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Se deshace la mentira de las “conexiones” entre Iraq y Al Qaida

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REDACCIÓN

E l pasado 16 de junio la Comisión del Senado de EEUU que investigaba los atentados del 11-S manifestó que no había encontrado durante su investigación ningún indicio que permitiera suponer que había existido una “relación de colaboración” entre Iraq y Al Qaida. Esta afirmación echaba así por tierra la segunda razón alegada por la Administración Bush para justificar su guerra contra Iraq.
Además de afirmar que Iraq poseía numerosas armas de destrucción masiva, el presidente George W. Bush, el vicepresidente Dick Cheney, y otros altos responsables de su Administración han venido insistiendo en que hubo “extensos vínculos” entre el anterior régimen iraquí y Al Qaida. El propio Cheney declaró que las evidencias que apuntaba a la existencia de tales vínculos eran “abrumadoras”. El presidente Bush ha visto destruida su credibilidad por el escándalo de las mentiras sobre las armas de destrucción masiva y los vínculos entre Iraq y Al Qaida
Según el informe de la Comisión, nunca hubo, sin embargo, una cooperación entre Iraq y Al Qaida. El informe afirma que Bin Laden “exploró la posibilidad de establecer una cooperación con Iraq” mientras se hallaba en Sudán en 1994, pero “Iraq aparentemente nunca respondió” a la petición. El informe continúa señalando que dos altos dirigentes de Al Qaida “desmintieron que hubieran existido lazos entre su organización e Iraq” y concluye diciendo que “no existen pruebas creíbles de que Iraq y Al Qaida hayan cooperado en los ataques del 11-S contra EEUU”. Además, indica que Bin Laden “apoyó en una ocasión a unos grupos anti Saddam que se hallaban localizados en el Kurdistán iraquí”.

Cheney, el mentiroso

Pocos días después de que Comisión publicara su informe, Cheney volvió a insistir en que Saddam Hussein “ha tenido vínculos con Al Qaida desde hace mucho tiempo”. Estas declaraciones provocaron una respuesta inmediata del vicepresidente de la Comisión, el demócrata Lee Hamilton, que pidió públicamente a Cheney que aportara alguna prueba, si la tenía, de sus afirmaciones.
Por su parte, el portavoz de la Casa Blanca, Scott McClellan, intentó aprovechar el hecho de que el informe de la Comisión mencionaba la existencia algunos presuntos contactos entre Iraq y Al Qaida, para plantear, olvidando así la segunda parte de las conclusiones de la Comisión, que había existido algún tipo de cooperación entre ambos.
Cabe recordar que a finales de 2001, el propio Cheney afirmó que estaba “plenamente confirmado” que había habido un contacto entre uno de los supuestos secuestradores de los aviones del 11-S, Mohammad Atta, y un agente de la inteligencia iraquí en Praga. Pese a que el gobierno checo acabó reconociendo que tal encuentro nunca había tenido lugar, Cheney manifestó más tarde que dicha reunión “no puede ser probada ni negada”. El propio Bush contradijo, sin embargo, a Cheney poco después de esta declaración señalando que “no tenemos ninguna evidencia de que Saddam haya estado involucrado en los atentados del 11-S”. La Comisión del 11-S señala también, a este respecto, que “no creemos que tal encuentro haya tenido lugar”. La Comisión basa esta afirmación tanto en las informaciones del gobierno checo como en el interrogatorio del oficial de inteligencia iraquí al que se acusó de reunirse con Atta.
Hay que señalar asimismo que el tema de las relaciones entre Iraq y Al Qaida no es el único en el que Cheney ha mentido al pueblo norteamericano y a la opinión pública internacional. El pasado mes de enero, el vicepresidente estadounidense afirmó que Washington disponía de “pruebas concluyentes” de que Saddam Hussein tenía dos laboratorios móviles, instalados en grandes camiones, que servían para la fabricación de armas biológicas. Esta afirmación, que no ha vuelto a ser repetida desde entonces, fue desmentida, entre otros, por el recientemente dimitido jefe de la CIA, George Tenet, y por el jefe del equipo de expertos norteamericano que buscó las alegadas armas de destrucción masiva en Iraq tras la invasión, David Kay.
El propio Bush manifestó también en su famoso discurso del 1 de mayo de 2003, que fue pronunciado en un portaaviones estadounidense, que había habido estrechas relaciones entre Iraq y Al Qaida. “La liberación de Iraq significa un crucial avance en la lucha contra el terrorismo. Hemos eliminado a un aliado de Al Qaida y cortado una de sus fuentes de financiación”, señaló Bush.El vicepresidente de EEUU, Dick Cheney, uno de los arquitectos de la guerra de Iraq
La reacción del candidato demócrata, John Kerry, a la publicación del informe de la Comisión fue manifestar que Bush había mentido a la opinión pública de EEUU. En unas declaraciones a la Radio pública de Michigan, Kerry dijo que la Administración Bush “ha engañado a América y ha ido demasiado lejos”. “Creo que el informe de la Comisión del 11-S indica que no existía el tipo de vínculos terroristas que la Administración Bush ha estado afirmando. Creo que este hallazgo es muy serio”.
Por su parte, el New York Times exigió, en un editorial titulado “La Pura Verdad”, a Bush que pidiera disculpas al pueblo de EEUU por sus anteriores alegaciones. “Ahora, el presidente debería disculparse ante el pueblo estadounidense por haberle hecho creer algo que no se correspondía con la verdad”. “De todas las formas en las que el Sr. Bush trató de convencer a los norteamericanos para que respaldaran la invasión de Iraq, la más abiertamente deshonesta fue el tratar de vincular esta guerra de su elección con la batalla contra el terrorismo internacional”, señaló el Times.

Los neoconservadores preparan la guerra

Una de las principales consecuencias de la publicación de las conclusiones de la Comisión con respecto al tema de la inexistencia de vínculos entre Iraq y Al Qaida será un mayor desprestigio para los neoconservadores de dentro y de fuera de la Administración Bush, que han estado conspirando durante largo tiempo a favor de la guerra. Muchos de ellos están detrás de la campaña que pretendía vincular a Iraq con Al Qaida, e incluso con los atentados del 11-S, con el fin de vender la guerra más fácilmente al pueblo norteamericano. Hay que recordar que los neoconservadores no son más que un pequeño grupo de judíos sionistas, que mantienen estrechos vínculos con el Partido Likud de Israel. Es seguro, por tanto, que el principal objetivo que la invasión de Iraq buscaba era el lograr una hegemonía israelí en Oriente Medio, dado que Iraq era el país árabe más fuerte de la región desde el punto de vista militar, y uno de los más ricos en petróleo.
Muchos de estos halcones neoconservadores están estrechamente vinculados a Cheney, en especial Lewis Libby, jefe de personal de su Oficina. Estos círculos fueron los grandes beneficiados por los atentados del 11-S y, poco después de que estos últimos tuvieran lugar, comenzaron a preparar una estrategia para empujar a EEUU a una guerra contra Iraq, con independencia de que este país hubiera tenido o no conexiones con Al Qaida.
Un antiguo candidato presidencial demócrata, el ex general Wesley Clark, afirmó hace un año en una entrevista televisada en el programa “Meet the Press”, que “hubo un esfuerzo concertado en el otoño de 2001, que se inició inmediatamente después del 11-S, para responsabilizar a Saddam Hussein de los atentados y del terrorismo en general”. Clark añade que “esta estrategia procedía de la Casa Blanca y de gente que se movía en sus aledaños. En una ocasión, mientras me hallaba en la CNN, recibí una llamada en mi domicilio, en la que alguien me decía: “Tienes que afirmar que existe una conexión. Esto es un terrorismo patrocinado por un estado. Tiene que haber conexiones con Saddam Hussein”. En ese mismo sentido, uno de los líderes del grupo de los neoconservadores, Richard Perle, declaraba al Washington Post el mismo día de los atentados que “esto no podría haber sido realizado sin la ayuda de uno o más gobiernos”.
Los neoconservadores utilizaron sus instrumentos propagandísticos, el semanario Weekly Standard y el Wall Street Journal, para difundir la mentira de que habían existido conexiones entre Iraq y Al Qaida. El Weekly Standard publicó un artículo que afirmaba la existencia de tales vínculos, basándose para ello en el contenido de un informe clasificado que había sido elaborado por la Oficina de Operaciones Especiales del Pentágono (OSP), encabezada por otro neoconservador, Douglas Feith, secretario de Política de Defensa. Esta Oficina tenía como único fin el buscar cualquier información que apuntara a que Iraq tenía armas de destrucción masiva o conexiones con Al Qaida. Hay que decir, sin embargo, que, debido a las presiones de la CIA, el Pentágono publicó más tarde una rectificación en la que se decía que las conclusiones del artículo publicado en el Weekly Standard eran “inexactas”.
Cheney, junto con los neoconservadores situados en el Defense Policy Board (Junta de Política de Defensa) –que hasta hace poco ha estado presidida por Richard Perle-, el Wall Street Journal y el Weekly Standard, ha sido también el principal promotor de la ya mencionada historia acerca del inexistente encuentro de Praga entre Mohammad Atta y un agente de la inteligencia iraquí.
Por su parte, el secretario de Defensa de EEUU, Donald Rumsfeld, estaba, según relató en septiembre de 2002 el periodista de la CBS David Martin, “diciendo a sus consejeros cinco horas después de los atentados del 11-S que empezaran a pensar en un ataque contra Iraq, incluso aunque no hubiera ninguna prueba que vinculara a Saddam con ellos”.Manifestación contra Cheney en las calles de Washington
En este mismo sentido, el célebre periodista Bob Woodward ha escrito en el Washington Post que otro miembro del grupo de los neoconservadores, el secretario de Defensa adjunto, Paul Wolfowitz, manifestó durante un encuentro del comité de guerra de la Administración Bush, celebrado en Camp David los días 15 y 16 de septiembre de 2001, que la fuente real de todos los problemas y del terrorismo era Saddam Hussein y que los ataques terroristas del 11-S habían creado una oportunidad para atacar Iraq. “Powell puso objeciones, argumentando que los aliados de EEUU no apoyarían un ataque contra Iraq”. “Si conseguís algo sobre el 11-S que apunte a Iraq, estupendo”, indicó Powell. “Pero concentrémonos en Afganistán ahora. Si lo hacemos así, aumentaremos nuestra capacidad para ir contra Iraq más tarde, si podemos probar que tuvo algo que ver (con los atentados)”.
Pese a los reparos de Powell, la campaña de intoxicación informativa puesta en marcha por los neoconservadores tuvo un notable éxito a la hora de convencer al pueblo norteamericano de que tales vínculos entre Al Qaida e Iraq efectivamente existieron. Una reciente encuesta de la Universidad de Maryland señaló que el 57% de los norteamericanos todavía creen que Iraq estuvo “directamente implicado” en los atentados del 11-S o que había suministrado una “ayuda sustancial” a Al Qaida.
Los riesgos de esta política no han pasado desapercibidos en muchos sectores de la sociedad estadounidense. Recientemente, un grupo de antiguos diplomáticos y agentes de inteligencia norteamericanos publicaron una declaración en la que pedían a los electores que no votaran por Bush en las próximas elecciones de noviembre. Muchos de estos antiguos responsables han venido expresando también en público su escepticismo hacia la posible existencia de vínculos entre Al Qaida y Saddam Hussein. Uno de ellos es el antiguo embajador norteamericano en Arabia Saudí, Chas Freeman. “Hussein y Al Qaida eran enemigos mortales en ese período (en el que según Cheney ambos estaban colaborando)”, señala Freeman. “El motivo por el que el vicepresidente sigue realizando tales afirmaciones es algo que desconozco”, ha manifestado, por su parte, otro de los diplomáticos críticos, el ex embajador Robert Oakley.