.REDACCIÓN
l pasado 28 de junio, dos días antes de lo previsto, se produjo
la “transferencia de soberanía” por parte de
Paul Bremer, jefe de la llamada “Autoridad Provisional de
la Coalición” (APC), es decir, el gobierno ocupante
estadounidense en Iraq, a un nuevo ejecutivo iraquí, encabezado
por el primer ministro, Iyad Allawi, un antiguo colaborador de la
CIA. La ceremonia tuvo lugar en la Zona Verde de Bagdad, fuertemente
custodiada por las tropas estadounidenses. “Éste es
un día histórico”, señaló Allawi.
“Somos capaces de controlar la situación en Iraq”.
En teoría, el gobierno de Allawi durará hasta enero
de 2005, en que serán celebradas elecciones generales. Mientras
tanto, los 160.000 soldados norteamericanos continúan ejerciendo
un control real sobre el país.
El adelanto de la ceremonia se explica por al temor de Bremer y
otros responsables norteamericanos a que se produjera una ofensiva
o acción espectacular por parte de la resistencia iraquí,
que sirviera para deslucir el acto. Estos responsables se mostraron
alarmados por el incremento de los ataques guerrilleros contra las
tropas estadounidenses a finales de junio. En principio, se había
previsto que el presidente de EEUU, George W. Bush, acudiera a la
ceremonia, pero el temor a la inseguridad rampante y a que se produjeran
manifestaciones en su contra le hicieron finalmente desistir. 
El nuevo gobierno títere de Iraq pronto dejó ver que
su misión real iba a ser la de someter, por medio de la represión
más violenta, a la población iraquí y aplastar
cualquier muestra de descontento o rebelión. Poco después
de asumir el cargo, Allawi amenazó con imponer la ley marcial
en el país y apuntó a la posibilidad de retrasar las
elecciones, que, según una resolución de la ONU, deben
tener lugar siete meses después de que el gobierno interino
haya tomado posesión. Siguiendo la retórica deslucida
de Bremer y otros responsables norteamericanos –que intentaron
achacar en un primer momento los actos de la resistencia a extranjeros
y no a iraquíes, sólo para ser desmentidos posteriormente
por sus propios oficiales- Allawi pidió también que
“los mercenarios que han venido a Iraq desde países
extranjeros salgan del país”. En realidad, hay 80.000
mercenarios extranjeros en Iraq, pero ellos no luchan en las filas
de la resistencia, sino en las de los ocupantes norteamericanos,
que prefieren más llamarlos “contratistas civiles”.
Según el diario en lengua árabe editado en Londres,
Al Hayat, Allawi ha manifestado que desea reconstruir el Ejército
iraquí, con unos 250.000 hombres, así como una Fuerza
Aérea. No obstante, este plan fue vetado por Paul Wolfowitz,
secretario adjunto de Defensa de EEUU y destacado miembro del grupo
de los neoconservadores. EEUU no desea, sin embargo, que Iraq reconstruya
un Ejército eficaz, que pueda darle un papel internacional
relevante en un futuro, sino unas limitadas fuerzas armadas que
sirvan para reprimir a la población y hacer frente a la resistencia.
Así pues, por el momento Allawi dispondrá de una sola
división de 8.000 hombres más una Guardia Nacional
de 40.000 efectivos. Estas fuerzas no dispondrán de armas
pesadas y tendrán 16 helicópteros para realizar tareas
de transporte y reconocimiento. Además, dependerán
totalmente de los suministros y armamento procedentes de EEUU.
En realidad, los norteamericanos no se fían de las fuerzas
iraquíes, que están integradas en gran medida por
simpatizantes de la resistencia y personas hostiles a la ocupación
estadounidense. Hace varios meses, durante la batalla por Faluya,
una brigada iraquí, entrenada por los propios norteamericanos,
se negó a enfrentarse a los miembros de la resistencia. Las
fuerzas que entraron finalmente en la ciudad para restaurar el orden
confraternizaron con los guerrilleros, hecho éste que generó
un sentimiento de desconcierto y humillación entre los mandos
estadounidenses.
Mientras tanto, la escalada de los combates ha continuado en ascenso.
En la segunda semana de julio, miembros de la resistencia atacaron
a las tropas norteamericanas, que se vieron obligadas a librar fuertes
combates a la luz del día en varias de las principales ciudades
de Iraq. Asimismo, varios oleoductos fueron objeto de un sabotaje
con el fin de interrumpir el suministro petrolífero. El cuartel
general del Partido del Acuerdo Nacional, liderado por Allawi, fue
otro de los objetivos de los resistentes. Esta escalada se producía
el mismo día en que el gobierno de Allawi firmó una
nueva ley de seguridad que da al gobierno poderes extraordinarios,
incluyendo la posibilidad de declarar la ley marcial durante determinados
períodos. El gobierno de Allawi ha señalado asimismo
que va a reimplantar la pena de muerte, que las autoridades ocupantes
norteamericanas habían suprimido a bombo y platillo. Este
anuncio ha motivado una fuerte reacción en contra de la Unión
Europea.
Allawi ha manifestado también a diversos medios de comunicación
que su gobierno ha suministrado información a los norteamericanos
sobre las actividades de la resistencia en Faluya, ciudad que ha
estado siendo atacada en las últimas semanas por aviones
y helicópteros estadounidenses. La mayoría de los
fallecidos en tales ataques son civiles inocentes, entre ellos mujeres
y niños.
Sin embargo, la represión de Allawi no logrará acabar
con la resistencia por la sencilla razón de que ésta
es una reacción de la población iraquí ante
la ocupación militar norteamericana y mientras ésta
última continué, la resistencia seguirá operando
y fortaleciéndose.
El fracaso de Bremer
Las condiciones en que tuvo lugar la “transferencia de la
soberanía” fueron una buena representación del
fracaso de la ocupación norteamericana en Iraq. El procónsul
estadounidense en Iraq, Paul Bremer, tuvo que salir casi de incógnito
del país en un avión militar estadounidense C-130
con sus subordinados, poniendo fin así a su gestión,
en la que no ha conseguido casi ninguno de los objetivos que estaban
previstos, en especial el de lograr un control efectivo sobre la
totalidad del país. Pese a todo, Bremer aprobó antes
de su partida 97 decretos que regulan importantes aspectos de la
vida política, económica y social y que serán
vinculantes para el nuevo gobierno. Una parte de esta legislación
sirve para garantizar que las compañías norteamericanas
puedan seguir beneficiándose sin límite alguno de
sus operaciones en Iraq. Asimismo, y con el fin de controlar el
proceso político, ha sido creada una Comisión Electoral
compuesta por siete miembros, que tendrá facultades para
prohibir a determinados partidos políticos y candidatos concurrir
en futuros procesos electorales.
En realidad, el balance de la gestión de Bremer y su APC
ha sido desastroso en casi todos las esferas. En el campo económico,
los proyectos de desarrollo en Iraq se han visto paralizados por
la escasez de fondos y la actuación de algunas empresas contratistas
como Halliburton -dirigida por el actual vicepresidente de EEUU,
Dick Cheney, hasta la toma de posesión de su cargo en enero
de 2001-, que ha estado envuelta en el escándalo debido a
las numerosas irregularidades.
Un ejemplo de este fracaso es lo sucedido en la Planta Eléctrica
de Daura, situada al sur de Bagdad, que iba a ser el símbolo
del éxito de la APC en sus esfuerzos en pro de la reconstrucción.
Bombardeada en 1991, durante la primera guerra del Golfo, por la
aviación norteamericana la planta no pudo operar más
que a una cuarta parte de su capacidad real durante los años
noventa por la imposibilidad de conseguir los repuestos necesarios,
debido a las sanciones de la ONU. Como consecuencia, se produjeron
numerosos apagones en la capital.
Tras la invasión de Iraq, responsables de la APC prometieron
poner de nuevo en funcionamiento la planta a plena capacidad y contrataron
a varias empresas alemanas y rusas para realizar las correspondientes
reparaciones. El propio Bremer señaló que el correspondiente
aumento de la energía eléctrica permitiría
mejorar la situación económica y la vida diaria de
los iraquíes, reduciría la violencia y estabilizaría
el país.
Hoy, la Planta de Daura se ha convertido efectivamente en un símbolo,
pero no del éxito sino del fracaso del esfuerzo de reconstrucción
estadounidense en Iraq. Los técnicos alemanes huyeron el
pasado mes de abril y los rusos al siguiente, después de
que dos de sus colegas fueran abatidos por insurgentes. En la actualidad,
los técnicos iraquíes se sientan ante la planta con
poco que hacer y la turbina continúa llena de pintadas a
favor de la resistencia.
Bremer también fracasó en su esfuerzo de hacer más
digerible la ocupación a la población iraquí.
Los iraquíes siguen demandando una inmediata salida de las
tropas estadounidenses del país. Según una encuesta
llevada a cabo por el Centro para la Investigación, una entidad
iraquí que trabaja para varias compañías estadounidenses,
el 88% de los iraquíes ven a las tropas de EEUU como ocupantes
y el 57% desean su inmediata salida de Iraq. Cabe añadir
también que los iraquíes no se toma en serio al nuevo
gobierno de Allawi, al que ven como una simple marioneta de los
ocupantes estadounidenses.
Control norteamericano
A todo esto hay que añadir el papel del nuevo embajador
estadounidense, John Negroponte, al que se acusa de haber encubierto
deliberadamente la comisión de torturas y graves violaciones
contra los derechos humanos por parte la dictadura militar hondureña
en los años ochenta. Negroponte dirigirá la mayor
embajada de EEUU en el extranjero, la de Iraq, con un personal cifrado
en más de 3.000 personas. Esta Embajada y la Oficina de Gestión
y Reconstrucción de Iraq han reemplazado a la APC y continúan
ocupando el viejo Palacio Republicano de Saddam. La mayor parte
de los funcionarios que pertenecían a la APC se han integrado
en el personal de la Embajada y seguirán desempeñando
las mismas funciones. Según diversos medios, la CIA proyecta
también construir la mayor estación en el extranjero
en Bagdad. Washington ha manifestado también su interés
en establecer bases permanentes en Iraq, desde las que podrá
vigilar y controlar a los países árabes y musulmanes
de la zona –como Irán, Siria, Arabia Saudí o
el propio Iraq-.
Por otro lado, los 160.000 soldados estadounidenses que permanecen
en Iraq continuarán en el país para proteger al nuevo
gobierno iraquí de la ira de su propio pueblo y mantener
un control norteamericano efectivo sobre el país y sus recursos.
Asimismo, los soldados y los “civiles contratistas”
de EEUU seguirán estando al margen de la jurisdicción
iraquí y tendrán una total impunidad por cualesquiera
delitos o crímenes que pudieran llegar a cometer. Esto hará,
por ejemplo, que sea imposible para los iraquíes detener
o procesar a algún militar norteamericano, incluyendo claro
está a los responsables de torturas y malos tratos contra
los prisioneros iraquíes.
A esto hay que añadir que los puertos y aeropuertos iraquíes
continuarán bajo el control estadounidense o británico,
pese a la transferencia formal de soberanía. La seguridad
de uno de los principales puertos del país, el de Umm Qasr,
será entregada a la compañía británica
Olive. Por su parte, el tráfico del aeropuerto de Bagdad
pasará a estar controlado por otra compañía
estadounidense, Skyline, al menos hasta el mes de septiembre.
En lo que se refiere al petróleo, todavía no se ha
hablado de una posible privatización, por lo que éste
sigue en manos de la Compañía Nacional Iraquí.
Esto no significa, sin embargo, que las rentas petrolíferas
vayan a beneficiar al conjunto de la población iraquí.
El ejemplo de la Venezuela anterior a Chávez muestra cómo
una compañía estatal puede ser aprovechada por una
reducida oligarquía, con estrechos vínculos con el
régimen pronorteamericano, para enriquecerse. Otro ejemplo,
en este sentido, es la reciente venta de la industria aeronáutica
iraquí a una sola familia, sin un previo concurso o un proceso
transparente.
Escepticismo internacional
La reacción de la comunidad internacional ante la “transferencia
de poder” en Iraq ha sido, en general, de escepticismo, aunque
algunos pocos líderes árabes pronorteamericanos parecen
decididos a conceder el beneficio de la duda al nuevo gobierno.
El monarca jordano, Abdullah II, se ha ofrecido a enviar tropas
“en misión de pacificación” a Iraq. Sin
embargo, aceptar tal protección de un vecino cuya familia
tiene todavía pretensiones para gobernar Iraq sería
el abrazo de la muerte para Allawi. Las noticias de que Yemen había
ofrecido también tropas fueron rápidamente negadas
por el gobierno yemení, que precisó que sólo
podría contemplar tal envío una vez que las tropas
estadounidenses se hubieran marchado del país.
La mayoría de los gobiernos árabes saben perfectamente,
sin embargo, que la llamada “transferencia de soberanía”
no es más que una pantomima. Es por esto que se espera que
muy pocos estados árabes vayan a dar un reconocimiento diplomático
al nuevo gobierno de Iraq.
En realidad, el éxito o fracaso de cualquier gobierno iraquí
estará estrechamente vinculado a la continuación o
no de la ocupación norteamericana. Un periodista iraquí
declaró recientemente a un diario británico: “En
el pasado año vimos cómo EEUU intentaba imponernos
un control similar al que las potencias coloniales europeas del
siglo XIX ejercían sobre los países colonizados. Ahora,
intentan imponernos un modelo similar a los que existían
en América Latina en los años sesenta, es decir un
gobierno autoritario con unas fuerzas armadas controladas por EEUU”. |