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El indigenismo (III):
el indigenismo como término político


Dra. Gihane Mahmoud Amin

E l indio, el campesino y el indigenismo

El movimiento indigenista, como se ha aclarado, nace junto con toda aquella ola de reivindicaciones nacionales y movimientos sociales de principios de siglo. De ahí que sus ideales y metas, desde sus orígenes, se entremezclaran con las de otras militancias revolucionarias, dentro de las cuales el indio pierde su carácter y sus peculiaridades étnicas, se convierte en una clase explotada dentro del proletariado, y
se confunden sus necesidades con las del campesinado. De ahí también que desde el principio se haya defendido su integración como clase social, más que como minoría étnica. Estos criterios han creado confusiones dentro de los mismos postulados indigenistas que empujan a considerar dicho movimiento, por lo menos en sus orígenes, casualmente indigenista. Y así debió de entenderlo Marta Portal al sostener que la corriente indigenista es “accidentalmente, un movimiento indianista esencialmente, un movimiento liberador contra la opresión; por tanto, económico y social”. En ese sentido, el indigenismo, más que la defensa de los derechos de las comunidades indígenas, en sus inicios abogó por una justicia a favor de todas las clases sociales que sufrían cualquier tipo de discriminación social. Pero el indigenismo no puede reducir al indio a ser un proletario más. Entre otras razones,
porque el sector de la población que consideramos indio no constituye en sí una clase social, aunque suele formar parte de la clase más desfavorecida: el campesinado, que a su vez es explotado dentro de “un sistema de producción precapitalista o feudal. En tanto que el proletariado lo es en un sistema de producción capitalista”. Y ese es el motivo por el cual cuando el movimiento intentó definir sus metas para orientar la acción indigenista, pronto dio muestras de ambigüedad.
Paralelamente la política indigenista durante los años cuarenta se decantó por el empleo del término campesino, en sustitución del de indio, y algunos políticos hasta la actualidad siguen siendo propensos a incluir al indio dentro del campesinado, porque según ellos el concepto de indio o indígena separa más que une. Esa tendencia, de fundamento marxista, los actuales movimientos indigenistas la consideran racista, además de ilusoria, ya que mediante otra denominación está negando una realidad visible. Por otro lado en México, al manifestarse el
movimiento indigenista como parte de las propuestas constitucionales de la Revolución Mexicana surge estrechamente unido a su política agraria, sobre todo con políticas como las de Lázaro Cárdenas y de Miguel Alemán, que supeditaron la mejora socioeconómica del indio al problema agrario, propugnando la eliminación
del latifundismo y la devolución de las tierras a los indios. Por ese motivo, en la práctica muchas veces el indigenismo se redujo a ser una reforma campesina que tan sólo atacó cuestiones de índole económica. Pero “no termina la reforma campesina con el rescate del indio ni con su nuevo comportamiento social, porque el objetivo
económico incluía la superación de toda reticencia de las antiguas clases dominantes no sólo mediante el reparto justo de la tierra, sino a través del otorgamiento de recursos y tecnología al campesino [...y] si la reforma agraria era radical, más radical era el latifundismo”. Además, aunque el indígena en su economía depende esencialmente de la agricultura, sobre todo del maíz, que sigue siendo el cultivo más importante en la Mesoamérica actual, también hay que tener presente que no todos los indios son agricultores. Se da un porcentaje, aunque mínimo, de aborígenes que “se dedican a la caza o a la pesca, en adición a las labores campesinas, así como a la alfarería y a la industria textil, de carácter doméstico y pequeña escala. Muchos indios dejan sus comunidades temporalmente para trabajar como peones en haciendas, o como obreros en la industria maderera”. Tan sólo puntualizamos que con el término campesino se mantiene una valoración social y no racial del indio y de sus problemas. Por consiguiente, se está negando toda una identidad cultural, histórica y lingüística, que las novelas objeto de
nuestro estudio pretende reivindicar. Por otro lado, al igual que el indio, el mestizo suele formar parte del campesinado: “Una gran parte de la población mestiza mexicana, que hoy compone el grueso de la población no india, campesina y urbana, difícilmente se distingue por su apariencia física, de los miembros de cualquier comunidad que reconocemos indiscutiblemente como india: desde el punto de vista genético, unos y otros son producto de un mestizaje en el que predominan los rasgos de origen mesoamericano”. Sin embargo son dos sectores distintos, pues las demandas de unos y otros, al igual que los problemas a los que se enfrentan, no son
los mismas. A otro nivel, los programas indigenistas no tardaron en abrirse camino dentro de la política oficial y el movimiento consigue fundar sus propias organizaciones, que se propusieron estudiar y mejorar la situación única y exclusiva del indio americano. Así la política indigenista oficial de México, a la vez que reconocía que
“el problema indígena es un aspecto especial del problema campesino y que requiere, sin el menor sentido discriminatorio, un tratamiento especial”, se encontró obligada a remover una política indigenista mediante el Instituto Nacional Indigenista, con el fin de proteger las culturas indígenas, su integridad y su diversidad. Puesto que las “poblaciones indígenas -afirma Aguirre Beltrán- no son propiamente campesinas subdesarrolladas, son, en lo esencial, grupos étnicos de cultura diferente que tiene una gran cohesión interna y que presentan una gran
resistencia a la integración, cuando ésta pretende preservar los mecanismos dominantes que segregan a los indígenas en posiciones ostensibles de subordinación”.

Los Congresos Indigenistas Interamericanos

El indigenismo es un movimiento político y literario que en teoría pretende dar a conocer la realidad india, “ya no a través de la vieja sensiblería romántica, sino por la vía directa de la solución de sus graves problemas sociales”188. Este movimiento se institucionaliza con la creación de una Comisión Permanente, a raíz
de la Declaración LXII del Acta final del Primer Congreso Indigenista, en el que todos los países americanos con población india estuvieron representados. Desde entonces, de forma oficial, se empieza a tomar en consideración la importancia del problema indio tanto cualitativa como cuantitativamente: “El problema de los grupos indígenas de América es de interés público, de carácter continental y relacionado con los propósitos afirmados de solidaridad entre todos los pueblos y gobiernos del Nuevo Mundo”.
Los países afectados tardaron en ratificar las resoluciones del Primer Congreso: México y Estados Unidos fueron los primeros, en 1941, seguidos de Ecuador, que lo hizo un año más tarde. Perú lo hizo en 1943 y Bolivia, en 1945, mientras que Chile sólo lo haría en 1968. Con la ratificación de la Convención Internacional por los cinco primeros países en 1942, se establece de forma definitiva el Instituto Indigenista Interamericano (orgánicamente depende de la OEA). Desde 1942 hasta 1949, “otros nueve países se adhirieron y ratificaron la Convención,
pasando a ser miembros del Instituto”. De 1949 hasta 1959, como países contratantes ingresaron “Argentina, Brasil y Costa Rica, lo cual eleva a 17 el número de países que integran el Instituto”. Y partiendo de la Recomendación 58, del Segundo Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en 1949 en Cuzco, se invita a los gobiernos de “Cuba, Chile, Haití y Uruguay”, cuyos representantes estuvieron presentes, a que se “adhieran y ratifiquen la respectiva Convención Internacional e ingresen al seno del Instituto Indigenista Interamericano (III), en aras de la solidaridad continental, aunque su propio problema indígena sea de escasa importancia o no exista en absoluto”. El Congreso Indigenista Interamericano de Pátzcuaro, que asentó los primeros parámetros oficiales de la ideología indigenista continental, por su carácter fundacional es considerado el más importante y se convierte en un órgano de asesoramiento y coordinación. De ahí que se le asignen las siguientes tareas:
1) Preparar personal especializado en temas indígenas.
2) Mantener vínculos permanentes con los países americanos en lo referente a los problemas de los indios.
3) Fomentar la fundación de Institutos Indigenistas Nacionales, para promover la política indigenista.
4) Efectuar encuestas científicas que ayuden a orientar los diversos programas indigenistas nacionales.
A estos efectos, se crean tres clases de organismos:
I) Los Congresos Indigenistas Interamericanos.
II) El Instituto Indigenista Interamericano (III), que nace de la convención LXXII de Pátzcuaro (1940) con sede en México (D.F.) y es fundado por Manuel Gamio en 1941.
III) Los Institutos Indigenistas Nacionales, que son órganos oficiales.
A otro nivel, de las recomendaciones del Primer Congreso de Pátzcuaro podemos destacar las bases sobre las que se sustenta la doctrina indigenista; entiéndase las normas y medidas que se deben aplicar para mejorar la condición de vida de las comunidades indígenas. A saber:
A) Proteger las culturas indias como parte del acervo nacional de cada país y fomentar sus valores positivos.
B) Enseñar al indio la lengua nacional para facilitar su integración y para que pueda comunicarse con los otros grupos de la nación y, por consiguiente, pueda relacionarse con el mundo exterior.
C) Fomentar el respeto a la personalidad y cultura indígenas, resaltando la importancia de preservar la lengua materna del indio y aprovecharla para su preparación cultural.
D) El principio básico de igualdad de derechos: proporcionar las mismas posibilidades a las comunidades indias, sea promoción social, sean facilidades para acceder a la tecnología moderna u otras; siempre que toda actividad que se realice dentro de la comunidad sea con el consentimiento de la misma.
E) Estudiar el problema agrario, enfocado desde perspectivas sociales y económicas.
Tras el primer Congreso Indigenista Interamericano se celebraron otros cuyas sucesivas resoluciones representan el pivote central de toda la acción indigenista. El II Congreso Indigenista, en el que participaron 13 países, se llevó a cabo del 24 de junio al 4 de julio de 1949, en Cuzco, Perú. En lo referente al indio, se estudiaron
cinco temas, que se dividieron en secciones: biología, antropología, socio-economía, educación y situación jurídica de las comunidades indígenas. Durante este Congreso se volvió a insistir en la importancia de fundar Institutos Indigenistas Nacionales filiales del Instituto Indigenista Interamericano, a los que se debía dotar de la
correspondiente partida presupuestal, para que tuviesen una existencia efectiva. Así mismo, se subrayó la necesidad de que fueran dirigidos por personas competentes en temas indígenas. Y se recomendó a los gobiernos que creasen bibliotecas especializadas en materia indígena, por medio de las cuales se facilitaría la difusión de “obras que traten del asunto indicado”; ello para una justa valoración de lo indígena. Por lo que también se recomendó “que los gobiernos, instituciones y personas interesadas en la cultura del indio, intercambien los ensayos, los estudios, las leyes y toda la producción literaria, especialmente por intermedio de los Ministerios de Educación y Trabajo, de los Departamentos de Asuntos Indígenas y de los Institutos Indigenistas de cada país”.
El III Congreso tuvo lugar cinco años más tarde, del 2 al 13 de agosto de 1954, en La Paz, Bolivia. Es de destacar que durante el mismo se reivindicó un mejor trato para el indio, se hizo hincapié en la importancia de alfabetizar a las poblaciones indígenas y se volvió a estudiar el problema de la tierra, insistiendo en su significado
para el indio. Así mismo se realizaron diversas estadísticas y censos en el área de la antropología, demografía y régimen familiar, empleando un abecedario similar para aymaras y quechuas.
En el IV Congreso, celebrado en Guatemala, 1959, participó un delegado del Seminario de Estudios Indigenistas de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid.
En Octubre de1964, tuvo lugar el V Congreso, en Quito. El VI Congreso, que duró del 15 al 21 de abril de 1968, vuelve a celebrarse en Pátzcuaro. De su resolución nº 35, se establece la obligación de efectuar una evaluación cada 28 años de la labor indigenista, para poder valorar sus logros y fracasos, y poder así decidir mantener la labor, mejorarla o reorientarla. Para este efecto se realizó un trabajo de campo en seis
países americanos donde el problema del indio se presenta con mayor relevancia y tipicidad: Ecuador, Perú, Brasil, Bolivia, Guatemala y México. En este último país la estancia tan sólo duró un mes. El VII Congreso se celebró en Brasilia, en agosto de 1972. El VIII se llevó a cabo del 17 al 21 de Noviembre de 1980, en Mérida, estado de Yucatán, México. Y el IX, del 28 de Octubre al 2 de Noviembre de 1984, en la ciudad de Santa Fe, Nuevo México, Estados Unidos de América. Así, con el fin de mejorar la situación de las poblaciones indígenas, los Congresos Indigenistas Interamericanos se fueron celebrando como mínimo cada cuatro años, de forma
rotativa, en los distintos países del continente.

Objeciones a ciertas resoluciones indigenistas

Como en parte hemos visto, en todos los Congresos se replantean los mismos problemas: Política, Administración, Agricultura y Propiedad, Irrigación, Promoción Social, Alimentación, Personal indigenista, Aspectos jurídicos, Salud Pública, Economía, Antropología Aplicada, Asistencia Social, Mujer y Familia indígena, Educación, Lingüística, Investigación, Patrimonio Cultural, Artes plásticas, Música y Danza, etc. No obstante, no pocas resoluciones invitan a hacer una lectura entre líneas y a cuestionarse ciertos postulados indigenistas: algunos por ser inoperantes, otros por su aplicación ineficaz. Nosotros más bien tendremos presente la postura del indigenismo oficial mantenida hasta la década de los 60, ya que es ese primer indigenismo el que condicionó, en muchos aspectos, el tono de la narrativa indigenista perteneciente al ciclo de Chiapas, meta final de nuestra investigación. Así el Primer Congreso propone proteger las culturas indias como parte del
acervo nacional de cada país, fomentar los valores que según criterios científicos se consideren positivos y sustituir los que se juzguen negativos por otros beneficiosos para la comunidad. Mas esta declaración no tiene en cuenta que existen valores humanos que escapan a una evaluación científica. Este mismo Congreso, habiendo
escuchado las demandas de los delegados de diferentes tribus indígenas, entre otros los tzotziles, otomíes, zapotecas, coras y tarahumaras, aconseja a los gobiernos proteger las artes populares indígenas, la música, la danza y el teatro autóctonos. Y el Segundo Congreso recomienda dar a conocer el arte y la cultura indias. Pero el verdadero arte indígena aún está lejos de ser potenciado. Lo que realmente se fomentó fue una artesanía en serie, barata y con poca originalidad, que si beneficia es a los mestizos, a quienes garantiza ganancias seguras; en cuanto a las comunidades indígenas se refiere, a éstas tan sólo las ayuda a sobrevivir. Este congreso se propuso
así mismo imponer al indio el matrimonio legal, “por sus ventajas personales y sociales”; según artículo aprobado el 20 de abril de 1940. En otros términos, impone la normativa del matrimonio occidental, sabiendo que ésta no tiene ninguna importancia para los afectados. Dentro de la sección educativa, la nota 25 del acta final del Segundo Congreso aconseja prohibir el alcohol durante las festividades indias y “sugerir a las autoridades civiles y eclesiásticas para que adopten las medidas más convenientes a fin de desterrar terminantemente en los indígenas el consumo de bebidas alcohólicas en las fiestas patrióticas y religiosas”. Y en la nota 29 se recomienda “que los países que tengan población indígena inicien una cuidadosa investigación de la cantidad de alcohol, peyote u otros tóxicos que se consumen, y si hay evidencias que indiquen peligrosidad para la masa indígena”. Estas resoluciones desde luego son paternalistas, puesto que en el fondo están amparadas en la creencia de la minoría de edad de los indios, pues no se aplican con los no indios, sean mexicanos u otros, que sufren los mismos problemas de alcoholemia. Además pasan por alto el valor sagrado que estas sustancias tienen para los mismos: “¿Cómo iban a celebrar sus fiestas religiosas, sus ceremonias civiles, los acontecimientos de su vida familiar? El alcohol es imprescindible en los ritos. Y los ritos continuaban siendo observados con exacta minuciosidad. Las mujeres aún continuaban destetando a sus hijos dándoles a chupar un trapo empapado de posh”. A otro nivel, fueron las mismas autoridades coloniales las que se encargaron de convertirlo en arma de sumisión y embrutecimiento. El peruano Manuel González Prada afirma que “el indio sólo recibe lo que le dan: fanatismo y aguardiente”. De ello también se deja constancia en las obras indigenistas. En los Congresos, en todos, se suele prestar especial atención al problema agrario. Incluso bajo la presidencia de Cárdenas, en México, se inicia una verdadera política agraria, pero luego repentinamente se interrumpe, como si el problema
dejase de existir. La narrativa indigenista deja testimonio de ello: “Cuando asomó el gobierno para dar las tierras ya, cuando hay, entendía yo de veredas. Cuando, en después, las volvieron a quitar, ya no había quien supiera más que yo”. Asimismo se insiste en la importancia de alfabetizar al indio, en enseñarle el castellano y no su
lengua materna; como si ésta careciera de importancia, provocando que el mismo indígena no valore ni su lengua ni su cultura: como directriz internacional se acordó el uso de las lenguas nativas como vehículo para enseñar a los indios el español, puesto que ello facilitaría su integración dentro de la sociedad nacional. La narrativa indigenista también deja constancia de esas disposiciones gubernamentales: “para enseñar a hablar castilla, el Gobierno nombró doce maestros para los parajes” chamulas. Pero también aclara que fueron campañas poco duraderas: “a los treinta años se acabó la campaña, y nos quitaron a todos el cargo; ahora, la gente que quiere
aprender castilla compra aceite guapo en las boticas de San Cristóbal, porque dicen que es bueno para aprender a hablar”.
El IV Congreso aconseja eliminar los pagos en especie, siendo el sistema de trueque una de las formas que tiene la comunidad de defenderse de la economía capitalista. En lo concerniente a la salud pública, este Congreso invita a los estudiantes de medicina a hacer sus prácticas en las comunidades indígenas. Con el V Congreso, se propone pagarle al médico que atiende a indios un sueldo adicional. El Primer Congreso Nacional de Asistencia, celebrado en la capital en 1943, ya había insistido en esa cuestión. Por su parte, la Escuela de Medicina Rural del Instituto Politécnico Nacional trató de solucionar, dentro de sus posibilidades, tan grave problema. Y el servicio social obligatorio implantado por la Escuela Nacional de Medicina también está orientado para que los alumnos del último año realicen sus prácticas en el México rural. Pese a tales paliativos y a pesar de que de este modo se esté considerando a los campesinos e indígenas como ciudadanos de segunda, la carencia de asistencia médica en el campo es un hecho real. Y como veremos más adelante en “La rueda del hambriento”, un cuento de Ciudad Real, a la clínica de la Misión de Ayuda de los Indios establecida en el pueblo de Oxchuc no llegaban los suficientes medicamentos, y el médico por iniciativa propia le cobraba a los indios el importe de los medicamentos que había en la clínica: “Es un [sic] disposición reciente, dictada por mí. Nada del otro mundo. Una cuota simbólica, nada más.” En este mismo Congreso se pretende teóricamente evitar la actitud paternalista del movimiento. Lo que en la práctica resultó imposible, por la sencilla razón de ser elemento esencial de su praxis. El indigenismo hasta fechas recientes fue un modelo de colonización que, con el fin de integrar al otro, anuló su identidad. La narrativa indigenista cuestiona los postulados indigenistas y lanza una dura crítica
contra las dos fuerzas que se disputan esa tarea civilizadora: el Gobierno y la Iglesia. Ya desde El indio, la carretera, la iglesia y la escuela se convierten en símbolos permanentes del poder hostil de la civilización occidental, que amenaza la integridad de las comunidades indígenas. En “Arthur Smith salva su alma”, se ataca la labor de la Iglesia, sea la católica o la protestante, por su labor evangelizadora. Y en varios cuentos de El diosero se critica la misión de los antropólogos y demás científicos, que de forma humillante someten a los indios a pruebas diversas, como si fueron ratas de laboratorio: “Si nos pesan, si nos miden, si nos sangran... ¿Qué quiere decir? Que nos tienen en calidá de puercos en engorda”. Pues para esos científicos, “aquellos miserables eran sujetos de estudio, elementos probatorios quizás de una teoría nacida en remotos climas, que necesitaba del abono de la estadística, del fertilizante del guarismo... eran cifras con que operar”.

Seis tipos de política indigenista

Las preocupaciones indigenistas son el resultado de diversos hechos: históricos, económicos, sociales, culturales y políticos, que en el continente brindaron un cuadro muy heterogéneo. Con todo y con ser el movimiento indigenista una política de carácter continental, con metas en común con otros países americanos, la materia del indigenismo adquiere aspectos diversos, según el enfoque predominante. En este apartado no nos proponemos analizar de forma detallada sus características en cada país. Sólo hacemos constar que, en la práctica, se pueden
distinguirse seis tipos de políticas indigenistas, tal y como señala Alejandro D. Marroquín. Perú, en la zona andina, es uno de los países indigenistas más activos y que ha contado con mayor número de sindicatos. Su indigenismo es de carácter agrario comunitario, mientras que en Bolivia, gracias a su Instituto Indigenista Boliviano (IIB), es de orientación política. En Colombia, cobra un aspecto religioso. Mientras que en Estados Unidos más bien es “reservacionista”. El indigenismo empresarial desarrollista de tipo económico se da en los países cuyos gobiernos se han decantado por una política de desarrollo capitalista; Brasil, con su Instituto de
Colonización y Renovación Agraria (ICRA), es el ejemplo más próximo a esta política, en la que también se podría incluir, aunque con ciertas reservas, a naciones como Ecuador y Guatemala. En México, con ayuda de la Antropología, se desarrolló una teoría integral del indigenismo, que proyectó procesos de trasformación en todos
los aspectos: político, económico, tecnológico, cultural, educativo y sanitario. Más los logros actuales del indigenismo mexicano en el campo socio-antropológico son el fruto de la labor y el esfuerzo emprendidos por organizaciones generalmente con inquietudes sociales y de izquierda, que fomentaron el estudio de las culturas
indígenas, que en la actualidad constituyen áreas o grupos culturales minoritarios, y la preservación de su identidad.

El movimiento indigenista en México

Orígenes del movimiento y la Revolución de 1910
La Revolución de 1910, que propuso medidas constitucionales con el fin de mejorar la situación de los indígenas y del campesinado, es la que condicionó en muchos aspectos el rumbo que tenía que seguir la política indigenista de México. A pesar de que estas medidas casi siempre se quedaron en papel mojado y se redujeron a ser formalizaciones teóricas, lo cierto es que desde entonces aumentó el interés por el indio y por sus problemas. Mas la percepción del problema indígena es anterior a la Revolución y a las reivindicaciones de principios de siglo. México, tras obtener la independencia, mostró cierta preocupación por la situación de los aborígenes, que en aquel entonces constituían el 60% de la población217. Es lo que Arthuro Warman denominaría indigenismo ilustrado, puesto que el nacionalismo criollo sólo se preocupó por rescatar un pasado legendario, motivo ocasional o accesorio de un discurso político que ayudaba a definir una identidad en contraposición con la
europea. El movimiento indigenista (indianista, en la literatura) así visto era entonces un intento emancipador del mestizo y del criollo hispanoamericanos, que culturalmente se encontraron rechazados por occidente y vagamente identificados con dicho sector. En otros términos, aquel “indigenismo nutrido en las fuentes de la
historia azteca, cuyos vestigios empezaban a ser rescatados del suelo, restaurados y estudiados de modo sistemático, se convirtió en expresión de un nacionalismo social triunfante. Movimiento ideológico sostenido por novelista y ensayistas, arqueólogos, lingüistas y poetas”. No obstante, tras la independencia el Estado se encontró con una población étnica y culturalmente distinta al resto de la población, y la percepción del problema
indígena se hizo realidad: el detonante principal, por un lado, lo provocó la laicización del Estado, que obligó al gobierno a asumir una responsabilidad con respecto a estas poblaciones; preocupación que hasta entonces sólo concernía a la Iglesia. Por el otro, las Leyes de la Reforma Liberal y el desarrollo económico promovido aún más por la política de Porfirio Díaz, que fomentó el latifundismo a costa de las tierras comunales, engendraron levantamientos violentos por parte de las comunidades indígenas. Estas sublevaciones que, a su vez, son reflejo de que los indígenas empezaban a concienciarse de su fuerza racial y étnica, se extendieron a lo largo y ancho del país, y provocaron inestabilidad en el México rural. Estas rebeliones, que se conocieron como “guerras de colores” o “guerras de casta”, son las que realmente empujaron al Gobierno a tener en cuenta a este sector de la población y a promover estudios antropológicos y etnológicos; interés que durante el siglo XX desembocó en una verdadera política indigenista.
En cuanto a Chiapas se refiere, Henri Favre afirma que a finales del siglo pasado surge allí un indigenismo anticapitalista y conservador: “Para defender su status, la aristocracia terrateniente local no encontró otra solución que mantener a los tzozil-tzeltales más firmemente encerrados en su indianidad y protegerlos”, para
que fuera más fácil someterlos. Más aún, Favre considera que obras como Sublevaciones indígenas en Chiapas. Gramática y diccionario tzeltal, de Vicente Pineda, Catecismo elemental de historia y estadística de Chiapas (1876), de Antonio Flavio Paniagua, y Estudio sobre ejidos (1910), de Manuel Pineda, son en realidad de indigenistas conservadores que pretendían mantener al indio alejado de la civilización. Ese indigenismo conservador coexistió con otro, aunque menos fuerte, y es el liberal: los nuevos burgueses del partido liberal defendieron los derechos de los indígenas, tanto culturales como sociales, enfrentándose así al reaccionario partido conservador de terratenientes criollos, quienes querían mantener al indígena en una sumisión secular.
Mas aún no se puede hablar de una verdadera política indigenista, tal y como se entiende en la actualidad. Ésta en sus orígenes es “el fruto del ascenso de grupos minoritarios de la clase media baja que emplean las reivindicaciones indígenas como refuerzo y legitimación de sus propias demandas contra el sistema social impuesto desde arriba por la clase explotadora”. La Revolución de 1910, al reconocer en el indio una potente fuerza social indispensable para la unificación nacional, lo enarboló como símbolo patrio y en su cultura basó las raíces primigenias de la nacionalidad. Pero a diferencia del nacionalismo decimonónico, ésta realmente se
propuso mejorar la condición de vida del indio. El movimiento indigenista mexicano surge entonces estrechamente unido a la Rebelión de 1910, y el problema del indio, ligado al de la tierra, el principal leitmotiv de la Revolución que, convertida en gobierno alrededor de 1925, puso en marcha, como parte de sus propuestas
constitucionales, un programa político para las comunidades aborígenes. Este proceso dio cuerpo a lo que hoy conocemos como el movimiento indigenista mexicano, en cuyo primer congreso se delinearon las directrices básicas que habrían de seguir los gobiernos post-revolucionarios (la mayoría más preocupados por el
alarde humanista y por la propaganda política que por mejorar la situación de los aborígenes). En ese sentido, es digno de recordar la labor emprendida bajo el mandato de Cárdenas, uno de los más emblemáticos presidentes mexicanos y el que mayor esfuerzo hizo para mejorar la situación del indígena y del campesinado.

El indigenismo mexicano y la antropología

El indigenismo, como se ha dicho, es de carácter antropológico y repercute en la literatura, particularmente en la perteneciente al ciclo de Chiapas. Sin embargo no debe entenderse el indigenismo como es una manifestación de la antropología aplicada, ni como una ciencia. Así lo precisan las mismas resoluciones de Pátzcuaro, el indigenismo es una política, que se sustenta en las ciencias, especialmente en la antropología, que a su vez se beneficia de los aportes de las demás ciencias sociales. Se reconoce a Manuel Gamio, fundador del Instituto Indigenista Interamericano (III) con sede en México (D.F.), como principal mentor del movimiento en su país. Pero las asociaciones que se preocuparon por el estudio de los indígenas se remontan a principios del siglo XX y es gracias al Licenciado Francisco Belmar que nace en 1910 la primera organización indigenista científica:
la Sociedad Indigenista Mexicana (SIM), que fomentó el estudio de las razas indígenas de México. Aunque por motivos políticos fracasa su primer congreso, pronto, en 1913, reaparece esta misma organización, que hizo gran propaganda para que se establecieran Sociedades Indianistas Estatales. También es de recordar la labor de revistas especializadas en cuestiones antropológicas y etnológicas, como Ethnos que publicó estudios sobre las comunidades indígenas. Más tarde, en 1921 se funda el Departamento de Educación y Cultura para la Raza Indígena. En 1923 las antiguas escuelas rurales son trasformadas en Casas del Pueblo. En 1925 surge el
departamento de Escuelas Rurales de Incorporación Cultural Indígena. En 1935, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, se funda el Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas. Dos años más tarde, la Secretaría de Educación pone en marcha el Departamento de Educación Indígena. Y con la resolución de la VIII Conferencia Panamericana de Lima de 1938 (la que convocó al Primer Congreso Indigenista Interamericano), se sugirió un congreso de expertos en cuestiones indigenistas y se propuso proceder a un intercambio de información y de experiencias en lo referente al problema indígena, lo que dio lugar a convocar el Primer Congreso Indigenista Interamericano en 1940. Desde entonces se marca el comienzo de una verdadera
labor indigenista coordinada entre los distintos países americanos. El año anterior habían surgido la Sociedad Mexicana de Antropología y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, con el fin de impulsar la investigación etnológica. Pero al comprobar la falta de organización entre las distintas delegaciones del Departamento, el 4 de diciembre de 1940, mediante Decreto legislativo, se funda en México el Instituto Nacional Indigenista (INI) como un organismo descentralizado y autónomo que dependía directamente de la presidencia, con su propio personal y un presupuesto independiente. Al INI se le asignó, de acuerdo con la Convención de
1940, la tarea oficial de fomentar la política indigenista; con el Instituto debían además colaborar todas las dependencias del gobierno, aparte de las instituciones culturales y la Confederación Nacional Campesina. Luego, cuando Alemán llegó a la presidencia decidió sustituir el Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas por la
Dirección General de Asuntos Indígenas, como departamento dependiente de la Secretaría de Educación Pública y con carácter de organismo ejecutivo. Al desaparecer en 1970, sus tareas pasaron a depender de las distintas Direcciones. Simultáneamente, varios organismos estatales efectuaban promoción indigenista, entre otros, el Departamento Agrario y la Secretaría de Salubridad. Es en Chiapas, en la región tzeltal-tzotzil, donde se establece el primer Centro de Coordinación Regional del INI, que tuvo como directores, entre otros indigenistas de valía, a Gonzalo Aguirre Beltrán, Julio de la Fuente y Ricardo Pozas, y en él trabajó Rosario Castellanos. En 1953, bajo el patrocinio del INI, se funda otro Centro Coordinador Indigenista en la región de los Tarahumaras. Así para 1964 ya existían doce Centros Coordinadores225: “El establecimiento de cada uno de estos centros
responde a la exigencia primordial de irradiar su obra en una zona lo más extensa y lo más poblada posible. Su localización en el mapa nos muestra los puntos neurálgicos en que el problema indígena del país se agudiza: Yucatán, Chiapas, Chihuahua, Sonora, Hidalgo, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Jalisco”. Y para 1984,
además de los doce centros coordinadores estatales, el INI cuenta con ochenta y un centro coordinadores indigenistas, seis residencias, seis radiodifusoras y diez museos. Los centros además disfrutan de la libertad, si cuentan con el beneplácito de las comunidades indígenas, de fundar escuelas y consultorios médicos, organizar
cooperativas de producción, consumo y transporte, y de abrir explotaciones agrícolas modelo. Mas todo ello convertía la política indigenista oficial, dada la diversidad de acciones, en una acción compleja sin la unidad indispensable, con orientaciones yuxtapuestas -muchas veces opuestas- y siempre sin la suficiente coordinación. A otro nivel, cabe recordar que, aunque el movimiento indigenista se autoconsidere un abnegado defensor de los derechos indígenas, en la práctica nunca llegó a disfrutar de una autonomía total. Al igual que la antropología, éste muchas veces se redujo a funcionar como instrumento de poder al servicio del Estado, pues cuando chocaban los intereses del gobierno con los de los indios, siempre los de éstos eran sacrificados. De ahí también que muchos indigenistas cualificados, al ser incompatibles con el sistema, durasen poco en sus cargos. En Chiapas, por ejemplo, la política indigenista impuesta desde la capital mexicana se enfrentó con el conservadurismo de los latifundistas, quienes se oponían sistemáticamente a la mejora indígena. A guisa de ejemplo, cuando hacia los años treinta el gobierno nombró como director de la agencia local del Departamento de Acción Social a un tal Erasto Urbina, que gozaba de un crédito sólido entre los indígenas, los terratenientes
de Chiapas lo acusaron de estar fomentando una nueva guerra de castas y paralizaron la acción del Departamento. Sólo en 1937 se pudo crear un sindicato de trabajadores indígenas, incluyendo a los tzotziles y tzeltales. En otro orden de cosas, el Instituto Nacional Indigenista nunca llegó a integrase en la Dirección de Asuntos Indígenas. Algunos especularon entonces que el INI iba a desaparecer, y que sólo se esperaba el fallecimiento de Alfonso Caso para liquidar el Instituto. Pero cuando llega a la presidencia Luis Echeverría, el 13 de septiembre de 1971, se pronuncia una conferencia de alcances inesperados, publicada bajo el título: “Ha fracasado el indigenismo?”. Tras dicha conferencia el gobierno sometió su política indigenista a un examen minucioso y aumentó los fondos para el indigenismo. Asimismo, autorizó a las entidades federativas a proponer sus propios programas indigenistas, a los que se subordinarían los centros de coordinación del INI. Pero el Instituto Nacional Indigenista, al perder su monopolio, vio debilitada su fuerza y entró a formar parte de una amplio plan nacional de ayuda a las zonas deprimidas y las poblaciones marginales (COPLAMAR).
A pesar de las críticas lanzadas contra la política indigenista oficial recordamos que México es uno de los primeros países del continente americano en cambiar su política integracionista por una de gestión étnica. Aunque sólo será en 1991 cuando la demanda del parlamento indio, que proclama el carácter poli-étnico y multirracial de la nación mexicana, quede inscrita en el artículo 4 revisado de la Constitución mexicana: “El primer paso es construir la cultura de la pluralidad: un espacio en la cultura nacional (la que nos es común en tanto mexicanos) que nos permita admitir y valorar las diferencias. Es más que una cultura de tolerancia: es la verdadera cultura de la democracia. Y no se compra, no se importa con divisas: se va forjando aquí, día tras día, con la crítica y la superación de nuestra herencia colonial, en el aprendizaje permanente de ver la realidad tal como es”. Las obras
pertenecientes al ciclo de Chiapas ponen especial énfasis en la existencia de diversas culturas y de étnicas marginadas, que deberían ser tenidas en cuenta a la hora de construir una cultura nacional, donde reine la pluralidad, en un espacio donde se acepten y se aprecien las diferencias. Los tiempos son entonces de cambio, pero éstos no llegan o al menos no como muchos desearíamos. Aún falta mucho camino por andar, Chiapas es prueba de ello.

*Extracto de la ponencia presentada por la Dra. Gihane Mahmoud Amin en el I Encuentro de Jóvenes Investigadores Doctores Mediterráneos (Madrid, julio 2002).
* Reproducción autorizada por Jamal Abdelkarim, Director de las actividades Académicas de la Fundación del Sur.