor de las clases medias y le hicieron
también ganarse el apoyo de la principal federación
sindical de EEUU, la AFL-CIO, que se felicitó públicamente
en un comunicado por la elección de Edwards como candidato
a la Vicepresidencia, y le describió como “alguien
de una gran integridad que dice la verdad y que trabajará
desde su cargo para defender los intereses de las familias trabajadoras”.
En su carrera hacia la nominación para la Vicepresidencia,
Edwards tuvo que superar la oposición de algunos poderosos
rivales, como el líder de la minoría demócrata
en la Cámara de Representantes, Dick Gephardt, de Missouri.
Gephardt tenía a su favor sus estrechos vínculos con
los sindicatos y su larga carrera y experiencia en el Partido Demócrata.
Sin embargo, sus malos resultados en las dos ocasiones en las que
ha concurrido como candidato en las primarias le convirtieron en
un pobre candidato en comparación con Edwards.
De momento, la elección de Edwards parece haber sido bien
recibida por la opinión pública norteamericana. Un
sondeo de la cadena CBS le mostró como el candidato mejor
valorado para la Vicepresidencia e indicó que un 72% de los
norteamericanos tenía una opinión favorable o muy
favorable de él. Muchos medios cinematográficos y
mediáticos han comenzado también a movilizarse en
contra de Bush. Hay que mencionar a este respecto el impacto que
está teniendo el estreno de la película-documental
Fahrenheit 9/11 en EEUU, y que puede servir, entre otros factores,
para movilizar al electorado liberal y de izquierda. Numerosos sectores
empresariales, en especial los de la llamada “nueva economía”,
han comenzado también a apoyar a Kerry por temor a los perjuicios
económicos que la política unilateralista y belicista
de la Administración Bush está generando a las empresas
norteamericanas que operan en el exterior.
Apoyos en el Sur
No cabe duda también de que, con la nominación de
Edwards, los demócratas esperan también poder ganar
votos e influencia en el Sur, una de las regiones más conservadoras
de EEUU, donde los republicanos detentan en principio una clara
ventaja sobre sus rivales.
En realidad, y durante un siglo (desde la Guerra Civil hasta 1964),
el Sur fue tradicionalmente demócrata, debido, sobre todo,
a la desconfianza que producía el Partido Republicano, el
Partido de Abraham Lincoln, al que se consideraba estrechamente
vinculado a los intereses de los Estados del Norte. Esto era posible
debido a la existencia de una corriente ultraconservadora en el
Partido Demócrata, formada por políticos blancos racistas
y partidarios de la segregación racial. Sin embargo, esta
corriente sureña fue definitivamente derrotada en 1964, tras
la aprobación del Acta de Derechos Civiles. Esto llevó
al conservadurismo sureño a cambiar de partido e integrarse
en el Republicano, que había dejado de ser en este tiempo
un partido basado en los nobles ideales de Lincoln y se había
convertido en el refugio de los sectores más ultras y reaccionarios
del espectro político norteamericano.
Así pues, en las últimas décadas el voto blanco
sureño ha ido a parar mayoritariamente a los republicanos,
con la excepción del de los afroamericanos, que va dirigido
en bloque a los demócratas. Esta regla quiebra, sin embargo,
cuando el candidato demócrata es del Sur, tal y como sucedió
con Jimmy Carter, que era originario de Georgia, o Bill Clinton,
que procedía de Arkansas. En realidad, bastaría con
que los demócratas se aseguraran la victoria en Florida,
uno de los estados que posee un mayor número de compromisarios,
que serán posteriormente los encargados de elegir al presidente,
para garantizar un victoria a nivel nacional, siempre y cuando consigan
también ganar en estados como Nueva York, Illinois y California.
Reacción republicana
La reacción de la Administración Bush y su equipo
de campaña a la nominación de Edwards ha sido la de
presentar a este último como un candidato sin experiencia
en política exterior y un adversario de las empresas, que
se ha enriquecido a costa de éstas con sus demandas judiciales.
El presidente de la Asociación Nacional de Fabricantes de
América, Jerry Jasinowski, declaró también,
en este sentido, al diario New York Times que las grandes compañías
norteamericanas están más preocupadas por las demandas
ante los tribunales que por el terrorismo, China o los altos precios
de la energía. Jasinowski acusó a Edwards de ser un
“adversario radical de las compañías”
que “ha probado de forma ostensible en el Congreso su hostilidad
hacia las empresas y la industria”.
La Cámara de Comercio Americana, la mayor organización
patronal de EEUU, hizo saber antes de la designación de Edwards
que si éste era elegido como candidato a la Vicepresidencia,
podría abandonar su tradicional política de neutralidad
para apoyar abiertamente la candidatura republicana.
En todo caso, el peor obstáculo para el tándem Kerry-Edwards
puede venir de sus propias contradicciones internas. Un reciente
artículo del periódico Los Angeles Times señalaba
a este respecto que ambos políticos demócratas tienen
poca credibilidad para criticar a Bush en el tema de Iraq, ya que
ellos mismos votaron en octubre de 2002 en favor de la decisión
del Congreso que autorizó el lanzamiento de la guerra. Si
ahora alegan que fueron engañados por las declaraciones de
los responsables de la Administración Bush, esto les haría
parecer como débiles y crédulos ante la opinión
pública, ya que muchos de sus colegas demócratas sí
criticaron en su día tales alegaciones y se opusieron a la
guerra.
Kerry ha tratado de acallar las críticas por su voto en favor
de la guerra señalando que lo que él pretendía
era dar a Bush una fuerza negociadora, para que pudiera ejercer
una presión creíble sobre Iraq, en coordinación
con sus aliados, pero no para que llevara a cabo una invasión
unilateral. El problema reside en que lo que Kerry afirma haber
querido no se corresponde con lo que efectivamente votó.
En realidad, ni Kerry ni Edwards merecen por su trayectoria ni su
oportunismo un voto de confianza del electorado norteamericano.
Su única esperanza estriba probablemente en convencer al
pueblo estadounidense de que ellos son, en cualquier caso, un mal
menor en comparación con el extremismo de la Administración
Bush. |