.REDACCIÓN
l pasado 19 de julio, Filipinas completó la retirada de su
contingente de Iraq con el fin de salvar la vida de un rehén
filipino, Angelo de la Cruz, que había sido secuestrado el
7 de julio anterior por insurgentes iraquíes. Los últimos
soldados de la fuerza de 51 hombres que Filipinas mantenía
en Iraq abandonaron su base en Hillah, al sur de Bagdad, con destino
a Manila. Ese mismo día regresó también a Filipinas
el jefe del contingente, el general de brigada Jovito Palparan.
Pocas horas después, De la Cruz fue puesto en libertad.
La decisión de retirarse de Iraq, tomada por la presidenta
del país, Gloria Macapagal Arroyo, se produjo tras una intensa
movilización popular en contra de la permanencia de las tropas
filipinas en el país árabe. Una de las principales
fuerzas detrás de esta movilización fue la organización
Migrante, que representa a los trabajadores filipinos que han emigrado
al extranjero y, en especial, a los países petrolíferos
del Golfo Pérsico. Migrante advirtió al Gobierno que
la presencia de las tropas en Iraq ponía en peligro no sólo
a los 4.000 trabajadores filipinos que se encuentran en dicho país,
sino también a los 1,4 millones de filipinos que residen
en Oriente Medio. En total, 7,5 millones de filipinos trabajan en
el extranjero y las remesas de dinero que envían a sus familiares
en las islas se han convertido en la principal fuente de divisas
del país. Según el diario de Singapur Strait Times,
el pasado año estos trabajadores enviaron 7.600 millones
de dólares a Filipinas, cantidad ésta que equivale
al 7,5% del PIB del país. Un economista filipino, Jesús
Felipe, ha indicado que “sin estas remesas de divisas, la
economía filipina se encontraría en una situación
muy precaria”. Precisamente, los envíos de divisas
de estos emigrantes fueron el principal factor que ayudó
a mantener a flote la economía filipina durante los difíciles
años que siguieron al estallido de la crisis financiera asiática
de 1997.
Otro factor que ha influido en la retirada filipina es el cambio
que ha experimentado la situación en Iraq en los últimos
meses. Cuando Filipinas decidió enviar un contingente de
tropas a dicho país el pasado año lo hizo, al igual
que el resto de los países que integran la coalición
de ocupantes de Iraq, pensando en que podría obtener como
recompensa más ayuda económica y militar de Washington
y participar en los contratos de reconstrucción. El hecho
de que la invasión y la subsiguiente ocupación fueran
ilegales desde el punto de vista del Derecho Internacional no pareció
importar gran cosa a las autoridades filipinas. Sin embargo, el
surgimiento del movimiento de resistencia contra los ocupantes cogió
por sorpresa a las autoridades filipinas al igual que al resto de
países de la coalición. El riesgo de que los soldados
filipinos se vieran implicados en combates o, peor aún, de
que se produjeran bajas en el contingente alarmó a las autoridades
de Manila temerosas de una fuerte reacción interna, tal y
como ha sucedido en otros países asiáticos. La salida
de los contingentes de Nicaragua, España, Honduras, República
Dominicana y otros países fue otro factor más determinante
en la decisión de Manila de sacar sus tropas de Iraq. Asimismo,
el secuestro de De la Cruz acabó de convencer a las autoridades
filipinas de que su participación en la ocupación
de Iraq estaba dañando los intereses de Filipinas a nivel
internacional.
Críticas norteamericanas
La decisión del gobierno de Manila de retirar a sus tropas
de Iraq fue duramente criticada por el gobierno estadounidense,
que acusó a Filipinas de “capitular ante las demandas
de los terroristas”. Un alto responsable norteamericano declaró
el pasado 18 de julio a la agencia Associated Press que Washington
iba a revisar sus vínculos con Filipinas a la luz de la decisión
tomada por el Ejecutivo de Arroyo.
El propio presidente Bush advirtió a Manila que “no
puede haber paz separada con los terroristas” y afirmó
que la decisión filipina de retirar sus tropas era “un
error”. El 20 de julio, el mismo día que De la Cruz
llegaba al aeropuerto de Manila, el embajador de EEUU en Filipinas,
Francis Ricciardone, regresó a Washington para realizar consultas
acerca del estado de las relaciones entre ambos países tras
la retirada filipina.
En los últimos años, el gobierno filipino ha dependido
de la ayuda estadounidense para hacer frente a la guerrilla comunista
y a los separatistas musulmanes de la isla de Mindanao. Sin embargo,
las advertencias de que la retirada filipina podría llevar
a un recorte de la ayuda económica o militar de EEUU a Filipinas
parecen, cuando menos, exageradas. Cabe recordar que Filipinas es
el único estado del Sudeste Asiático, junto con el
diminuto Singapur, que ha aceptado un despliegue estadounidense
en la región, por lo que es dudoso que Washington esté
dispuesto a provocar un enfrentamiento abierto con Manila.
En realidad, la retirada filipina deja en evidencia, una vez más,
que la “coalición” de países que ocupa
Iraq se halla en una posición muy precaria. Recientemente,
Tailandia ha anunciado también que piensa sacar su contingente
de Iraq en un breve plazo. Esto pone de manifiesto no sólo
el aislamiento de la política norteamericana en Iraq, sino
también el creciente deterioro de la situación en
el país.
Algunos países del Sudeste Asiático han recibido de
forma positiva la decisión filipina de retirarse Iraq. “Se
trata de una decisión soberana. Creo que han tenido en cuenta
cuáles son sus intereses a la hora de tomarla”, señaló
el ministro de Exteriores de Malasia durante una rueda de prensa
celebrada en Manila.
Por su parte, las organizaciones de la izquierda filipina han saludado
también la decisión de Arroyo. Renato Reyes, portavoz
del partido Bayan, que ha estado realizando protestas en los últimos
meses en contra del despliegue de tropas filipinas en Iraq, calificó
el regreso de los militares como “una victoria para Angelo
De la Cruz y para todo el pueblo de Filipinas”. |