l próximo 15 de agosto, los venezolanos tendrán una
cita con las urnas en un referéndum ratificatorio en el que
expresarán, en el ecuador del mandato de Chávez, si
éste puede continuar ejerciendo la Presidencia o tiene que
irse. En suma, se trata de un referéndum decisivo, que influirá
decisivamente en el destino de Venezuela durante los próximos
años.
Chávez ha sido objeto en los últimos tiempos objeto
de una campaña de difamación mediática sin
precedentes, tal como ha sucedido históricamente con otros
líderes progresistas latinoamericanos. Los medios de comunicación
privados de Venezuela, propiedad en su mayoría de grandes
consorcios y oligarcas que se han visto negativamente afectados
por las políticas de Chávez, han desatado una campaña
histérica contra el actual presidente venezolano al que acusan
de ser un tirano, un agente comunista y muchas cosas más.
Estos sectores recurrieron en abril de 2002 a lanzar un golpe de
estado, en el que estuvieron implicados funcionarios y agentes norteamericanos,
pero éste fracasó finalmente por la movilización
popular y la fidelidad de la gran mayoría de los militares
venezolanos a la Constitución. Posteriormente, estos mismos
sectores promovieron una huelga política, que terminó
también en un fiasco, con el fin de derribar al gobierno
e impedir que Chávez pudiera llevar adelante su reforma de
la compañía Petróleos de Venezuela (PDVSA),
que había sido anteriormente el coto privado de un puñado
de oligarcas.
Estos círculos intentan hacer olvidar que Chávez fue
elegido por una abrumadora mayoría en las elecciones de 2000
(un 59%). Ahora, los miembros de la oposición y sus mentores
estadounidenses se intentan aprovechar de un mecanismo electoral
que el propio Chávez incluyó en la Constitución
bolivariana de 1999, uno de los textos más progresistas de
América Latina, con el fin de reforzar el control popular
sobre las instituciones. Este mecanismo permite la realización
de un referéndum en la mitad del mandato de un presidente
si se obtienen las firmas necesarias. Cabría preguntarse
¿En qué otro país de América Latina
o del mundo es posible encontrar semejante provisión? ¿Aprobaría
un tirano una norma para que su pueblo pueda hacerle un examen en
mitad de su mandato? ¿Dejaría en vigor la oposición
esta misma norma en caso de ganar unas elecciones presidenciales
o legislativas, para que el pueblo venezolano pudiera emitir igualmente
un veredicto sobre su gestión? ¿Qué puede pensarse
de una oposición que, tras intentar fallidamente derribar
al poder legítimo y constitucional por medio de un golpe
de estado y otros medios ilegales, busca ahora aprovecharse de una
disposición constitucional que en su día rechazó
públicamente?.
Si algo ha caracterizado precisamente el mandato de Chávez
ha sido su clemencia y tolerancia hacia las actividades de una oposición
determinada a poner en práctica cualquier medio para apartarle
del poder. Ninguno de los líderes golpistas de abril de 2002
está en la cárcel. Tampoco ha sido clausurado ninguno
de los medios de comunicación de la oposición, pese
a que muchos de ellos han hecho y continúan haciendo una
apología abierta del golpismo y de otros métodos anticonstitucionales
para derrocar al presidente.
Para los oligarcas y sus amos de la Casa Blanca de Washington el
crimen de Chávez reside, en realidad, en las reformas políticas,
económicas y sociales que ha puesto en marcha el presidente
venezolano en estos últimos años. En lugar de dedicarse
a robar fondos estatales y enriquecerse personalmente mediante la
corrupción, como han hecho muchos de sus predecesores y otros
presidentes latinoamericanos, Chávez ha lanzado un programa
que busca mejorar la vida de la mayoría de la población
venezolana, en especial de aquellos sectores que viven en la pobreza,
creando escuelas y centros de salud. En total, Chávez ha
cuadruplicado el gasto en educación y ha triplicado el destinado
a la sanidad. Asimismo, ha puesto en marcha un plan de reforma agraria
que beneficiará a millones de venezolanos.
Chávez comparte con los presidentes Lula de Brasil y Kirchner
de Argentina su oposición al neoliberalismo económico,
que ha causado estragos en América Latina. El presidente
venezolano detuvo también la privatización de la Seguridad
Social y las universidades, algo que hubiera tenido nefastas consecuencias
para los sectores menos pudientes de la población venezolana.
Los recursos procedentes del petróleo sirven ahora para financiar
estos programas sociales y benefician a la población venezolana
en su conjunto. En el terreno de la política exterior, Chávez
ha convertido a Venezuela en un país independiente con una
gran presencia internacional y un notorio prestigio no sólo
en América Latina, sino también fuera de ella. Todo
esto ha causado un enorme disgusto en Washington, donde estaban
acostumbrados a tratar a Venezuela como una república bananera
a la que podían manipular a su antojo.
El pueblo venezolano tiene ahora una oportunidad histórica.
Si ratifica a Chávez el 15 de agosto, esto no sólo
servirá para poner de manifiesto su apoyo a las políticas
que el presidente ha promovido en estos últimos años,
sino también para demostrar, como ya sucediera en abril de
2002, que el enemigo de la democracia no es Chávez sino la
oposición venezolana. Asimismo, constituiría un nuevo
desastre para la política de EEUU en América Latina
y podría alentar a otros líderes latinoamericanos
a poner en marcha una política exterior independiente. En
suma, sería un triunfo para toda la humanidad progresista
y una derrota de considerables proporciones para los enemigos de
la libertad y la paz en el planeta.
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